Poltronierísima

Aurelia Dobles


A fondo con la actriz costarricense Ana Poltronieri Maffio: toda una vida dedicada al teatro, lo cual fue reconocido en México

El fuego de sus ojos bandidos es el de la hija menor que se salió con la suya entre 11 hermanos: ser "artista". "Venga y la bendizco m'hijita, como decía una mujer que trabajaba en casa de..." Profiere ocurrencias que solo a la Poltro le van, con su vozarrón característico. Gestos de ella, de su entonación particular. Es "la Poltro", fiel a sí misma a los 72 años.

Además:
  • Paula Duval
  • "Si preguntan qué edad tengo: 89 ó 90, para que digan qué bien que está..."

    De repente descubro que hace añales se instituyó un estilo "nacional" de ser actriz e incluso actor -no precisamente en el escenario sino en la vida real-, y al frente tengo al modelo original.

    Generaciones de teatreros se han pasado la vida gesticulando y hablando "a la Poltro". Su gracia reside en que en ella no es pose. Como si desde el mítico comienzo del teatro en este país, ella, el epítome de la artista escénica. Naturalmente dramática.

    Metida entre ángeles e inciensos pero con la picardía del "Ángel" de Uvieta, su inolvidable personaje en la obra de Alberto Cañas, me recibe en su pequeño casa-santuario.

    "Yo nunca he sido agüizotera; pero hay que bañarse con romero, azúcar y canela..., porque en escena te miran como 200.000 ojos. Ay esas malas vibras en el lunetario ¡zas! te mandan a caerte. En Cyrano de Bergerac caí de rodillas y en la obra de Pirandello se me cayó un collar sin tocarlo y las bolitas se fueron haciendo pin, pin, pin"...

    De narices se ha ido más de una vez pero por suerte nada grave. La Poltro disfruta la vida a fondo.

    ¿Y tanto angelillo en tu casa te ayuda, Poltro?

    -Claro, San Miguel el que rompe las ataduras de las envidias y rencores, y San Rafael que es el médico de Dios y me ayudó en una dolencia que tuve hace un tiempo y parece que sí me curó. No les pido nada material y todo ha venido, cosas que no esperaba. No que qué bárbara, qué poder, no: si todo me ha costado mucho.

    "La misma falta del teatro no la he sentido como desfallecimiento, aunque a veces me entra nostalgia..."

    Se le aguan los ojos: el teatro ha sido su vida... "Es que las actrices somos lloronas..."

    Ser la Poltro

    Ana ¿y cuándo comenzaste a ser "la Poltro"?

    -Ay, ja, eso me lo puso José Trejos cuando ensayábamos en el Arlequín. También me decía "Poltrobrígida", porque estaba de moda la Lollobrígida.

    Ana Poltronieri, maestra de escuela, iba a ver ensayos al Teatro Universitario allá por los años cincuentas, y cierta vez faltó a uno de ellos la actriz principal; ella le ofreció a Lucho Ranucci hacer ese día el papel, que se sabía de memoria. Le salió tan bien y le causó tanta gracia al director que desde ese año, 1952, ha actuado en 48 obras teatrales, aunque tampoco dejó la pedagogía infantil.

    "Si volviera a nacer haría las dos cosas: dar clases a niños y hacer teatro".

    Veinte años fue maestra de escuela pública, "de las que barrían y enceraban el aula, y tenía carpeta con florero. Después diez años estuve dando clases en Artes Dramáticas; luego me vine para la casa y oronda y lironda..."

    Ese vozarrón

    Esta Ana, costarricense con raíces italianas, atraviesa las paredes con su voz "tanto que no puedo contar ni un secreto".

    Nada que ver con el hablado melifluo y suavezón característico de las "ticas".

    "Me llamaba la atención cómo hablaba mi madre; dicen que mi papá cantaba muy bonito y hablaba mucho, pero él murió cuando yo era muy pequeña. Todas teníamos oído musical; la maestra en la escuela me ponía a declamar siempre. Ya de grande a veces leía cosas sobre foniatría, pero me aburría".

    De vacaciones en el mundo

    Quiere escaparse de la conversación con solidez nerviosa de aquí para allá en su sala, quizás para esconder la gigantesca sensibilidad que guarda.

    Hay una calle bautizada con su nombre por la Municipalidad de San José al frente de su casa y hace menos de un mes, el ITI (Instituto Internacional del Teatro), en México, le hizo un homenaje como una de las mejores actrices del continente. Se codeó con divas como Marga López, o Carmen Montejo, y ella, con sencillez poltronierísima, no se sintió muy cómoda entre tanto oropel. Su sobrina Rocío y la poetisa Lil Picado la tuvieron que atajar, pues salió corriendo de Jalapa.

    Pero ella se sabe a sí misma. En una ocasión, en un ensayo, Ana andaba engripada y un poco somnolienta y entonces una actriz joven la sacudió por el hombro para que dijera su parlamento; la Poltro la llevó aparte y le aclaró, sin lugar a dudas: "No me empuje, no me codee, ni me trate como a una infradotada, oyó, m'hijita".

    ¿Y cómo se come el dolor, Poltro?

    "Ay no, estoy de vacaciones en el mundo..."

    Es su frase favorita ahora, solo que en un descuido de su discreción supe que alguna vez, hace mucho tiempo, un amor desgraciado la hizo llorar de noche en los parques y decidió no casarse nunca más. Luego, solo amores agraciados: "me encantan los hombres guapos, pero de guapura interior". Y si alguno cantó viajera, él se lo pierde.

    Así que el Apolo de Miguel Ángel campea en su cuarto de baño. "Siempre hay que tener un hombre desnudo a la vista".

    Sus entrañables personajes

    Pero sin confusión: la Poltro es una dama, aunque no maquiavélica como aquella que protagonizó en dos montajes diferentes de La Visita de la vieja dama.

    "Que me premiaron también dos veces. En el segundo montaje estaba más madura en el papel; en el primero seguro se equivocaron, pero gracias..."

    "Yo no soy muy cuerda, por dicha soy un poquito loca. A veces me dicen ¿por qué no escribís? No, porque me tendría que encerrar a escribir y me pierdo las cosas de la calle: todo lo que aprendo de los otros.."

    De la observación extrae sus personajes teatrales pues es de las más auténticas actrices intuitivas; leída, sí claro, pero no le hace mucho caso a los "métodos". Ella se inventó el propio.

    "Siempre me dejo llevar por una cosa que yo siento, interior; soy más observadora. Para mí observar es más importante que cumplir con una técnica. Me fijo en todo lo exterior, no se me va nada de las personas y las cosas.

    "Hice un papel que me gustó mucho, la empleada doméstica de una señora rica en La voz, de Carmen Naranjo. Esa empleada la tomé de una casa que yo visitaba mucho: de ver a la empleada cómo se paraba, cómo usaba la ropa, y otras cosas que le agregué. A mí me gustó mucho porque no lo cogí de ningún personaje, sino de una persona de la vida real.

    "La obra más difícil fue Las sillas, de Ionesco. Estaba mi mamá viva y yo me fijé en ella y en las muecas que hacen los ancianos y lo incorporé al personaje. Era una obra muy difícil, teatro del absurdo, hablábamos los personajes uno y otro sin parar.

    "Esos dos papeles son como opuestos: uno es la sencillez y el otro más complicado, el de Ionesco.

    "Otro personaje que disfruté fue el angelillo de Uvieta. Dicen que no había nada tan sabroso como ese ángel díscolo diciendo: "¿Don Chico, a usted le importaría que yo dijera a la puta?" Yo gozaba mucho. Ese y el de Las fisgonas de Paso Ancho. Este personaje lo inventé en el barrio del Paso de la Vaca, que era mi barrio. Yo le puse el nombre: María Elena García Guadamuz, con base en una señora que pasaba por ahí, con rulos, el pelo teñido de dorado, gordita, vendiendo lotería: se pintaba de rosado las mejillas y se ponía azul en todo el ojo. Yo hasta me puse unos aretes muy verdes y dos bolas de plástico que eran unos anillos que salían en el jabón. Era un personaje muy sabroso. En esa época había unos recados que mandaban a los pueblos por la radio, en la enramada del Parque Central: "Este es un recado para Etelgive: que deje la bestia en el atracadero y que Elber no reconoció al chiquito...". Ahora es diferente, es otra Costa Rica...

    ¿Y te gusta esta Costa Rica de ahora?

    -Me gusta la montaña, el yigüirro, el campo y los verdaderos campesinos. Me ha costado mucho saber que esta no es la Costa Rica en la que crecí. Lo que me asusta es la agresividad de la gente que se les ve en la cara, en la calle.

    Una vez me preguntaron por qué no hacía teatro en otro país, y contesté que no; esta es mi tierra, mi país, nadie me está echando, la profesión que yo escogí y hasta el final; puedo tener sangre italiana por todo lado pero soy de Costa Rica."


    Paula Duval

    Ella siempre fue diferente, cuenta su sobrina Rocío Escribano de Herrera Amighetti.

    "Ana estaba como desfasada en su época, porque ahora sí calzaría".

    La Poltro usaba los suéteres cárdigan al revés, abotonados por detrás. Su madre italiana decía que eran blusas de entrenador de fútbol. Cuellos de tortuga y faldas escocesas en los años cincuentas. Sandalias. Enaguas gigantescas debajo de las cuales querían esconderse sus pequeñas alumnas de la escuela de Cinco Esquinas de Tibás. Y el pelo siempre corto.

    "Jamás ponerse una piel por conmiseración con los animales. Tenía el gusto por el arte en general: la pintura, la poesía. Todas las manifestaciones del arte las llevaba a la casa; mi abuela caía patas arriba".

    "Le encantaba tanto el teatro que para poder ejercerlo y que su mamá siciliana no la moliera a palos, se puso el nombre de Paula Duval. Pasó mucho tiempo con ese nombre hasta que gente influyente intercedió para que Nana fuera bajando la guardia. Más tarde comenzó a actuar con permiso".

    "Otra cosa muy notoria es que nunca le ha gustado estar con gente ni de su edad ni mayor, sino con jóvenes: dice que la juventud de otros es la propia. La pone triste alternar con gente mayor".

    "Era y es fiesterísima, como buena ariana; siempre le gustó la vida bohemia, cantar con guitarra."


    [Volver al inicio]