Modelo para una Estética

Carlos Francisco Monge


La influencia de García Lorca en una generación de poetas costarricenses

Hacia 1970 unos jóvenes habíamos empezado la singladura de una aventura literaria, reunidos en el Círculo de Poetas Costarricenses. Estábamos, entre muchos otros, amigos como Julieta Dobles, Rónald Bonilla, Mía Gallegos, Laureano Albán, Rodrigo Quirós y algunos otros poetas que desde entonces también han figurado en las letras contemporáneas. A despecho de lo que han sostenido algunos, el Círculo de Poetas (y hablo, por lo pronto, de aquella década de 1970) no constituía una monolítica peña ideológica, y ni siquiera una capilla literaria. Era un taller y una tertulia, producto de varias circunstancias; entre ellas, nuestros encuentros más o menos fortuitos en las aulas universitarias, y el innegable liderazgo que uno de ellos, Laureano Albán, llegó a alcanzar, como sobreviviente literario de una pequeña sociedad que en su momento se llamó el Grupo de Turrialba (integrado, además, por Jorge Debravo y Marco Aguilar).

Como ocurre en todo grupo literario, en materia de lecturas todos teníamos nuestras preferencias y aficiones; una de ellas, desde luego, fue la poesía de García Lorca; es más: cierta poesía suya, la del Romancero gitano. Aunque leíamos a otros poetas del 27 (algunos nos inclinábamos por Aleixandre; otros por Alberti, Cernuda o Salinas), en general fue García Lorca quien ejerció mayor atracción.

Esas lecturas no siempre se comentaban. En las sesiones de trabajo del taller del Círculo de Poetas hablábamos y trabajábamos sobre nuestros propios poemas, pensando sobre todo en la búsqueda de una idea de la poesía, aunque en muchas ocasiones no llegamos a pasar -como hubiera dicho Darío- de la persecución de un estilo. Con cierta razón, un columnista habitual dedicado a hacer comentarios y notas sobre literatura costarricense, sostenía que solo buscábamos la uniformidad de estilos y de temas, lo cual para él era motivo de inquietud y desencanto. Por fortuna, los años han mostrado que sus previsiones y prevenciones no eran exactas, y por ello no siempre fueron justas. Nuestro proyecto estético tenía, principalmente cuatro aspiraciones: apartarnos del lenguaje de cierta poesía razonada y tediosa que existía en el medio; sacudirnos de un lenguaje abstruso, de reminiscencias surrealistas, que una generación anterior a la nuestra persistía en cultivar; huir del prosaísmo exteriorista tan de moda entonces; y trabajar sobre el lenguaje figurado capaz de despertar dimensiones insospechadas a los significados habituales. Como ven, nada nuevo bajo el sol, después de todo. Quizá la única diferencia era que nos habíamos constituido en grupo, alrededor de un taller, y con plena conciencia de nuestro proyecto generacional (que culminó con la redacción de una especie de proclama estético-ideológica que llamamos el Manifiesto trascendentalista).

No tengo aún muy claro si la fascinación que sentíamos por la poesía de García Lorca nos provocó la aversión al prosaísmo, o si fue más bien este rechazo lo que nos llevó al andaluz. Otros poetas nos habían alimentado de la audacia constructiva y la rebeldía, teñidas de patetismo (como el peruano Vallejo), o de la luminosidad verbal con proyecciones históricas (como el Neruda del Canto general). Rónald Bonilla y Rodrigo Quirós, por ejemplo, eran verdaderos devotos de Vallejo; qué duda cabe de que en buena parte de la poesía de Laureano Albán están las huellas nerudianas de las Alturas de Macchu Picchu; a mí me deslumbraron obras como Sombra del paraíso, de Aleixandre, y la patética poesía de Miguel Hernández. Pero García Lorca nos hablaba con gracia e ingenio; y la impostación de su voz poética generaba una simpatía verbal imposible de desconocer. En el taller se exploraban ciertos logros de la poesía contemporánea, sobre todo los que rompían las ataduras de lo racional y lo evidente. Por entonces leíamos -casi siempre en magras traducciones- a los simbolistas franceses, pues en ellos estaba el origen de la poesía contemporánea; pero era esencial también leer y aprender de las voces posteriores al modernismo en nuestra lengua; y los poetas del 27, con García Lorca como heraldo, fueron una de nuestras fuentes nutricias.

Bien mirada, la poesía de García Lorca está hecha de imágenes y asociaciones libres; herencia sin duda de los experimentos ultraístas y surrealistas. Sin saberlo muy bien, ensayamos la idea de que una imagen vale más que cien explicaciones, y que en el poema no había que exponer conceptos, sino transfigurar vivencias. Lorca utiliza con abundancia lo que hoy se denominan imágenes de irracionalidad; es decir, la configuración metafórica que prescinde, en buena medida, de referentes lógicos y previsibles. En el Romancero gitano aparecen expresiones como: "la tarde loca de higueras / y de rumores calientes"; "qué ríos puestos de pie / vislumbra su fantasía"; "en los recodos del aire /cruje la aurora salobre"; "la tarde colgada a un hombro"; "tres golpes de sangre tuvo / y se murió de perfil"; "sus muslos se me escapaban / como peces sorprendidos". Nuestra idea era conseguir esas imágenes en las que desaparece todo nexo racional entre sus elementos. Un teórico español (que además es poeta) ha denominado ese procedimiento «imagen visionaria».

¿Qué son, para nosotros, esos "ríos puestos de pie", esa "tarde colgada a un hombro", sino expresiones que se bastan poéticamente? ¿Acaso es necesario explicarlas?

Ya imbuido en la poderosa corriente del surrealismo, García Lorca elaboró, de una manera más compleja y dilatada, este procedimiento, en los versos delirantes de su libro Poeta en Nueva York, del que hablaré luego.

Junto a la imagen visionaria, exploramos otros procedimientos estilísticos en Lorca, que venían muy a cuento a nuestras inclinaciones estéticas. Uno de ellos, de humilde factura pero de innegable eficacia, fue la metonimia, y unida a ella los desplazamientos calificativos. Para describir el muro de un convento, Lorca combina metáfora y metonimia: "Silencio de cal y mirto"; la pandereta de una gitanilla es una "luna de pergamino"; y los funestos guardias civiles "jorobados y nocturnos / por donde animan ordenan /silencios de goma oscura / y miedos de fina arena"; de los asesinos de un gitano nos dice que "eran cuatro puñales". Con el desplazamiento calificativo (es decir, atribuir una cualidad a un objeto que éste, de suyo, no recibe), es posible crear una atmósfera mágica de la realidad aludida; así, García Lorca nos habla de "las navajas de Albacete / bellas de sangre contraria"; "la luz juega el ajedrez / alto de la celosía"; "y un horizonte de perros / ladra muy lejos del río"; "yunques ahumados sus pechos / gimen canciones redondas" (que, además es una sinestesia); "por las calles empinadas / suben las capas siniestras"; "tercos fusiles agudos / por toda la noche suenan"; "aire rizado venía / con los balidos de lana".

Otro recurso lorquiano, la sugerencia, también nos pareció muy atractivo, no solo porque confirmaba la creencia de que en el poeta habita un lenguaje creativo apartado de la evidencia racional, sino también porque constituía un ejercicio estético acorde con nuestros deseos de inventar un mundo alusivo y elusivo, hablar de la realidad con el lenguaje de la imaginación. Lorca siempre alude, no explica ni informa; y la sugerencia como recurso estilístico -tan cara a Machado o a Juan Ramón- combina la audacia expresiva con el atrevimiento conceptual. Todos aquí recordaremos, seguramente, pasajes como los siguientes: "la noche se puso íntima /como una pequeña plaza"; "por los ojos de la monja /galopan dos caballistas. / Un rumor último y sordo / le despega la camisa, / y al mirar nubes y montes / en las yertas lejanías, / se quiebra su corazón / de azúcar y yerbaluisa"; "Aquella noche corrí / el mejor de los caminos, / montado en potra de nácar / sin bridas y sin estribos". Esta búsqueda de la alusión simbólica fue una opción estética casi doctrinaria, porque nos disgustaba el prosaísmo exteriorista, y porque rechazábamos la creencia de que los buenos sentimientos o las nobles ideas llevan a la buena poesía.

También García Lorca nos hizo recordar que la gracia estilística, la sonoridad y el juego verbal -tantas veces olvidado, en nombre de una idea, un dogma o una impostura- son el alma del poema. ¿Por qué olvidar el ritmo?; ¿qué es un verso sino el compás respiratorio de las palabras?; ¿por qué -en nombre del coloquialismo y la espontaneidad- olvidar la amenidad sonora? Asimilando bien la poesía popular tradicional, el Lorca de las Canciones, el Romancero gitano y el Cante jondo no perdió ocasión para el juego y la invención: "El niño la mira mira. / El niño la está mirando"; "Verde que te quiero verde. / Verde viento. Verdes ramas"; "Se ven desde las barandas, / por el monte, monte, monte, / mulos y sombras de mulos / cargados de girasoles"; "El viento vuelve desnudo / la esquina de la sorpresa, / en la noche platinoche, / noche que noche nochera".

Lo que no leímos con la atención que merecía fue Poeta en Nueva York; una tarea pendiente que hubo que cumplir después. Una primera causa de esta desatención fue la escasa circulación del libro, pero la principal fue nuestro -ahora confeso- prejuicio a ciertas prácticas literarias asociadas al surrealismo, cuya innegable importancia para el despliegue de la poesía contemporánea era palpable, pero no conseguía seducirnos a cabalidad: no nos decía mucho, lo considerábamos a veces truculento y mañoso; además, era una especie de tarjeta de presentación de una generación anterior a la nuestra. En todo caso, Poeta en Nueva York es un libro ácido y angustiante; y en cierto modo con él echamos muy de menos a aquel García Lorca de los mitos, el juego y la luminosidad verbal. A diferencia del pesimismo y el desencanto ante la historia, bien visible en esos poemas, nosotros adoptamos otra actitud ante el diario acontecer y los avatares políticos, por funestos que ellos nos parecieran. Creo que nunca llegamos a perder la convicción de que el ser humano es, después de todo, constructor y artífice de sus mejores ilusiones, y no un monstruo (pese a ciertos especímenes históricos que han hecho lo contrario). En esto, quizá, el mejor ejemplo de esta fe en la humanidad ha sido la figura de Jorge Debravo, para nosotros un verdadero heraldo y un emblema.

García Lorca significó para el taller del Círculo el modelo para una estética en formación. No fue, desde luego, nuestro santón literario, y menos aun nuestro catequista. En Costa Rica varias generaciones literarias lo han leído, y cada una a su manera se ha alimentado de su obra, lo cual demuestra que la poesía no es cosa de doctrinas, sino de preferencias, y que la voz de García Lorca ha sido un manantial que ha irrigado con provecho la variada geografía de la poesía escrita en nuestra lengua.


Otras voces de Lorca

El sello popularmente lorquiano (en especial el del Romancero gitano), se pierde en estos poemas que, sin embargo, muestran el amplio registro poético de Federico García Lorca. Algunos son poemas muy poco conocidos, por inéditos, o por salidos a la luz en época reciente.
¡Oh cama del hotel! ¡Oh dulce cama!

¡Oh cama del hotel! ¡oh dulce cama!
Sábana de blancuras y rocío.
¡Oh rumor de tu cuerpo con el mío!
¡Oh gruta de algodón, penumbra y llama!

¡Oh lira doble que el amor enrama
con tus muslos de lumbre y nardo frío!
¡Oh barca vacilante, claro río,
a veces ruiseñor y a veces rama!

(Poema inédito de Sonetos, 192?)

Reunión de damas a la orilla del mar

Los desnudos palpitan grises bajo las ropas
y se enturbian de brisas coladas por sus hombros.
Sus sombrillas redondas bostezan como peces.

Las cuatro damas tienen bajo el corsé de seda
un injerto invisible de limones blandos,
fruta de tres colores donde las mariposas
encuentran su destino y se olvidan un ala.

(Poema inédito, de Odas, 1924-27)

New York (Oficina y denuncia)



A Fernando Vela.

(Fragmento)

Debajo de las multiplicaciones
hay una gota de sangre de pato;
debajo de las divisiones
hay una gota de sangre de marinero;
debajo de las sumas, un río de sangre tierna.
Un río que viene cantando
por los dormitorios de los arrabales,
y es plata, cemento o brisa
en el alba mentida de New York.
Existen las montañas. Lo sé.
Y los anteojos para la sabiduría.
Lo sé. Pero yo no he venido a ver el cielo.
Yo he venido para ver la turbia sangre,
la sangre que lleva las máquinas a las cataratas
y el espíritu a la lengua de la cobra.
Todos los días se matan en New York
cuatro millones de patos,
cinco millones de cerdos,
dos mil palomas para el gusto de los agonizantes,`
un millón de vacas,
un millón de corderos
y dos millones de gallos,
que dejan los cielos hechos añicos.
Más vale sollozar afilando la navaja
o asesinar a los perros
en las alucinantes cacerías
que resistir en la madrugada
los interminables trenes de leche,
los interminables trenes de sangre
y los trenes de rosas maniatadas
por los comerciantes de perfumes.
Los patos y las palomas,
y los cerdos y los corderos
ponen sus gotas de sangre
debajo de las multiplicaciones,
y los terribles alaridos de las vacas estrujadas
llenan de dolor el valle
donde el Hudson se emborracha con aceite.
Yo denuncio a toda la gente
que ignora la otra mitad,
la mitad irredimible
que levanta sus montes de cemento
donde laten los corazones
de los animalitos que se olvidan
y donde caeremos todos
en la última fiesta de los taladros.
Os escupo en la cara.
La otra mitad me escucha
devorando, orinando, volando en su pureza
como los niños de las porterías
que llevan frágiles palitos
a los huecos donde se oxidan
las antenas de los insectos.
No es el infierno, es la calle.

(En Poeta en Nueva York, 1930)

El poeta habla por teléfono con el amor



Tu voz regó la duna de mi pecho
en la dulce cabina de madera.
Por el sur de mis pies fue primavera
y al norte de mi frente flor de helecho.

Pino de luz por el espacio estrecho
cantó sin alborada y sementera
y mi llanto prendió por vez primera
coronas de esperanza por el techo.

Dulce y lejana voz por mí vertida.
Dulce y lejana voz por mí gustada.
Lejana y dulce voz adormecida.

Lejana como oscura corza herida.
Dulce como un sollozo en la nevada.
¡Lejana y dulce en tuétano metida!

(En Sonetos del amor oscuro, escritos en 1936. Primera publicación: 1984)

Noche del amor insomne



Noche arriba los dos con luna llena,
yo me puse a llorar y tú reías.
Tu desdén era un dios, las quejas mías
momentos y palomas en cadena.

Noche abajo los dos. Cristal de pena,
llorabas tú por hondas lejanías.
Mi dolor era un grupo de agonías
sobre tu débil corazón de arena.

La aurora nos unió sobre la cama,
las bocas puestas sobre el chorro helado
de una sangre sin fin que se derrama.

Y el sol entró por el balcón cerrado
y el coral de la vida abrió su rama
sobre mi corazón amortajado.

(En Sonetos del amor oscuro, primera publicación: 1984)


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