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  • De Victor Hugo a Claude Lelouch

    Erick Fallas

    Epica cinematográfica: la película francesa Les Misérables, de Claude Lelouch, inspirada libremente en la novela homónima del gran Victor Hugo

    Hace 130 años, Victor Hugo finalizó su inmortal novela Los miserables, y desde entonces ninguna obra literaria -a excepción de Los tres mosqueteros- ha sido tantas veces llevada a la pantalla grande.

    La primera versión es francesa y data de 1907. Se estrenó bajo el título de Le Chemineau y dura tan solo 25 minutos. Cuatro años más tarde, el realizador francés Albert Capellani, quien se había dado a la tarea de plasmar al sétimo arte varias obras de Victor Hugo, adaptó Nuestra Señora de París, Los misterios de París y finalmente Los miserables. Esta titánica cinta fue exhibida en cuatro episodios; para su distribución en Estados Unidos se redujo a tres horas. Capellani se inspiró en las ilustraciones del libro, aprobadas por el mismo Victor Hugo.

    Hollywood hizo una remake en 1918. La dirigió Frank Lloyd, conocido por su oscarizado filme Motín en el Bounty (1935).

    Más éxito logró la segunda gran versión francesa en 1925, del realizador Henri Fescourt. El suceso llegó a tal nivel, que la película tuvo que reestrenarse en Francia cuatro veces durante ese año. Según el crítico Georges Sadoul, esta es la más bella de todas las adaptaciones.

    La fiebre continuó, y, en 1934, el cineasta francés Raymond Bernard volvió a poner la aclamada novela en pantalla. La première tuvo lugar el 3 de febrero en París, cuando la ciudad estaba ocupada por los alemanes. Precisamente esta versión es la que observamos en una secuencia del reciente filme de Claude Lelouch.

    Vendrían luego otra versión norteamericana (1935), una rusa (1937), una egipcia (1944), una italiana (1947), una japonesa (1952, con la famosa actriz Sessue Hayakawa en un papel protagónico) y una versión india (1953).

    La adaptación más famosa se rodó en 1958: la dirigió Jean Pierre Le Chanois y contaba con el famoso Jean Gabin en el papel principal, y estrellas de la talla de Bernard Blier y Giancarlo Esposito en papeles secundarios. Esta no sería la última versión, ya que, en 1982, el francés Robert Hossein rodaría nuevamente la novela.

    Finalmente, Lelouch

    "Tengo 57 años y hace 57 que preparo Los miserables: consciente e inconscientemente. Conscientemente, hace dos años", dice, en una entrevista para la revista Première, Claude Lelouch, uno de los más aclamados y respetados cineastas franceses.

    Realizador en el pleno sentido de la palabra, ya que ha escrito todos los guiones de sus cintas, Lelouch comenzó desde muy joven a garabatear con el celuloide. A los 13 años realizó su primer corto, El mal del siglo (l950), que ganaría un premio en el festival de cine aficionado de Cannes.

    Pasiones en historia

    William Venegas

    Nuevamente el cine estructura su mundo imaginario a partir de un texto de la literatura. Esta vez se trata de Los miserables, la novela de Victor Hugo en película de Claude Lelouch, franceses ambos.

    Es la literatura como pretexto. Se trata, para Lelouch, de dar rienda suelta a muy particulares percepciones en lectura muy personal.

    Es parte de ese juego inacabado de creatividades en ejercicio en que el cine se enfrasca cada vez que pone en imágenes el lenguaje literario. Y Lelouch no se hace líos dogmáticos con la teoría acerca de los problemas de la adaptación literaria.

    Ya lo decía R. W. Fassbinder: "La adaptación de una obra literaria al cine, al contrario de lo que suele opinarse, no debe pretender una traducción conciliatoria de un medio (la literatura) en otro (el cine)". En esta tesitura, lo de Lelouch es más bien una disensión complementaria que le permite mantener frente a la novela Los miserables una relación de unidad, más que de copia textual o de versión antagónica. Esto es lo que identifica al artista y permite hablar, en este caso, de cine de autor.

    La adaptación de Lelouch, intensamente libre, brillantemente concebida, solo garantiza el valor estético de la película y la convierte en obra de arte, con todo lo complejo que resulta el proceso. Eisenstein decía que "la adaptación debe ser una reelaboración crítica del texto". Es lo que sucede con el filme Los miserables.

    Así, de un texto ajeno (si se puede emplear esta palabra, porque la verdad es que vivimos en una sociedad de intertextos), Lelouch se atreve con su propuesta: la vida está marcada por idénticos caminos, y por esos senderos siempre transitan hombres distintos. Por eso la Historia (con mayúscula) no es más que la suma de historias semejantes vividas por sujetos diferentes. Es allí donde se unen las glorias y las frustraciones humanas, el odio y el amor, el dolor y la alegría: elementos contradictorios en unidad siempre semejante a sí misma.

    Es exactamente lo que sucede con y alrededor del personaje principal Henri Fortin, desde que era un niño y su padre es acusado injustamente ante la ley mientras su madre se prostituye en la miseria. Y luego cuando, adulto, sufre las consecuencias por ayudar a una familia judía a escapar del fascismo; y mientras le leen (porque es analfabeto) el libro Los miserables descubre los puntos comunes entre su vida y la historia de la novela.

    Ideas con convicción

    Para demostrar su propuesta, Lelouch se toma el tiempo necesario. De aquí el extenso metraje de su filme. Pero nos seduce con su relato, a tal punto que sentimos poco el tiempo de duración de la película y no estorban las elipsis narrativas indicadas en el guión (muy bien logradas en el proceso de montaje: ritmo de la cinta).

    La fuerza del contenido induce a Lelouch a renunciar a las búsquedas formales de que ha hecho gala en otros filmes suyos. Prefiere concentrarse en la fuerza de su personaje central y en las emociones de los demás personajes. De aquí la excelente configuración que de ellos tenemos (correspondida por notables trabajos actorales).

    Por eso, Los miserables es un filme que nos impide ser indiferentes. No podemos serlo. Debemos tomar decisiones. Sobre todo frente a la injusticia. Y por este camino Los miserables resulta una película tremendamente dialógica y humanamente solidaria, sin demagogia, con convicción. Enfasis artístico al servicio de las ideas.

    Para decir lo que dice, la cinta acude tanto a lo simple como a lo complejo, ósmosis de elementos para indagar en la pasión humana. Así, se atreve a decir que el desarrollo social y el avance de la humanidad son tan solo la presencia y el desarrollo de esa pasión, siempre contradictoria.

    Posición subjetiva, sin duda, de calidad romántica, pero Lelouch sabe acuñarla con buen cine, del mejor.

    Debutó en el largometraje con La rectitud del hombre (1960), pero el éxito y el reconocimiento internacional llegaron en 1966 con Un hombre y una mujer, filme que alcanzó a ganar 42 premios internacionales, incluyendo dos Oscar: mejor película extranjera y mejor guión original. Melodrama interpretado brillantemente por Jean-Louis Trintignant y Anouk Aimée, la película marcó una época en la historia del cine francés y llevó a Lelouch, en 1986, a reencontrarse con el tema y los personajes en Un hombre y una mujer, 20 años después.

    Pero Lelouch optaría por los filmes corales como arma de batalla, originando obras como Vivir por vivir (1967), Smic, smac, smoc (1972), El año nuevo (1974), Los gatos, los ratones, los buenos y los malos (1976) y Robert y Robert (1979).

    "Al inicio de la película Los unos y los otros (1983) -dice Lelouch- escribí una cita textual de Willa Carther: `Únicamente hay dos o tres historias de la humanidad, y estas se repiten intensamente como si nunca antes se hubieran vivido'". Esta no solo es la piedra angular de ese filme, sino también del célebre Partir, volver (1986), en donde Lelouch mezcla tres interpretaciones de una historia: la de una novelista que narra un hecho vivido, la del director que adapta la novela, y la película en sí.

    Esta fórmula generaría otra joya del celuloide francés, Hay días, hay lunas (1990), cinta en la que unos amigos se reúnen después de mucho tiempo, considerada por algunos como el equivalente al Big Chill, de Lawrence Kasdan, para la sociedad francesa.

    Henri Fortin conoce a Jean Valjean

    Después de terminar Tout ça... pour ça (1993), Claude Lelouch se decidió por fin a realizar uno de sus proyectos más ambiciosos: adaptar Los miserables.

    "Mi cultura es cinematográfica -dice Lelouch-: es por el cine que descubrí la literatura, la música, la pintura... Mi recorrido ha sido el inverso de mis predecesores, que venían de la literatura y que se sirvieron del cine para adaptarla".

    Hay una frase en el pensamiento de Victor Hugo: "Todo es complicado antes de ser simple". La tarea para Lelouch no fue fácil, ya que se enfrentaba al fantasma de todas las versiones anteriores y, además, él quería hacer unos Miserables completamente distintos.

    "Yo traté, ante todo, de hacer un espectáculo cinematográfico de una obra literaria -explica Lelouch-. Me metí, muy modestamente, en la piel de un Victor Hugo quien nacería al mismo tiempo que el cine y se inspiraría en las miserias del siglo XX para escribir Los miserables. La miseria es un soporte formidable. Ella cambia de un siglo a otro, pero siempre hace sufrir a la gente del mismo modo".

    La película de Lelouch comienza a pocos minutos de haberse iniciado el siglo, y nos introduce de inmediato, con una escena adaptada de la obra de Victor Hugo: un hombre presencia un suicidio y es culpado de esa muerte. Por medio de esto conocemos al protagonista Henri Fourtin, quien después de muchas peripecias y desafortunados incidentes, tiene que trasladar a Suiza a una familia judía quien huye de la invasión nazi. Henri le pide al padre de la familia que le lea un libro que por azar ha llegado hasta él y que debido a su analfabetismo, no ha podido disfrutar. Es aquí donde la cinta de Lelouch y la obra de Victor Hugo se unen, ya que el mentado libro es Los miserables. El impacto es inmenso para Henri Fourtin, al descubrir las similitudes entre su vida y la de Jean Valjean, protagonista de la novela.

    Paralelamente comenzamos a observar ambas historias y, como cuando se vierten agua y aceite en un mismo recipiente, tenemos a Victor Hugo y Claude Lelouch juntos, tocándose mas no diluyéndose.

    La figura protagónica del eximio actor francés Jean-Paul Belmondo es absolutamente imprescindible. Cual Atlas, él carga con el filme en sus hombros. Esta es la tercera reunión Belmondo-Lelouch, quienes habían unido talentos en Un hombre que me gusta (1969) e Itinerario de un niño mimado (1988).

    Filme intenso, Los miserables está plagado de extraordinarios personajes huguianos transpuestos en tiempo y espacio; extraídos, quizás, de las terribles vivencias infantiles de Lelouch, uno de los tantos miles de judíos que sobrevivieron a la masacre del holocausto nazi.

    Pero, esperanzadoramente, nos recuerda una inolvidable frase de la inmortal obra original: "Los mejores tiempos son los que están aún por vivir".

    Pie de foto:Jean Paul Belmondo, quizás en la mejor actuación de su vida.

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