Un rostro en las aguas del gran lago

Sergio Ramírez


El escritor Sergio Ramírez rememora para Áncora sus encuentros con el poeta Ordóñez, así como la cofradía de otros intelectuales centroamericanos exilados o afincados en la ya lejana Costa Rica de los años sesentas y setentas.

El 24 de agosto se cumplieron diez años de la muerte en San José de Alberto Ordoñez-Arguello (1914-1991), poeta nicaragüense de la Generación de la Vanguardia.

Además:
  • Cosecha
  • Alberto Ordóñez-Argüello andaba por esos caminos accidentados de la Centroamérica de cuartelazos y toques de queda cargando siempre un libro de poemas que no había terminado de escribir, y una guitarra que afinaba con la paciencia de quien sabe que para empezar a tocar de verdad, hasta que dé el amanecer, hay que tener la guitarra bien a punto. Las nieves del tiempo plateaban su sien cuando lo conocí.

    En esas veladas cantaba boleros y cantaba tangos con voz triste, y recitaba de memoria sus poemas, mientras más viejos mejores -tiempos aquellos los del grupo de Vanguardia en Granada en los años veintes-, pero aunque le llegara el alba despierto era capaz de anudarse antes de las ocho de la mañana la corbata frente al espejo, sin que le fallara el pulso, porque debía presentarse puntualmente a su despacho de jefe de prensa de la Secretaría de Integración Económica Centroamericana (SIECA), en la ciudad de Guatemala, donde no hay duda que escondía sus poemas en las gavetas del escritorio. Yo, por mi parte, lo visitaba en mi calidad de funcionario del Consejo Superior Universitario Centroamericano (CSUCA), y así no había sospecha.

    Chelles Bar

    Después se trasladó a San José, donde recalaban todos los exiliados indómitos del istmo, y siempre me he seguido preguntando qué hubiera sido de tanto centroamericano prófugo de las policías secretas sin Costa Rica. En San José nos veíamos a menudo, y siempre estaba su risa en el teléfono antes de empezar a hablarnos, porque entre tantas desgracias siempre había algo de qué reírse. El Chelles Bar. Aquella ginebra infame que tomaba Carlos Martínez Rivas, habitante perpetuo del falso Hotel Sheraton de la Avenida Central, algo que le daba fama de falso potentado. Alberto regañándolo paternalmente. Siempre la poesía de Carlos, y la poesía de Alberto, cada uno en su esquina. Y podíamos pasar hablando toda la eternidad de literatura. Y de Somoza.

    Reírse del prójimo burgués

    Ese grupo de Vanguardia del que he hablado, que capitaneó José Coronel Urtecho y del que formaron parte Joaquín Pasos, Pablo Antonio Cuadra y el propio Alberto, se formó en el campanario de la iglesia de La Merced de Granada, y aquellos poetas adolescentes rompieron la quietud provincial de la ciudad con sus irreverencias. Tiempos que nunca se borraron de su memoria, destruir la poesía para volver a construirla, reírse a mansalva del prójimo burgués. Un grupo de poetas parientes todos entre sí -Alberto era primo hermano de Joaquín Pasos, aunque por excepción no era granadino, sino rivense-, que se burlaban de los viejos burgueses parientes suyos también, porque tanto en Granada, como en el resto de Nicaragua, la poesía, lo mismo que las guerras civiles, son siempre asuntos de familia.

    Jamás regresó a vivir a Nicaragua, pero la casa donde nació en Buenos Aires, el pequeño poblado cercano a la costa rivense del Gran Lago, sigue allí, mirando siempre hacia los volcanes de la isla de Ometepe. El paisaje que quedó para siempre reflejado en sus poemas, como su rostro queda para siempre reflejado en las aguas del lago.

    Masatepe, agosto 2001.


    Cosecha

    Ordóñez Arguello fue autor de la Novia de Tola (1941) , una de las principales obras teatrales costumbristas nicaragüenses; de la novela Ébano (1954); Poemas para amar a América (1952); Invocación a Centroamérica (1962), Primer Premio Centroamericano de Poesía compartido con Isaac Felipe Azofeifa; Tórrido sueño (Cuzcatlán de Colores), 1957, Segundo Premio Centroamericano de Poesía; Amor en tierra y mar (1964); Cantos verdes de Costa Rica (1974); Del azar y del presentimiento (1993). Exiliado de Nicaragua desde la década de 1930, vivió en México, España y todos los países de Centroamérica.


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