Los espejos deformantes de Carlos Cortés

Rodrigo Soto
Para La Nación


La literatura no sólo está llamada a ofrecer una imagen refleja de la realidad de la que se nutre, con la cual dialoga, y a la que analiza y recrea; puede, y debe ofrecernos también, una transposición literaria de esa realidad. La obra literaria se convierte así en un mundo paralelo, autónomo; una invención sujeta a leyes propias, un mundo hecho con imágenes y palabras que se despliegan con una dinámica independiente de la realidad que les sirvió de punto de partida. Más que un espejo, la obra literaria (y artística en general), se convierte así en una ventana hacia otra realidad, cuyos lazos y vínculos con esta, con nuestra realidad, son sin duda mucho más complejos que el simple reflejo.

En Cruz de Olvido, segunda novela del escritor costarricense Carlos Cortés (San José, 1962), el autor nos sumerge en un mundo literario hecho a la manera de las salas con espejos deformantes. Como en las casas de sustos y en ciertos espectáculos de las ferias itinerantes, donde los espejos cóncavos y convexos reflejan al modelo al tiempo que acentúan y deforman sus rasgos, Cortés crea un relato en el que lo cómico y lo terrorífico alternan, se mezclan y a veces se confunden.

Tomando como punto de partida hechos conocidos de la crónica policial y la historia reciente de Costa Rica, el autor fabula una historia que combina asesinatos, sobornos, desapariciones, traiciones, conspiraciones e infinidad de bajezas y turbulencias de toda índole. Los personajes principales están inmersos en el mundo del poder político e informativo de una Costa Rica grotesca y cruelmente reconocible, con la que el conductor de la historia y personaje central mantiene ambiguos vínculos de pertenencia y repulsión.

Estamos, en cierta forma, dentro del ámbito de la novela negra. Pero lejos de contentarse con esto, Carlos Cortés crea un relato de múltiples niveles y registros, una obra fantasiosa y alucinante, también divertida, profundamente irreverente, que no rehúye la crítica política ni la meditación existencial. Se trata de una incontenible secreción lingüística, una Joda en clave mayor y "una gran sacada de clavo", como declaró recientemente el autor.

Como Ulises derrotado y lastimero, Martín Amador es un revolucionario retirado y periodista en activo que regresa a Ítaca, su Costa Rica natal, en busca de su único hijo, muerto quizás, quizás secuestrado, en todo caso envuelto en turbios negocios relacionados con el fin de la guerra fría y el derrumbe del socialismo real. Este viaje y la búsqueda subsiguiente, por los submundos imaginarios de una ciudad de San José convertida por fin en símbolo literario, se contrapone y complementa con el postrer viaje hacia la nada, hacia la disolución definitiva, del Maestro periodista, hombre de otra época y de otra generación. Pero ambos viajes son equívocos e inciertos, ambos son engañosos hasta el punto de que apariencia y realidad, mentira y verdad, se confunden y resultan imposibles de discernir.

Quizás la trama propiamente "policial" por momentos se atora o se extiende de manera innecesaria, pero la escritura, de tan vigoroso aliento, poderosa y elegante a la vez, nos hace seguir adelante y nos conduce hasta el final.

Viaje a los orígenes y crónica de fin de siglo: esperpento, fábula y novela policial -todo a la vez-, Cruz de Olvido se convierte desde ya en una de las obras medulares de la literatura costarricense de los últimos años.


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