Lúdica: En-fias-tados: Balance del acontecimiento cultural del año

Rodrigo Soto



Dicen las malas lenguas, los lenguones y los deslenguados, que este año vivimos una revolución. ¡Y vaya si la vivimos! Revolución fue el Festival Internacional de las Artes, durante la última semana de noviembre. Revolución de arriba a abajo. Patas arriba, desconejado, quedó el país, al menos simbólicamente hablando. Todo se trastornó como si de un endemoniado solo de percusión del grupo Tralalá de Israel se tratara, o de una inspirada canción de Guillermo Anderson en donde el sol, las palmeras borrachas y la lengua garífuna bailaran al unísono, alegremente y sin empacho.... Todo fue fiesta, celebración secreta, complicidad entre desconocidos que se reconocen en el ritual del arte. Salados los que se lo perdieron: despabílense la próxima vez... ¡Pónganse las pilas porque los deja el tren!

Aciertos

Fueron muchos los aciertos. El primero, la programación: excelente, sin concesiones a la mediocridad ni a las medias tintas. Atrevida y equilibrada a la vez. Aunque no lo vi todo (¿quién hubiera podido?), creo que hubo para todos los gustos, pero siempre de calidad, según mi entender. De eso se trata, ¿no? De exponernos a cosas variadas pero excelentes, de desafiar nuestros propios límites para crecer. (Eso es crecer, ¿no? Desafiar nuestros límites.) El segundo: ¡los precios! Qué bueno fue poder ir a ver espectáculos de calidad, si no todas las noches, al menos varias veces en una semana. ¡Cuánto quisiéramos muchos que eso se repitiera durante todo el año! Se demostró que la cacareada "crisis del teatro" no tiene que ver con el público, sino con la calidad de los espectáculos que usualmente se ofrecen. Empresarios, músicos y teatreros: saquen conclusiones, aprendan la lección. No es cierto que seamos estúpidos o estemos idiotizados: lo que ustedes nos dan nos tiene aburridos, y estamos en un círculo vicioso en el que ustedes bajan cada vez más sus estándares de calidad con la esperanza de atraer así a un público cada vez menos exigente y educado. ¡Atrévanse a exigirle al público un poco de esfuerzo, un poco de inteligencia, y verán que no los decepcionamos! (Eso sí, muchachos: si la gente de teatro me escucha, no me hagan quedar mal, ¿verdad?)

Tercer acierto de este Festival: el lugar, el sitio, la sede. No digo que estuviera mal que en ediciones anteriores se optara por cierta dispersión y se dieran funciones en muchos parques, plazas y calles de la ciudad -¡Todo lo contrario! Diría incluso que eso faltó en esta ocasión-, pero es necesario destacar el acierto, el ambientazo que se vivió durante esos diez días en la Estación del Pacífico. ¡Fabuloso! Como hacía años -quizás nunca-, habíamos disfrutado...

Hacia el sur y en el sur

Pero hay más. La estación al Pacífico está en el centro-sur de la ciudad. En los linderos, en los bordes imprecisos donde el Barrio Los Ángeles, Cristo Rey y el distrito Catedral se abrazan. ¿Tendrá esto algo que ver con las multitudes que abarrotaron noche a noche la Estación? Creo que sí. Nos guste o no, hay un enorme fuerza simbólica que sigue operando por inercia en la ciudad, y el norte es el norte y el sur, el sur... El hecho de desplazar la sede hacia el sur, en un año como este, en el que nada termina en el sitio donde comenzó, tenía un enorme significado. Fue, si me permiten una frase ampulosa, una especie de renovación del contrato social... (Ya sé que exagero, pero ¿quién dijo que exagerar está mal? A veces la hipérbole nos ayuda a visualizar lo esencial de algo....)

¿Omisiones, fallos, yerros? Por supuesto que los hubo. Siempre se puede mejorar. Un vagón donde se leyera poesía en los ratos muertos, entre espectáculo y espectáculo, "stands" con libros, en fin, la presencia de la Dirección Nacional de Bibliotecas... ¿Por qué no? Todo se vale en el camino de despabilar conciencias, pero lo que vimos, lo que se hizo, fue muy bueno. Y hay que decirlo y celebrarlo. ¡Gracias de nuevo!


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