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Margarita Bertheau Odio: Una gota de luz sobre la tarde

Había hecho una vida muy intensa que le imprimió un gran cambio al arte costarricense. (Foto: Archivo / La Nación).

Manuel Bermúdez


Se difumina como los sedosos trajes de una balletista, como una gota de color sobre el papel de la acuarela, como los últimos destellos de luz entre los cerros de Escazú. Se ha detenido una vida de búsqueda incansable, de enseñanza, de innovación. Las carreras entre bastidores, en los ensayos extenuantes, en el estudio colmado, las tardes entre amigos, las charlas, las caminatas en el campo buscando una luz misteriosa, todo parece quieto en una atmósfera vacía. Los pinceles están dormidos y el caballete es una pregunta que nadie va a responder. La vida de una de las artistas más importantes que ha tenido Costa Rica, profesora, pintora, creadora inagotable, transformadora y bailarina, se detuvo sobre su propio misterio. En noviembre de 1975 murió aquella mujer a quien sus más íntimos llamaban Margot.

Margarita Bertheau Odio nació el 31 de mayo de 1913, en San José. Su padre, Alberto Bertheau, era un empresario. Margarita desde niña mostró su interés por el dibujo. Lo cual estimularon sus padres con lecciones particulares a cargo de Fausto Pacheco. Pero la tragedia sobrevino a su familia y su madre, doña Lía, se lleva a la niña a La Habana; luego de aquella separación, nunca más volvió a ver a su padre.

A los 11 años, en La Habana, encuentra el ambiente propicio para desarrollar sus inquietudes. La capital cubana en los tempranos años veintes estaba colmada de actividad cultural. Ingresó en la Academia San Alejandro, donde estudió por tres años, con profesores como Romaniachi y Alejandro Maribona. Pero el temperamento inquieto y la necesidad de desarrollarse con mayor libertad expresiva, hizo que abandonara la academia a los tres años.

En 1929 buscó al pintor y arquitecto español Rafael Lillo y Foraster, con quien estudió diez años. Fue un tiempo de mucho aprendizaje. La voracidad intelectual y su voluntad tenaz para el trabajo la llevaron a aprender técnicas y recursos pictóricos, pero a la vez aparecían más preguntas.

La ciudad en su agitación cultural estimulaba también el deseo de aprender. Lecturas, conversaciones, espectáculos, exposiciones, intercambio con otros artistas, un deseo por enterarse de todo lo que pasaba en Europa, donde la transformación del arte plástico era vertiginosa.

Así conoció Margarita Bertheau su segunda gran vocación, al asistir a una función del Ballet Pro Arte Musical. La liberación del cuerpo, el manejo de la energía en el espacio atrapan su interés y logra ingresar en el taller con el maestro Nicolai Yavorsky. Su vida será entonces de agotadores ensayos, de entrenamiento riguroso del cuerpo que casi no le da tiempo para la pintura. Aunque participa como bailarina profesional en varios montajes del ballet, su interés lo atrapa una modalidad de expresión que vincula sus dos vocaciones. Empieza a bosquejar vestuarios y escenografías.

Abandonó el taller de Lillo y también el ballet para instalar su estudio. El deseo de independencia y la búsqueda de una expresión propia impulsan los siguientes años de trabajo en que madura y consolida su talento y vocaciones.

Los cuarentas

En 1940, vuelve a Costa Rica. Pero el ambiente josefino es mucho menos estimulante que el habanero. Decide viajar a Colombia donde le proponen que trabaje con el Teatro Colón. Aunque esos inicialmente son momentos difíciles, su talento se impone. Es reconocida como profesora de ballet y causa una sensible transformación en sus estudiantes. También trabajó en el montaje de Cascanueces, con bailarines profesionales, el cual dirigió y le realizó vestuario y escenografía. El éxito la consolidó.

Sin embargo, al año siguiente viajó nuevamente a Costa Rica, de vacaciones. Esta vez encontró un ambiente mucho más receptivo.

Las inquietudes de artistas y jóvenes eran efervescentes. Encuentra amigos y cómplices en una generación que también está ávida de innovaciones, entre ellos Max Jiménez, con quien comparte su relación con Cuba y su interés por la pintura. También sus dos entrañables compañeras: Eunice Odio y Yolanda Oreamuno. Así como Margarita Esquivel, quien acaba de montar la primera academia de ballet.

Decide quedarse y emprender proyectos de diversa índole. El maestro Teodorico Quirós la llama para impartir lecciones en la Escuela de Bellas Artes de la Universidad de Costa Rica. Ella solicita que se permita trabajar con modelos desnudos. Recibe gran oposición y crítica incluso de los estudiantes. Pero finalmente logra que se apruebe su propuesta, con lo que imprime un cambio importante. Pero aquel temperamento activo no se quedaba ahí.

Con Gloria Gerli, Vera Tinoco y Frank Iglesias conforma el ballet Pro Arte, que en realidad se convirtió en un centro de actividades culturales, con música, conferencias y exposiciones.

El proyecto alcanzó siete años de existencia, pero la tensa situación política de la guerra civil de 1948, provocó el cierre definitivo.

Su búsqueda plástica

Pero Margarita Bertheau era ante todo una pintora. Su impulso creador era aún mas inquieto que se deseo de enseñar y transmitir conocimiento.

En ningún momento dejó de pintar. Utiliza a las bailarinas como modelos, el tema de la clase de danza, el ballet y el cuerpo los desarrollo con profundidad. Pinta a una bailarina descansando: las piernas muy abiertas, apoyados los antebrazos en las rodillas, reclinada la espalda, una posición casi masculina.

Margarita busca algo que tiene que ver con la liberación del cuerpo. Su actitud y su arte no pasarían sin oposición.

Pinta retratos desnudos de sus amigas Yolanda y Eunice. Se reúnen en su estudio y hablan sobre la libertad creadora, las relaciones con los hombres, la liberación sexual. La complicidad de estar tres mujeres excepcionales, cada una en su campo, provoca recelos sociales.

Pero ella sigue adelante sin inmutarse. En su avidez de conocimiento y expresión inicia el estudio, junto con su gran amigo el pintor Francisco Amighetti, del mural y el fresco.

Ambos pintaron el mural de la Casa Presidencial exaltando la agricultura. Los murales apenas habían tenido experiencia en el país con obra de Manuel de la Cruz González y Francisco Zúñiga.

Amighetti y Bertheau siguieron colaborando en otros trabajos de este tipo.

Ella realizó algunas de las mejores piezas de este tipo en el país, como los dos en el edificio Gudes, en la antigua tienda La Dama Elegante, los del colegio Saint Francis y el de la Maternidad Carit; en este último, el tema es la madre soltera, con lo que una vez más sostiene la coherencia de su discurso, a pesar de las quejas de los escandalizados.

Paisaje, luz y agua

Formalmente, uno de los aspectos que más inquietó a Margarita Bertheau en su obra es la luz. En su interés por manejar este elemento expresivo, considera mayores posibilidades en la acuarela.

El espacio, como una obsesión en la que busca capturar la energía que palpita en el vacío, la llevó al paisajismo.

El inicio de los sesentas son los años en Golfito, donde vive con su compañero Frank Iglesias. Apartada del mundo citadino, busca otra cosa en el paisaje y en su propio impulso creador. Allá va a buscar una vida más bucólica y libre.

Sus marinas, la paisajística de esa época son expresiones muy distintas en su trabajo.

Más adelante cambia el entorno y se aproxima a algunas atmósferas de intimidad. El paisaje fresco de Escazú le despierta nuevos intereses por dominar la expresión de la luz, la energía.

En su rica obra se percibe el interés por lo esencial. Pura como la luz desnuda.

Al final de sus días, una enfermedad en la columna la castiga con lo peor que podía pasarle, ya no podía pintar. Había hecho muchas cosas, una obra extensa, probó cuantas expresiones pudo, fue bailarina y maestra, una vida de intensidad y agitación que le imprimió un cambio importante al arte costarricense. Ella no era una mujer para la quietud, nunca lo fue.

Aquella tarde, el tiempo se difuminaba como en una acuarela recién nacida.

Caminó a su casa en Escazú. En silencio, sola. Un vistazo a sus trabajos desperdigados; al paisaje luminoso. La luz, como un fogonazo, en el último instante. Así se despidió para siempre Margarita Bertheau. Una lágrima de luz dormida sobre una hoja que baila con el viento.


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