Homenaje

Lo que queda es la sonrisa

Marjorie Ross
Marjorie_Ross@quorum.nacion.co.cr


A Terenci Moix (1942-2003), el escritor más leído de la España contemporánea, fallecido esta semana

Es un dato conocido y aceptado que la gente profunda no lee un libro simplemente porque le llama la atención el nombre del escritor. Por eso, presumo que yo era poco seria la primera vez que compré una novela de Terenci Moix, de quien nada sabía, solo por la musicalidad de esas breves sílabas. Total, resultó que a él también le gustaban, tanto como para asumirlas como nombre literario, porque el propio era más bien Ramón Moix i Messeguer.

Además:
  • En nuestras librerías
  • No obstante, No digas que fue un sueño (Premio Planeta 1986, y más de un millón de ejemplares vendidos), no solo no me decepcionó, sino que me sedujo, y fue mi boleto de entrada en el insólito mundo terenciano. Después vendría una cadena de altibajos, acuerdos y desencuentros, de esos que solemos padecer los lectores cuando un escritor de quien nos hemos enamorado a primera vista, produce sin parar, como este de quien ha afirmado Francisco Umbral que escribe casi tanto como él, lo que es mucho decir.

    Advierto que este es un homenaje póstumo; no voy a hacer crítica literaria sobre sus cenizas, que apenas van camino de ser esparcidas en el pueblo egipcio de Deir el Medina, en el Valle de los Reyes, donde vivían los artesanos que pintaban las tumbas de los faraones. A nadie puede extrañarle: un entierro sencillo, con ataúd de terciopelo y mucho incienso, no hubiera sido un justo periplo final para el catalán que hizo de su existencia y de su obra literaria un llamativo filme surrealista. En vida no se quedó jamás dentro del clóset, y ni soñar con que ahora iban a meterlo en una caja bajo tierra.

    Si Manuel Vázquez Montalbán lo ha definido como "el más eminente mitómano de la literatura española y catalana", Antonio Gala, en la presentación de El arpista ciego (2002, Premio José Manuel Lara Hernández), señaló que la vida de Terenci era pura y descarada. Quizás por eso su muerte, contra lo que él mismo hubiera pensado, fue casi multitudinaria. Diez mil personas asistieron a su vela, en el Ayuntamiento de Barcelona, a presentar sus respetos al que fue definido como el escritor más leído de la España contemporánea. Nadie dijo, sin embargo, Besaré tu cadáver, título de su primera novela, ni a los elogios y recuerdos siguió El desorden (1965), sino que la ceremonia transcurrió dentro de la premeditación de un guión cinematográfico firmado Terenci Moix. Había más gente que El día en que murió Marilyn (1970, Premio de la Crítica Catalana). Pienso que todos tan agradecidos como yo por lo que nos hizo reír; al fin de cuentas, lo que queda es la sonrisa.

    Miles de personas presenciaron la película por medio de dos pantallas instaladas en el exterior. Para mostrar su rechazo a la guerra en Iraq, dejó específicamente prohibida la presencia en ese acto de los políticos oficialistas, así que el único del gremio fue el alcalde de Barcelona, el socialista Joan Clos.

    La banda sonora no era suya original, sino que la tomaron prestada de la película Sinuhé el egipcio y de Blancanieves y los siete enanos, y debió coexistir con Il mio bambino caro, de Donizetti.

    Sin hacer cuentas

    Una mezcla iconoclasta y provocativa, con su impronta personal y única, oscilando en la muerte -como en la vida-, entre La torre de los vicios capitales (1967, premio Víctor Catal#), y El sexo de los ángeles (1992, Premio Ramon Llull y Premio de la Crítica Lletra d'Or).

    Nadie le reclamó por Mujercísimas (1999), que a mí personalmente me pareció casi abominable, porque entre tantas páginas excepcionales, los desencuentros se olvidan; y nadie va a un rito funerario a pedirle cuentas al difunto. Lo que sí se escuchó fueron los Suspiros de España (1993).

    El acto de despedida terminó con la música de El país de nunca jamás, de la película Peter Pan. Muy atinado, ya que después de su libro de memorias, El beso de Peter Pan (1998), nunca oiremos ese nombre sin recordar a Terenci Moix, con perdón de Walt Disney.

    Ni hace falta decirlo, a juzgar por tu vida trashumante, pero aquí va: ahora que dormís no cualquier sueño, sino El sueño de Alejandría (1988), y a sabiendas de que siempre serás un Extraño en el paraíso (1998), no descansés en paz, Terenci del Nilo (1999). No descansés jamás. Seguí viajando.


    En nuestras librerías

    No digas que fue un sueño
    Mujercísimas
    La herida de la esfinge
    Garras de astracán


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