Libro

Una novela de los límites

Rodrigo Soto G.


La novela El más violento paraíso (Ediciones Perro Azul, 2001), del joven escritor Alexánder Obando, revela dotes excepcionales en nuestro medio

Género bastardo y flexible por excelencia, impreciso en sus límites y capaz de incorporar cualquier forma de expresión literaria, la novela resulta virtualmente imposible de definir. En esto coinciden la mayoría de quienes han reflexionado sobre el asunto, aunque las páginas de Kundera en El arte de la novela o las de Calvino en Seis propuestas para el próximo milenio, resultan particularmente reveladoras.

Basta poner uno junto a otro los títulos de algunas grandes novelas (en este caso, algunas de mis preferidas) para comprobarlo. En efecto, ¡cuán poco parecen tener en común El Quijote y Sexus, Pedro Páramo y Rojo y Negro, Crimen y castigo y Los versos satánicos, Sobre héroes y tumbas y La metamorfosis, Los pasos perdidos y La insoportable levedad del ser! La lista podría extenderse sin que hayamos sacado en claro mucho más que esto: en las novelas existen personajes -simulacros de seres humanos fabricados con palabras-, a los que en el curso del relato les suceden cosas.

Estas consideraciones son útiles para introducir un comentario sobre la novela El más violento paraíso (Ediciones Perro Azul, 2001), del escritor costarricense Alexánder Obando (1958). Más conocido en nuestro medio como poeta (algunos poemas suyos incluidos en antologías; un premio literario juvenil; una larga trayectoria en el Taller de Poesía Eunice Odio), Obando nos entrega aquí su primera novela.

Una granada de fragmentación

La novela fue construida (o destruida) como una granada de fragmentación que hubiera reventado en nuestro rostro. Hasta nosotros llegan las esquirlas -fragmentos, pedazos, trozos- de algo que presuntamente alguna vez estuvo unido y constituyó una unidad, aunque esa construcción -la de la unidad, y por lo tanto, la del sentido-, nos corresponde realizarla a los lectores. El autor nos va entregando los jirones de algo que rehúye a revelársenos por completo, aunque aquí y allá descubrimos pistas que nos sugieren que todo aquello responde a una intención y conforma un conjunto de elusiva coherencia.

El relato histórico y el de ciencia ficción, el texto hermético de aromas esotéricos, la ensoñación, la meditación y la inspiración poéticas, la novela erótica y la policial, el suspense y el texto "sucio", en fin... Todo converge vertiginosamente en las páginas de este libro. Nada, sin embargo, más lejano de la sobriedad borgiana de El Aleph, pues Obando nos sumerge en un mundo de excesos donde todo es posible, o mejor dicho, donde nada es posible, pues ya todo ocurrió.

Si algo no puede reprochársele al libro, es falta de ambición, pues en sus más de quinientas páginas, el autor nos pasea por Constantinopla, capital del Imperio Romano de Oriente, y de ahí nos lleva a la base lunar Sinus Iridium, pasando por el bar El Pulpo, en la Calle de la Amargura de San Pedro, y por Babilonia la Grande. El tiempo y el espacio no tienen importancia, y aún la noción básica de "personaje" es desafiada hasta sus últimas consecuencias. Así, estamos ante una novela que, proponiéndoselo o no (aunque a juzgar por las referencias literarias que abundan en el libro, Obando es cualquier cosa menos literariamente ingenuo) se sitúa o, mejor aún, desafía los límites del género.

¿Qué tiene, entonces, todo esto para constituir una novela? Quizás un "tono", una "atmósfera" espiritual y narrativa. Si en su estructura el texto se nos presenta como una serie de fragmentos en principio inconexos (o de muy sutil relación), muchos de estos fragmentos nos hablan del ahogo, de la asfixia y de la agonía. Todo, o casi todo, se está cayendo, naufragando, hundiéndose o a punto de hacerlo. Pero no: no es solo esto, porque aquí y allá, perseverantes, asoman brotecillos de rebeldía y de amor.

El dios/la diosa de dos caras

Así, de una forma oblicua y, sin duda, harto elaborada, el libro nos propone una reflexión sobre la condición humana. De esta última, Alexánder Obando destaca lo contradictorio y lo paradojal, sugiriendo acaso que tan hondas son nuestras raíces en la violencia ciega y fratricida, como tozudos somos para el amor y la esperanza. Pero el autor da un paso más y, según mi entender, sugiere que ambas se alimentan recíprocamente, de modo que cuanta mayor sea la esperanza que alimentamos (y nos alimenta), más violencia generará en su inevitable caída. Esta relación entre violencia y esperanza, por lo demás, queda claramente establecida desde el título.

Para el autor probablemente no haya salidas: estamos atrapados en este círculo de la esperanza y la violencia, que como las dos caras de una divinidad antiquísima, son las dos máscaras del rostro humano. Aún así, con un gesto de resignación irónica, el autor parece invitarnos a un hedonismo no exento de amargura: no se trata de la celebración sensual de Alberto Caeiro/Fernando Pessoa; tampoco del erotismo preñado de sugerencias metafísicas de un Lawrence Durrel, ni de la furia carnal de Henry Miller, sino de algo difícil de precisar, pero sin duda más contemporáneo: en un mundo donde todo es ilusorio y el hartazgo y el hastío lo amenazan todo, el cuerpo continúa siendo (o es hoy más que nunca) nuestro único contacto con lo real, aunque el sentido de lo real nos sea opaco. Somos como niños interrogando a un muñeco de trapo en nuestras manos, aguardando que este diga algo.

La mayoría de los 65 capítulos que componen la obra -algunos de los cuales son narraciones totalmente autónomas, y por cierto, un par de ellos verdaderas piezas de antología-, son encabezados por epígrafes que también nos hablan del carácter iconoclasta y plural del libro: Kavafis, falsas y verdaderas citas de Platón, Jim Morrison, Burroughs, el poema de Gilgamesh, etc. También aquí, todo tiene cabida. De lo que no queda duda, es de la voluntad expresa del autor de dialogar e inscribir su trabajo en una tradición que nada tiene que ver con la problemática de "lo nacional" y los restantes ejes por donde ha transitado mayoritariamente la literatura costarricense. Quizás, en este sentido se lo pueda relacionar con los llamados "escritores del crack", que surgieron en México en años recientes.

Sea o no esto así, me parece que en la obra de ningún otro escritor costarricense se habían expresado con tanto acierto algunos de los valores claves de la así llamada "sensibilidad posmoderna": fragmentación, escepticismo, eclecticismo, hedonismo... Por otra parte, no cabe duda de que Alexánder Obando realiza esto con mayor sensibilidad literaria y profundidad reflexiva, de lo que muchos otros lo han hecho.

En resumen, estamos ante una obra ambiciosa y de difícil lectura, pero también valiente. Valiente en su apuesta estética y también en su posición filosófica y moral. A esto le añado, como ya señalé, el contar entre sus páginas con algunos pasajes sin duda memorables. Decía Faulkner que la dimensión de un escritor se mide por la dimensión de sus fracasos, más que por la de sus éxitos. Si Faulkner tenía razón (y yo creo que la tiene), estamos ante la primera novela de un gran escritor. Veremos qué dice el tiempo, y qué dice Obando en su próximo trabajo.


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