Una mirada a los bajos fondos

Rodrigo Soto


Bajo el sugerente título de Los Dorados", el escritor costarricense Sergio Muñoz Chacón (San José, 1963), publica una primera novela que sorprende por el tema abordado y por la honestidad de su tratamiento, y convence por la solvencia con que lleva adelante su empresa narrativa.

Se trata de una narración que despliega ante nosotros el mundo de los marginados, de los miserables y de los excluidos, en la Costa Rica urbana de hoy. Los personajes comparten ese espacio, que el autor ha creado para nosotros: la barriada Los Dorados, ubicada al sur de San José. Aunque todavía olfateamos su pasado rural en los recuerdos de los más viejos, fue luego transformada por los procesos de expansión urbana que tuvieron lugar en el país durante la segunda mitad del siglo XX. Así, el antiguo pueblo se convirtió pronto en barriada, y hoy colinda y se confunde con los precarios y proyectos de vivienda social que han surgido a su alrededor.

Por medio de numerosos personajes -mariguanos, rateros, prostitutas, piedreros, niños deambulantes, trabajadores y pequeños comerciantes, entre otros-, Muñoz Chacón crea una imagen vívida y convincente de la vida de estos sectores de la sociedad. Más aún, consigue ofrecernos una idea de cómo surgen y se transforman estas inmensas comunidades que ciñen por sus costados a la capital, y de las tensiones que las agitan y atraviesan. Pero la mirada del autor no es ni sociológica ni sociologizante, sino profundamente humana, y por lo tanto, literaria. Es decir, que más allá de los determinismos económicos, sociológicos o de cualquier otra índole, el autor centra su mirada en la dimensión humana del asunto, y consigue mostrarnos ese pequeño resquicio de libertad que, aún en las situaciones más desesperadas, tenemos para construir o destruir nuestra vida y la de los demás.

La visión que el autor nos ofrece de estos "bajos fondos" no es ni romántica ni desencantada; no idealiza pero tampoco juzga ni condena a sus personajes. Más bien, despliega ante nosotros sus vidas con una cierta imparcialidad en la que se trasluce, sin embargo, un conocimiento profundo del tema, y una simpatía no menos honda por su tragedia y heroísmo, por su miseria y su a menudo luminosa humanidad. Así, los personajes atrapados en la historia entretejen lentamente sus destinos para ofrecernos una especie de "fresco" narrativo, una suerte de mural al estilo del "Manhattan Transfer" del conjunto.

Apartándose de la farsa, del relato alegórico y de otras búsquedas estéticas que parecen ser la nota dominante entre sus coetáneos (Contreras Castro, Arias Formoso, Cortés, entre otros), Muñoz Chacón se mantiene dentro de los amplios márgenes del realismo, sin que ello signifique que para la elaboración de esta novela no recurriera a algunas búsquedas y apuestas de carácter formal. Un acercamiento a los modismos y giros expresivos del habla de estos sectores, y la construcción del tiempo narrativo mediante la superposición de las distintas épocas de la vida de los personajes, son aciertos que sin duda enriquecen el relato.

Obra intensa que se lee con una mezcla curiosa de ternura y espanto, pero difícilmente con indiferencia, Los Dorados trae a la literatura de fin de siglo a un sector de la sociedad costarricense -por desgracia demasiado amplio-, que hasta ahora carecía de un creador que le diera carta de ciudadanía, y que fuese su emisario y portavoz en los escenarios siempre cambiantes de la literatura.


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