Estilo de ser poeta

Un premio nuevo para un nuevo poeta: el costarricense Luis Chaves inaugura la lista de ganadores del Premio Hispanoamericano de Poesía Sor Juana Inés de la Cruz, auspiciado por ICODE (Iniciativas de Comunicación para el Desarrollo), en conjunto con el Centro Cultural de México. Al jurado lo integraron los escritores mexicanos José Luis Rivas y Alvaro Uribe y el costarricense Osvaldo Sauma. El libro ganador, entre 130 participantes de una docena de países -"Los animales que imaginamos"-, será publicado en México por la prestigiosa editorial Práctica Mortal; en Costa Rica la editorial Guayacán publicará una edición ilustrada por Priscilla Aguirre. El premio se entregará al ganador el próximo 2 de diciembre en un acto poético en el Centro Cultural de México

A. D.

Él es tan joven como para que el destino se permita un acto benévolo: colocarlo en el momento oportuno de recibir un estímulo así: primerizo el galardón y primerizo el galardonado.

Sin embargo, no es una novatada lo que Luis Chaves comete en el poemario Los animales que imaginamos, ganador del nuevo Certamen Hispanoamericano de Poesía Sor Juana Inés de la Cruz, que a partir de este año auspician ICODE, así como la Secretaría de Relaciones Exteriores y el Centro Nacional para la Cultura y las Artes de México, por medio del Centro Cultural de México en Costa Rica.

Cada poema lo decantó un febril juego de escondido y quedó del poeta con la palabra, en el que este logra al fin atrapar con reinventadas pinzas de verbo y sustantivo y demás yerbas castellanas, el milagro recién amanecido de un sentimiento, una sensación, una imagen inolvidables.

-¿Cómo es la historia de un joven poeta?

-En realidad escribo desde la adolescencia pero siempre mantuve esto de la escritura como paralelo a otro estilo de vida: en la U estudié Economía Agrícola, me gradué y hasta trabajé por dos años, siempre escribiendo. Al final de aquel segundo año vi que debía confrontarme con este otro yo que escribía desde hacía rato, con esa necesidad de verlo más allá de un pasatiempo en medio de un estilo de vida más aceptado por los cánones sociales. Y lo hice: dejé de trabajar y me dediqué a escribir. Para mí no funciona eso de trabajar ocho horas en una oficina y después escribir, y por supuesto respeto que no sea así para todo el mundo.

No es que esté las 24 horas del día escribiendo cuentos o poesía pero es un oficio al que hay que dedicarle el día, leyendo, jugando con una idea, o con una frase, observando. Llevo tres años viviendo así y estoy contento de la decisión de dejar esa vida de corbata y horarios de oficina.

-En una sociedad donde se sacraliza al objeto, se banaliza la vida, ¿cómo sobrevive un ser que poetiza?

- Lo veo en dos niveles: uno sobrevive en tanto que está creando. A mí mismo me salva: los poemas son objetos en los que me puedo afirmar. Si toda esta locura es un naufragio, mis textos, mis ratos de ocio, de leer, son de lo que me agarro para vivir.

Por otro lado, uno se la juega: hago traducciones, consultorías cortas de economía agrícola, que me permiten pagar el apartamento y comer. Hace poco me fui de viaje y a la vuelta vivo de precarista, en el apartamento de un amigo, pero ya pronto podré vivir solo. Mucha gente se asusta de esa inestabilidad, pero ese es el sacrificio para tener lo otro: poder estar a las tres de la tarde en la casa de una amiga viendo los dibujos en el cielo de una bandada de pericos. No lo cambiaría por un salario estable. Hablo por mí mismo, no por los demás.

-¿Dónde ocurre la succión de tus temas, esas sensaciones: en las noches, en la cotidianidad? ¿Qué alimenta tu creación?

- No sé si la palabra que cabe es evolución, pero sí hay un cambio muy marcado entre mi primer libro y éste, y todo el trabajo que hay en medio. El libro El anónimo, publicado con la editorial Guayacán, es un trabajo de poemas antiguos, dentro de la idea que yo tenía de poesía: solemne, seria, tratando temas pesados, y de hecho era una poesía pesada para leer. Trataba de exorcizar el tema de la muerte; en este otro libro está esa presencia, pero en el anterior era más ceremonioso, más retórico, dándole demasiada importancia.

De ahí en adelante fue como un respiro poder enfrentarme a la poesía, pues el acto creativo se ha convertido para mí como en un borrador gigante, con el que desdibujo lo real de lo imaginario. Me desentiendo de qué es real y qué no lo es: tan cierto es para mí en qué trabajo para pagar el supermercado como esos pericos volando, haciendo figuras de aviones, de un pez, o de notas musicales, y no lo imaginé, eso estaba pasando y luego puedo escribirlo. Ahora disfruto muchísimo más el acto creativo. Pasé de esa poesía tan seria y solemne a una más coloquial. Creo que en la sencillez está la claridad.

Si tengo que definir lo que hago ahora es como la poesía de las cosas pequeñas, que para mí son las valiosas.

Cómo escupir fuego

Luis Chaves
nos juntábamos frente a la iglesia del carmen.
Ocho en punto. hora tica.
a las diez y media los demás se habían ido.
los que trabajaban.

en los bolsos de cuero cabían linternas.
pintura en aerosol. cartas que sabíamos de memoria.

el verano nos recibía con noches
como una mesa lista para la cena.
y lo invadíamos con nuestras legiones de hambre:
dos pre-adultos muy tolerantes
hasta que alguien hablara mal de sábato.
o en favor de la policía.
que no entendió nunca que se rayan paredes
públicas y privadas por igual.
porque hay que decir algo
o dibujarlo.

toda mirada cómplice o broma repetida
era un bastón para que pudiéramos volver
cada uno a sus días labrados en piedra.
puesto que no era lo mismo ver el silencio
de la ciudad que apagaba una a una sus ventanas.
y quedarnos como los dueños de calles habitadas
por gatos y periódicos.

que encarar el otro silencio.
el que llevábamos dentro como una marca de fábrica.
esa sensación de llegada tardía.
de abrir la puerta equivocada.
de ponerse medias húmedas.

estábamos tan convencidos
de que en nuestro planeta dios cometía errores.
como con la muerte por ejemplo.
y que pedía perdón con bach. modigliani.
O con la señora a quien comprábamos empanadas
a la salida de tanda de cuatro.

preferías el rojo y la tapia grande.
aquella con veraneras que la bordeaban como un fleco violeta.
allí escribías con trazo zurdo y fluido
citas de vallejo o un sol que era una flor sobre el mundo.
y parecía que las veraneras aplaudían
mientras yo vigilaba desde la acera del frente
seguro de que habías nacido
para que otros abrieran los ojos.

te buscaba luego a cualquier hora.
porque el día y la noche
eran solamente dos luces diferentes para verte.
como decir farol o claraboya.

y ya no había causas en las que creer. ni nos importaba.
protestar era una excusa para estar juntos.
y eso sí era lo esencial.
esa fuerza que une a dos bajo cualquier bandera
hasta que la muerte o algún daño menor los separe.

eras la única que no preguntaba
"¿por qué escribís cuentos tan tristes?"
porque sabías de dónde llegaban esas historias.
conocías el olor de sus zapatos.
la dolencia de cada una.
su comida predilecta.
te gustaba leerlas. leérmelas.
tenías el don de convertirlas en otra cosa.
si alguien moría solitario en un cuarto
tu voz lo llenaba de coronas y duendes.
o si una mujer lloraba. donde caían sus lágrimas
nacía un árbol con nidos y todo.

no te hablaba mucho pero aprendí a espiar tus rituales.
tu manera de arreglar las cosas golpeándolas.
el orden cromático de tu ropero.
aunque esto de qué vale si no te percatabas.
tampoco te conté del nombre que había escogido para vos.
ni siquiera la noche del circo.
tu blusa hacía juego con las guirnaldas y vestuarios.
como si tu hogar fuera ese.
entre magos. acróbatas. y el olor a pasto seco.
y sonreías de la manera más blanca
y era casi como si yo no estuviera a tu lado.

fue allí cuando vi tus ojos crecer como globos
que se elevaron sobre el público
hasta el centro de la arena
donde un hombre escupía fuego.
lo mirabas boquiabierta.
como si fuera un animal fantástico
y para vos era precisamente eso.
una especie de hierofante.
la zarza ardiente. la piedra filosofal.
todo a la vez.

lo sentí en tu mano que se apretaba en la mía.
sentí cómo te me ibas por más que yo estrechara.

empezaste a faltar a las citas nocturnas.
y cuando venías. solo dibujabas una boca en llamas
en aquella tapia donde se secaron las veraneras.

sentada en la calle. abrazabas tus rodillas
como quien protege a dos niñas frágiles.
y decías quiero escupir fuego.
y por alguna razón inexplicable yo lo entendía.
pero hay lugares a los que no se puede entrar aunque se quiera.

te cansaste de la lluvia
y ahora me parece que en cada esquina del tercer mundo
estás vos gritando ésta es la vida.
con los dientes manchados.
pero con una luz en los ojos.
como una caverna en cuyo fondo alguien enciende una fogata.

entonces niña hermosa.
esta historia debe tener algún sentido.
y si hoy. que llueve por tercera semana en fila.
estoy gris y en suéter inventándote.
es porque sí.
sí es cierto que todo muere o acaba o lo acabamos.
pero igual no se puede negar
que la belleza es insistente como la hierba.
y crece donde menos se la espera.
como en tus letras rojas sobre un muro.
O en mi cepillo de dientes cuando lo usabas.
O en tus manos cuando se dormían
como dos llamitas
sobre tus pechos.


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