The Matrix: Catálogo de preguntas filosóficas

Víctor Alba de la Vega


Esta película es una manera lúcida de mostrar que dichosamente la filosofía no es únicamente asunto de académicos aburridos y sectarios

The Matrix es quizá una de las películas más filosóficas jamás filmadas. Desde 1999, año en que apareció la primera entrega de lo que será una trilogía, se convirtió en un fenómeno generacional. Es una de esas raras oportunidades en que la filosofía se toca profusamente con la cultura llamada "pop".

En Estados Unidos han aparecido recientemente varias antologías de ensayos sobre la película, escritos desde áreas dispares como filosofía política, metafísica, ética, feminismo, etc. Algunos de esos trabajos provienen de autores bastante reconocidos. Incluso la página web de la película contiene toda una sección, titulada Philosophy and the Matrix (http://whatisthematrix.warnerbros.com/rl_cmp
/phi.html
).

Aun sin saber que hay en él docenas de motivos paradigmáticamente filosóficos, miles de personas le rinden una especie de culto. Reconocen, tal vez, las preguntas, o al menos sienten su influjo; como si fuera cierto que -palabras del personaje Morpheus- "tenemos una astilla clavada en la mente, volviéndonos locos": una ansia de preguntar que nunca nos deja en paz.

¿A qué se debe este fenómeno tan particular: un éxito hollywoodense compatible con una intensiva reacción académica?

¿Qué es real?

Desde antaño se ha dicho que la filosofía es más un arte de preguntar que un método para responder. The Matrix supo hacer preguntas filosóficas de un modo no solo pertinente sino seductor para los jóvenes de hoy, embebidos en la acción o el suspenso trepidante. Se atrevió, quiero decir, a hacer preguntas últimamente no tan bienvenidas en nuestra convulsa y liviana actualidad cultural. Asume así que es aún posible hacer esas preguntas, e incluso urgente; y lo hace además sin subestimar a los espectadores. Es decir, nos da a pensar: "preguntar es lo que nos mueve", dice el personaje Trinity.

Habría que empezar, claro, por ¿qué es real? A partir del filme esa pregunta podría explotarse, principalmente, en sus variantes metafísica y epistemológica. Esto entrañaría, filosóficamente, pasar al menos por Platón, Descartes, Kant y la más actual filosofía de la mente. Pero si preguntamos ¿qué querríamos que fuera lo real?, caeríamos en una veta ideológica y política: ¿en qué grado, ya, hoy, son manipulados nuestros sentidos, nuestra percepción, para determinar maquiavélicamente lo que damos por real? Más aún: ¿podemos elegir libremente no estar sujetos a esa manipulación?

Preguntas dando gritos

Porque el miedo mayor es que las nuevas tecnologías, además de sus más aparentes bendiciones, prometen también hacer posible no solo que haya un ojo omnipresente vigilando todo lo que hacemos, sino un ojo provisto de tentáculos que podrían movernos a distancia, como piezas en un tablero que nosotros mismos no podríamos ver como tal. Hasta encapsularnos, como en el filme, en alguna variante de la allí mostrada esclavitud matricial.

Dichosamente las preguntas no solo caminan dando gritos por esa vertiente apocalíptica. También hay sugerentes escenarios para la ética, la religión (en general, la espiritualidad) y otras áreas. Perspectivas muy disímiles encuentran en The Matrix excusa para multiplicar cuantiosamente las preguntas... ¿Qué podemos conocer? ¿Lo que creemos conocer será la realidad o habrá siempre otra cáscara más que quitarle al fruto antes de alcanzar el meollo? Y si pudiéramos, en efecto, conocer lo real, ¿querríamos hacerlo? ¿Elegiríamos vivir una ilusión si nos hiciera más felices? ¿Será mejor, siempre, conocer la verdad, independientemente de las consecuencias? ¿Deberíamos establecer límites al conocimiento?

En los términos de la película: ¿estaríamos dispuestos a tomar la píldora roja (la realidad) o preferiríamos quedarnos con la azul (la ilusión feliz)? ¿Deberíamos ser altruistas como Neo, el héroe, o egoístas como Cypher, el que decide regresar voluntariamente a la mátrix a sabiendas de que es una ilusión generada por computadoras? Y si eligiéramos vivir allí, ¿eliminaría eso nuestra responsabilidad como agentes morales?

Las preguntas se suceden precipitadamente, como en un remolino sin salida... si el destino de Neo es salvar a la humanidad, aun si él dice no creer en el destino, ¿no será entonces el destino de cada uno otra especie de "matriz"? ¿Y la libertad? Es decir, si hay un destino, ¿en qué se diferencia el mundo real del mundo de la mátrix?

Por otro lado, ¿es que veríamos finalmente la luz si siguiéramos como criterio guía la inscripción en el oráculo de Delfos, repetida en la vivienda típicamente urbana del oráculo en The Matrix: "conócete a ti mismo"? ¿Es posible, aun en el mundo real, conocerse a sí mismo? ¿Tenemos realmente una identidad, una alma? Y si no, ¿sería inmoral que nos forzaran a vivir en una matriz como la de la película?

Quizá nuestra identidad sí exista y resida en la mente. Pero ¿qué es la mente? ¿Podemos saberlo? ¿Puede el ojo que mira verse a sí mismo? Y si recurre a un espejo -recurso que aparece una y otra vez en la primera Matrix- es el ojo que mira el mismo ojo mirado?

Estas son algunas preguntas que suscita el filme. Es bastante obvio que todas ellas nos afectan, ya sea que las hagamos conscientemente o no. O, al menos nos afectan las respuestas que les demos; porque todos tenemos respuestas aun si nunca nos hemos planteado las preguntas. Y las tenemos porque definen cómo vivimos y en qué creemos. También por esto la película es una manera lúcida de mostrar que dichosamente la filosofía no es únicamente asunto de académicos aburridos y sectarios, sino una cuestión que nos atraviesa a todos.

Prisión para la mente

Aparte de ser ocasión para hacer y rehacer estas y muchas otras preguntas, y aparte de si los espectadores efectivamente se las hacen, la película, en suma, nos enfrenta a la posibilidad tan moderna de estar encerrados en una prisión no solo para el cuerpo sino también para la mente. ¿Y cómo escapar de una prisión para la mente que uno habite sin siquiera saberlo? ¿No sería esa, de hecho, la prisión más eficaz de todas? ¿O es que, por la ignorancia, no sería una prisión, y por lo tanto no haría falta escapar?

Quizá no haya imagen más raigalmente filosófica que esta. Es la inquietud de Platón en la alegoría de la caverna: los prisioneros son más brutalmente prisioneros cuando ni siquiera saben que lo son.

La segunda entrega de The Matrix llega ahora a nuestro país. Ojalá no sea, como en otros casos, solo una secuela o efecto secundario de un primer logro. La esperanza es que mantenga la astilla en la mente o, incluso, pueda retorcerla y mostrar que aún es posible ir al cine para pensar, además de entretenerse.

Y, claro, siempre queda la posibilidad de que ustedes no estén realmente aquí, leyendo esta nota sentados confortablemente al lado de una taza de café. Es decir, que quizá debiéramos hacer todavía más de lo que hacemos para que la sensación de sosiego y alegría de un domingo en la mañana no sIea, simplemente, una ilusión.