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    Aurelia Dobles

    "Los colores de la patria" abrió el fuego este miércoles en las tertulias de El Farolito, en torno al tema "Costa Rica imaginaria".

    La antropóloga e historiadora Carmen Murillo Chaverri, la filósofa Giovanna Giglioli y la escritora Tatiana Lobo perfilaron, en sus ponencias, un posible tono de lo que serán cada miércoles estas discusiones en torno a la construcción imaginaria de la nacionalidad: una visión crítica y original.

    "En este momento tenemos a Costa Rica en una radiografía para ver las manchas en el pulmón, es decir, los órganos enfermos, y no enfocamos los órganos sanos", aclaró Tatiana Lobo, autora de las novelas Asalto al paraíso y Calypso.

    Las tres ponentes abordaron los orígenes de los mitos de nuestra identidad. Aun sin ponerse de acuerdo antes, las tres entretejieron armoniosamente su discurso en lo formal y en el contenido: Murillo aportó el marco teórico, Giglioli expuso ejemplos del discurso ideológico que ha prevalecido, y Lobo condensó la mitología sobre la nacionalidad costarricense con un punto de vista literario e irónico.

    La piel de la patria

    Así denominó Carmen Murillo su ponencia, de la cual ofrecemos algunos extractos. En el apartado El azul onírico de los mitos, ella dice:

    "Uno de los mitos fundacionales de la nacionalidad costarricense lo constituye la Costa Rica `blanca'.

    "Este mito se ha anudado históricamente a otro, no menos profundo: el de la democracia rural.

    "Es un hecho que, al avanzar en la idea de la población costarricense como predominantemente de `raza blanca', entramos al terreno etéreo, aunque no menos real, de las representaciones colectivas, de las mentalidades.

    "Existen contundentes evidencias acerca del amplio mestizaje cultural y biológico experimentado por nuestra población a todo lo largo de su historia, que arranca desde la lejana época precolombina y continúa vital y presente hasta la actualidad. A pesar de ello, el mito de la `blanquitud' en Costa Rica sigue resonando vigoroso, levantando voces y ecos en libros escolares, manuales turísticos, encuestas, conversaciones informales y hasta en los chistes de la calle.

    Blanco que te quiero blanco:

    "En la segunda mitad del siglo XIX, cuando, al amparo de las aspiraciones liberales, se inventan en Costa Rica los principales argumentos para definir la nación, la cuestión de la `blanquitud' de la sociedad costarricense encuentra un espacio privilegiado para afianzarse. La comunidad de sangre constituye un argumento con una fuerte carga emotiva que contribuye eficazmente a convocar un sentido de unidad, de destino compartido.

    "Los espejos imaginados para reconocer el rostro blanco de la nación costarricense, se construyeron a partir del extrañamiento con respecto de los pueblos de fuera de las fronteras nacionales, de las regiones de fuera del Valle Central, y de los grupos étnicos de fuera de la `blanquitud' y la tradición cultural occidental.

    "En la mirada allende nuestras fronteras, se recurre a exaltar el carácter de excepcionalidad de Costa Rica, pacífica y blanca, en un contexto centroamericano plagado de indios y de culturas políticas violentas que riñen con `nuestras mejores tradiciones civilistas'.

    "Otro espejo en el que la nación busca reflejar su rostro, es a través de la oposición con la `raza' que no es o -para ser más precisos- con la que no quiere ser. Se trata de su definición por oposición con los grupos étnicos, tanto aquellos de presencia milenaria (los indígenas), como aquellos llegados durante la colonia (negros africanos) o en épocas posteriores (afrocaribeños, chinos e hindúes, principalmente). En la actualidad, el contraste se extiende también con respecto a los migrantes salvadoreños y nicaragüenses.

    "Por un lado, encontramos la visión del indio como ajeno a la nación costarricense. Esta ha sido una idea reiterada a partir de argumentaciones infundadas, como la falsa creencia de que, al momento del contacto con Occidente, la población precolombina era escasísima, o de que, en el Valle Central, desde ese entonces, desaparecieron los indios.

    El rojo palpitante en nuestras venas:

    "Es un hecho histórico que, en la construcción del imaginario nacional, no se ha propiciado el encuentro con la diversidad de culturas que pueblan el territorio nacional, y que, en aras de construir un ideal de unidad cultural, se han desconocido, olvidado o folclorizado las realidades de grupos étnicos y de habitantes de vastas regiones periféricas.

    "Sin embargo, aunque permanecieron por mucho tiempo fuera de los libros de historia, de la literatura, de la educación y hasta de las efemérides patrias, los pobladores de Costa Rica con tez oscura y culturas diversas, continúan allí, viviendo sus prácticas cotidianas y su memoria colectiva, creando y recreando sus culturas, dinamizándolas con la hibridación. Son costarricenses que han contribuido y contribuyen con sus trabajos, luchas, fiestas y sueños, a hacer de Costa Rica lo que hoy es.

    "Y es que quienes se han concedido el derecho de desheredar a otros de la nación imaginada, no lo han hecho exclusivamente por un asunto de coloración de piel; tiene que ver también con la incomodidad por aceptar saberes, haceres y sentidos culturales distintos.

    "En los recursos que nos aporta la riqueza de nuestra diversidad cultural, podemos encontrar respuestas colectivas a los múltiples retos que nos depara sacar adelante este país, el país de todos nosotros."

    Mito o idiosincrasia

    Con base en un ensayo que publicó en la compilación Identidades y producciones culturales en América Latina, Giovanna Giglioli leyó ejemplos de intelectuales que legitimaron un discurso de la "Costa Rica blanca, meseteña y pacífica."

    "Ese `temperamento individual' (idiosincrasia, en su etimología griega) de Costa Rica privilegia la homogeneidad racial, léase blanquitud, como factor determinante de la paz social. Esta homogeneidad se dibuja sobre un supuesto inmenso vacío a la llegada de los españoles, algo caricaturesco y exagerado.

    "Luis Barahona, en El gran incógnito, afirma: `Habida cuenta de que la raza aborigen apenas ha influido en el desarrollo nacional por la sangre, creo que sería infructuoso hacerla objeto de estudio en el presente trabajo'.

    "José Abdulio Cordero escribe: `Vano sería pretender que el ser nacional del costarricense estuviera exento de la herencia indígena', y por ello se dispone a señalar `hipotéticamente' ciertos signos de ascendencia aborigen en la personalidad del costarricense. Cordero señala, como `legado sociológico probable del indio, el tradicional pacifismo de los costarricenses'. Sin embargo, es como si aquella presencia, aún convenientemente readaptada, siguiera representando una oscura amenaza. Así, Cordero da un giro radical y pasa a convertir aquel legado indígena en un elemento extrahistórico, en el `factor primigenio que se ha deslizado silencioso por el cauce inconsciente de las generaciones, en el ello prodigioso de nuestra nacionalidad'.

    Hernán Peralta, por su parte, lanza: `El único elemento realmente aborigen que hemos tenido, es la tierra'.

    León Pacheco vincula la homogeneidad racial con la identificación histórico-cultural de Costa Rica de su meseta central: `Los centros urbanos históricos, situados en la zona limitada de la Meseta Central, siguen siendo el escenario de su vida social, económica, intelectual y emocional. De tal manera que el litoral atlántico, primero, y el del Pacífico, después, han sido pedazos del territorio nacional añadidos a la totalidad del país, desde todos los puntos de vista. Se han aclimatado en ellos hasta nuevos tipos humanos, extraños a nuestra sensibilidad y tradiciones: el negro jamaiquino y el nicaragüense en el Atlántico... El tico es un ser esporádico en esos litorales'.

    Giovanna Giglioli planteó que la actual "crisis de valores, actual crisis de colores", implica que el mito del color blanco ya no es interesante para nadie, y que esa supuesta homogeneidad racial, paz social y pacifismo estáticos son cuestionados por periodistas y académicos no edípicos.

    "Hay también una complacencia y regodeo en la pequeñez del territorio, del talento y de las brechas sociales. El color de la pequeñez se impone: el color incoloro, desteñido, el cual supuestamente nos defiende de la amenaza del otro. Estos mitos no solo son falsos, sino denigrantes."

    "La alcancía de Dios"

    Tatiana Lobo escudriñó en documentos del siglo pasado, primero de viajeros que nos veían con ojo superficial, y luego pasando revista a escritos de los propios costarricenses que se juzgaban a sí mismos. Por motivos de espacio, solo entresacamos algunos chispazos:

    "La libertad era la idea de felicidad que se hacían los viejos liberales. Costa Rica se precia mucho de su pasado liberal, de su paz social y de sus cien años de democracia. Pero muy pocos costarricenses saben (yo me enteré porque lo leí en un libro de Carmen Murillo, Identidades de hierro y humo) que, a finales del siglo XIX, los chinos se vendían, en Costa Rica, a doscientos pesos la unidad: liberalismo y esclavitud conviviendo en perfecta armonía, reveladora paradoja de los mitos.

    "Los mitos nacen porque se necesitan y entran en crisis cuando ya no son funcionales. El mito de la Costa Rica singular y diferente quizá ya no es funcional en los tratados de libre comercio, donde se supone que todos los países deben competir en igualdad de condiciones. De pronto resulta que, para los propósitos totalizantes de la globalización, la Suiza centroamericana viene a ser un engorro peligrosamente nacionalista.

    "Lo tico es el labriego que canta el himno nacional, pero el labriego resulta que ha devenido delincuente, narcotraficante, político choricero, banquero estafador, violador, padre incestuoso, adulto abusador de niños, marido agresor y asesino, policía corrupta...

    "La identidad sería la síntesis de un juego dialéctico de la imaginación de dos contrarios, o también una conspiración entre yo y el otro. Pensando en todo esto, se me ocurrió seguirle la pista a lo de la Suiza centroamericana, que tanto ha dado que hablar y criticar, y encontré que quienes le pusieron este nombre a Costa Rica no fueron los costarricenses. Fueron esos viajeros quienes pusieron la piedra fundacional del mito. Entonces, la identidad nacional del costarricense se construyó entre los extranjeros y el Estado, en sutil complicidad de intereses.

    "La mirada de afuera era el único referente que tenía una república que estaba en su infancia, que todavía no se conocía a sí misma y que necesitaba de una buena imagen para que le fuera bien en sus negocios.

    "Wilhem Marr, un alemán aventurero que igual ejercía la medicina que la ingeniería, y que se las jugaba con el daguerrotipo, apareció en Costa Rica con expectativas de hacer fortuna, pero no lo consiguió.

    "Del valle del Guarco dijo: `Se podría jurar que se tiene delante el más encantador valle de Suiza'; y, a pesar de que se quejaba constantemente del festín que las pulgas hacían de su sangre aria, afirmaba: `Costa Rica parece la alcancía elegida por Dios'.

    "Las opiniones de Marr sobre los costarricenses también estuvieron signadas por su mentalidad racista. Decía: `Entre todos los neohispanos, los costarricenses son los que tienen menos mezcla de sangre indígena. Son los menos infectados, por este motivo, de vicios físicos'. Luego dijo, comparando: `Por su cultura están mil escalones más arriba que Nicaragua'.

    De algunos periódicos publicados en 1894, extraje algunas opiniones escritas por intelectuales y políticos notables de la época. Las seleccioné porque son contundentes, lapidarias, y no hay contexto posible que pueda alterar su sentido y su intención. Esto es lo que los ticos pensaban de sí mismos hace poco más de un siglo, que no se diferencia gran cosa de lo que piensan hoy:

    `En Costa Rica, la revolución más endiablada no pasa de ser un entremés'.

    `Costa Rica es reina del espíritu moderno'.

    `(Aquí) reina una igualdad práctica que es ya rayana en la democracia pura. En esto ha llegado Costa Rica al ideal republicano'.

    `Costa Rica es un país mucho más civilizado que Nicaragua'.

    `[Un diputado:] Señores: los hijos del pueblo de Costa Rica somos blancos, no somos negros ni somos indios para que nos quiten el derecho de votar. No podemos compararnos a los indios brutos de Guatemala'.

    `Nuestro pueblo es viril ante el sable, pero tímido y cobarde ante el hábito negro' (otro diputado).

    `Nuestro pueblo es sandio, sin gracia ninguna, desprovisto de toda poesía y originalidad que puedan dar nacimiento, siquiera, a una pobre sensación artística' (Ricardo Fernández).

    `Aquí no hay anarquistas. No aborrecemos la autoridad; al contrario, la amamos tanto, que cada uno de nosotros querría ser el supremo poder'.

    Para finalizar, Tatiana Lobo advierte:

    "Como hoy lo estamos viendo, las pretensiones de progreso y bienestar han quedado reducidas al escuálido consuelo de compararnos con la miseria de los países vecinos, comparación cada vez más tímida porque día a día nos estamos pareciendo más a ellos.

    "La madrastra de Blanca Nieves ya no pregunta quién es más linda que yo; ahora, consciente de su deterioro, se consuela preguntando quién es más fea que yo."

    Pie de foto:La asistencia a la primera tertulia desbordó el Centro Cultural Español. El ciclo Costa Rica imaginaria continuará los miércoles 9, 16 y 23 de octubre y 6 de noviembre, a las 7 p. m.

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