Lugar común

G.W., el pueblo está con tú

Luis Chaves


Con Tavo Fallas filmamos, mentalmente, un documental sobre Gerardo Wenceslao Villalobos. Falta lo más fácil, hacerlo. No fue difícil convencer a Tavo de acompañarme en el proyecto; tanto él como yo asociamos a G.W. con esa fase de la infancia en la que uno desarrolla el sentido de pertenencia a una comunidad, a -si se quiere- un país. G.W. tiene que ver con el recuerdo de nuestros padres, tal vez por las patillas que entonces se estilaban en los hombres adultos. En mi caso, además, porque mi padre fue delegado del TSE en las elecciones del 78.


"Qué habría pasado si, hipotéticamente, hubiera ganado las elecciones? No mucho; habría engrosado las filas de charlatanes e impedidos mentales que nos gobiernan desde hace rato."

Independientemente de eso, ahora, por un interés retrospectivo, con Tavo rescatamos el valor de un personaje que, fuera de sus delirios políticos, fundó un instituto politécnico donde se formaron periodistas de radio, mecanógrafos, los primeros "hoteleros". Un hombre cuyo partido ostentaba no solo el descaro de su nombre, Partido Rebeldía Nacional, sino que ondeaba una bandera blanca estampada con un punto negro: un pirata abstracto. Un ciudadano que peleó con aquel ídolo de la lucha libre, Martín Karadajián; cuyo eslógan fue el genial "G.W., el pueblo está con tú"; que pintó puentes con su propaganda, anticipando los contemporáneos grafittis hoy monopolizados por los estrategas de la Ultra y la Doce y por poetas cursis a quienes tendrían que amputarles las manos. G.W., subido en un árbol disparándole a la casa de Vesco, con la bandera nacional amarrada al cuello: la capa de un superhéroe de cómics, un superhéroe sin poderes, pobre y trastornado. Como un antecesor criollo de Andy Kaufman, cuenta el mito, apareció su hermano en un programa de televisión, venido de Honduras a apoyar su candidatura: era el mismo G.W. debajo de una peluca.

El proselitismo patriotero y puritano, disculpen la redundancia, se empeña en meternos hasta por donde no se puede a personajes tipo la Poll y al mega-aburrido del astronauta ese que, de tan inmaculado, más parece un Escrivá de Balaguer con casco de motociclista. Figuras sin contradicción, debilidad, esquizofrenia, derrota; es decir, humanidad.

¿Qué habría pasado si, hipotéticamente, hubiera ganado las elecciones? No mucho; habría engrosado las filas de charlatanes e impedidos mentales que nos gobiernan desde hace rato. Lo mejor de todo es que no podía ganar, que su misión era otra y era para consigo mismo, para con el costarricense común, no para con esa entelequia que los almidonados y los cínicos llaman patria.

Ignoro si algún día lleguemos a concretar el mencionado documental. Quizás sea conveniente que no, porque ya está filmado en nuestra mente, porque ya creo todos los mitos que rodean a este border, porque me río de los editoriales que lo acusaban de vergüenza nacional, de loco, de insolente.

Hay una foto suya con camiseta de luchador, los brazos flexionados y tensos, halterofílico, con esa sonrisa burlona de quienes no son felices y saben por qué. Pocas fotografías de una persona tienen la cara de un país.


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