Evocar a Constantino Láscaris

Rafael Ángel Herra
Redactor de La Nación


La Asamblea Legislativa acaba de otorgar el Benemeritazgo a Constantino Láscaris -filósofo, catedrático, figura cultural determinante en la Costa Rica de los sesentas y setentas y conspicuo colaborador de la Página 15 de este diario-, gracias a una iniciativa, en la legislatura anterior, del diputado Manuel Antonio Bolaños y, en ésta, de los diputados Francisco Antonio Pacheco y Constantino Urcuyo. Valga este homenaje para recordarlo.

Quisiera evocar a Constantino Láscaris libremente, en el orden espontáneo de la memoria, puesto que así aspira a retomar su imagen desde el pasado: como un Quijote bizantino, hombre de estudio, dialéctico e iniciado en el ocio creativo que magnetizaba con su figura pequeña, enjuta y cálida y que además sobresalía por el talento como orador académico.

El gusto por la erudición hizo de Láscaris un modelo especial: el saber es algo caótico, se llega a él con irreverencia creativa. Esta actitud fue una revelación para quienes escuchamos en sus clases por primera vez la manifestación de un discurso libre y sin ataduras, excepto en la fidelidad al clasicismo, al que siempre fue incondicional, a pesar de su encuentro con Descartes y Kant y con corrientes contemporáneas como el existencialismo y el psicoanálisis que, también ellas, enfrentaban las tradiciones de la filosofía antigua.

Láscaris propugnaba la crítica incondicionada. Sentía y hacía pública cierta indiferencia intelectual frente al poder. Tal vez esa indiferencia crítica nos marcó implacablemente a algunos de sus alumnos y nos hizo evidente el alcance de nuestras contradicciones.

Le apetecía la fuerza del pensamiento tanto como el desenfreno de la poesía. Leía mucha literatura. Escribió algunos cuentos y un libro de poemas apasionado por la sensualidad del trópico. La novela le tentaba pero se defendía diciendo que no podía consagrarle el tiempo que reclama este género literario. Tal vez era un poco impaciente cuando emprendía un trabajo de redacción y quería terminar pronto.

Durante varios años se empeñó en recopilar material para un libro sobre las mujeres filósofas. Lo intrigaba Diotima, la mujer a quien Sócrates atribuye el discurso sobre el amor; y admiraba a Hipatía, la filósofa alejandrina, mártir de la filosofía, a quien lapidaron. Le oí mencionar a Edith Stein, la discípula de Husserl, judía conversa al cristianismo, que cayó bajo la maquinaria de muerte del nazismo. No sé cuánto avanzó en este libro.

Láscaris era el hombre de la dialéctica. Una vez en la carretera, antes del peaje, al verlo sostener una moneda entre los dientes, le dije asombrado que se iba a llenar de microbios. La respuesta fue proverbial: "yo no creo en los microbios". "Pero los microbios creen en usted", le contesté, siguiéndole la lógica del juego. Respondió con una sonrisa benevolente. Le gustaba conversar, discutir y retar. Siempre fue provocador y esperaba respuestas consecuentes con su desafío. Era su manera de vivir. Discrepaba con gusto, a veces hasta límites intolerables para sus interlocutores. Algunos se sentían mal y reaccionaban hoscamente. Me acostumbré a compararlo con el filósofo antiguo Diógenes, lleno de humor y de preguntas, armado de un farol en pleno día, buscando a la humanidad y burlándose de sus prejuicios y bajezas.

Una de sus lecturas predilectas se relaciona con el ocio.

Ocio epicureísta

Era un aficionado sin límite a la novela policiaca. Alguna vez lo oí contar que estaba trasnochado a causa de una historia que no lo soltó hasta el final. El tiempo libre no era para él un desgaste de tiempo muerto. Y no sólo leer novelas le apetecía. Un día, en los años sesentas (casi podría fecharse) descubrió la pesca y entonces se dedicó a ella de un modo incondicional, casi amoroso. Exploró todos los tipos de pesca con anzuelo, buscó toda clase de peces y de aguas. Sabía del gaspar como un especialista.

Una vez tuve que bajarlo a la fuerza de una roca, en Dominical, no muy lejos de la desembocadura del Barú, porque reventaban olas de tormenta cósmica que se lo podrían haber succionado. Fue uno de los viajes en que tuve el placer de acompañarlo cuando era su alumno.

Otro día quisimos comprar un cochinillo, como decía, para hornearlo a la manera segoviana, pero fueron tales los gritos de la madre y del animalito, que desistió emocionado por un impulso de simpatía hacia el animal que nos conmovió hasta el punto de no olvidarlo jamás. Otro día, en un viaje de pesca en el que no pescamos nada, compré un gallo para comerlo al vino tinto junto con otros amigos; hubo que amarrarlo a la pata de la mesa, mientras sobrellevamos el calor de Puntarenas y matábamos el hambre en un restaurante. El gallo se quedó en mi casa, cantó tres veces en la madrugada y al día siguiente no tuve valor para torcerle el cuello.

En otra ocasión, ensimismado junto a un matorral, había lanzado la caña en el brazo de un río cuando de entre las hojas salió una serpiente, se le aproximó unos centímetros al codo, yo le grité que no se moviera, pero ya entonces la serpiente había retrocedido.

Mi primer viaje a Cahuita fue en compañía de Láscaris y de Misael, mi padre. Viajamos en tren hasta Limón. Ahí dormimos, después de haber entrevisto la vida nocturna del puerto y de tomar cervezas con dos negras nacidas de los más insólitos secretos del Caribe. Muy temprano nos fuimos en tren a Penshur. Cruzamos el río en una barca y luego, en un viejo autobús, acabamos el viaje dando tumbos por el camino. La historia fue irrepetible. Cahuita era un puebluco casi inaccesible de veinte casas, una pensión regentada por chinos, calles de pasto planas, bosques en pequeñas colinas tierra adentro y la playa solitaria donde pescamos un pez baúl arquetípico.

Después Láscaris hizo muchos viajes de pesca. Estuvo en Solentiname, con el poeta Cardenal, que por entonces sólo rezaba y escribía poemas; se extravió en manglares, pescó en todas las pozas de Costa Rica, incluidas las de Marcos Ramírez, y escribió exquisitos artículos de periódico sobre pesca. Su lirismo y el juego de sus pensamientos logró en estos textos una madurez estilística insospechada.

Antípoda del mezquino

Láscaris tenía una virtud superior: su generosidad en todo: en la amistad, en el apoyo académico a los estudiantes, a los colegas, incluso en el dinero, a pesar de los límites de sus ingresos como profesor universitario. Ponía a la disposición sus contactos académicos, revisaba con cuidado los textos que se le ponían al frente, estimulaba a los alumnos para que hicieran doctorados.

Su aporte universitario consistió en impulsar los estudios filosóficos con lecciones retadoras, libros y artículos, fundar la Revista de Filosofía y, más adelante, el Anuario de Estudios Centroamericanos, e imprimir a la actividad académica un sello de creatividad e irreverencia. Láscaris activó la investigación sobre el pensamiento costarricense y centroamericano y fue un impulsor de la historia de la ciencia y la técnica. Sus trabajos sobre el pitagorismo, publicados antes de venir a Costa Rica, aún hoy son un aporte reconocido en la bibliografía internacional. Peleó incansablemente contra el pedagogismo, al que responsabilizaba de buena parte del deterioro educativo.

Sin duda era un visionario que supo utilizar la radio y la televisión para dirigirse a un público inesperadamente amplio. Soy testigo de que en todas partes, en los rincones más apartados del país a donde llegaba con las cañas, las botas y la chaqueta de pescar, lo reconocían gracias a sus conferencias radiales. Nadie ha sido tan popular por la magia de la palabra.

Todo esfuerzo por recordarlo solo podrá dar una imagen borrosa de su ingenio y talento. Es un privilegio haberlo conocido y gozar la huella de su palabra aún después de tantos años.


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