Literatura: Las tres puertas de Virginia Woolf

Rodrigo Soto



Un par de años atrás, la novela La señora Dalloway, de Virginia Woolf, fue objeto de la atención pública por haber inspirado la notable película Las Horas, de Stephen Daldry. Aunque hay pocas cosas tan inoportunas como comentar un libro cuando no se conmemora nada..., ¡no es sino ahora cuando llega a mis manos!

El conjunto de la obra de esta notable escritora, nacida en Londres en 1882 y muerta, por su propia mano, a los 59 años, se compone de una media docena de novelas que, junto con las de un reducido grupo de contemporáneos suyos, renovaron la novela a inicios del siglo XX. Ojalá estas líneas sean una invitación a la lectura de esta novela publicada en 1925, cuando Woolf despuntaba a su madurez humana y expresiva.

La señora Dalloway

Clarissa Dalloway es una mujer de poco más de 50 años, madre de una hija, quien comparte su cómoda, apacible y perfectamente burguesa vida con su esposo, Mr. Dalloway, un político exitoso y funcionario de segunda línea del Imperio británico. El narrador: "Tenía la rarísima sensación de ser invisible, no vista, desconocida; ya no volvería a casarse, ya no volvería a tener hijos, y ahora solo le quedaba este pasmoso y un tanto solemne avance con todos los demás por Bond Street, este ser la señora Dalloway, ahora ni siquiera Clarissa, este ser la señora de Richard Dalloway".

A modo de contrapunto figuran Septimus Smith y su mujer, Lucrezia; él, veterano de la I Guerra Mundial sumido en una desgarradora crisis psicótica como consecuencia de la guerra; ella, su joven y angustiada esposa, extranjera en Londres.

La acción ocurre en un día maravilloso y soleado de junio, en el cual Clarissa prepara y ofrece una fiesta en su residencia, y Septimus Smith consuma el suicidio.

Abrir las puertas

Las puertas son el umbral por excelencia -pasadizo y frontera-, y se abren con la novela, en una especie de declaración de principios, de guiño al lector, con el que la autora manifiesta sus propósitos.

Comienza en el momento en que Clarissa anuncia que ella misma irá a comprar las flores para la fiesta de la noche y abre la puerta de su casa para salir. Y ese acto -ese abrir la puerta-, constituye una acción a la vez cotidiana y simbólica, pedestre y trascendental. Clarissa Dalloway abre la puerta de su casa y la de sus recuerdos; la que da a la calle, y las puertas de su psique, donde imágenes y pensamientos irrumpen en su conciencia con la misma arbitrariedad y violencia con que lo harán luego en la de Septimus, por entonces un transeúnte más, un rostro cualquiera, como elegido al azar.

Este ir y venir que marcan las puertas, este vaivén entre el adentro y el afuera, entre el pasado y el presente, entre la ciudad como escenario de la vida pública y la conciencia como escenario de la vida psíquica, marca la tónica de la novela.

Clarissa sale a la calle, en el mismo instante en que los recuerdos la invaden. ¿Sale, pues, a la calle, o sale a dar una caminata por su pasado? ¿Se adentra en Londres o en sus recuerdos? Ese acto de salir, ese abrir la puerta, es también un abrir la puerta de su vida psíquica. ¿Y cómo es esa vida?

Quizás sea este aspecto en el que la novela resulta más inquietante. Pues tanto para Clarissa Dalloway como para Septimus Smith, así como para los restantes personajes, su propia vida psíquica es un acertijo, un mundo inquietante, a menudo amenazante.

Al lanzar esta mirada sobre personajes que, desde el punto de vista social y emocional se encuentran en situaciones antagónicas, Woolf comparte sus interrogantes sobre lo que hemos de entender por "persona", "normalidad", "locura".

Tal vez, una vez más, la imagen de la puerta deba figurar aquí: ¿dónde está y cuál es el umbral que separa locura de cordura, normalidad de anormalidad, salud de enfermedad? Entre la mente de Clarissa y la de Septimus no parece haber diferencias más que de matiz...

Complejos seres

Virginia Woolf no reserva esa mirada aguda para los protagonistas de su novela, pues de la misma forma se asoma a la esposa de Septimus, modista de barrio, y a Peter Walsh, el novio de juventud de Clarissa, un intelectual fracasado, desgarrado entre la amargura y la frustración.

Clarissa, Septimus, Peter, Lucrezia, todos los personajes son, desde el punto de vista social, seres "insignificantes", sin poder ni grandes conocimientos ni algo que los haga extraordinarios. No obstante, la mirada de la autora, penetrando hasta lo más profundo de su ser, nos los revela como seres maravillosos, únicos, irrepetibles.

Este abordaje no está exento de matices irónicos e incluso humorísticos. Los más agudos dardos de su sarcasmo, los reserva Virginia Woolf a un médico psiquiatra y a una Lady de la nobleza británica. Así, la mirada crítica que ya ha lanzado sobre algunas de las nociones más arraigadas en el mundo occidental ("persona", "individualidad"), se extiende a otras como la ciencia, el conocimiento y las diferencias sociales.

Amores posibles e imposibles

Otra forma de abordar la lectura de esta novela, es como el análisis de dos relaciones amorosas posibles e imposibles a la vez: Clarissa y Peter Walsh, y Septimus y su esposa, Lucrezia.

A pesar de que el amor juvenil todavía vibra dentro de ellos, a Clarissa y a Peter los separa una conciencia clara, aunque frágil, de sus diferencias y de la dificultad de sortearlas. Ambos deben convivir con la duda de si hicieron lo correcto al separarse, duda que, sin llegar a desgarrarlos, aparece y desaparece constantemente, como las sombras en un día nublado.

El hecho de que Clarissa sea razonablemente feliz en su matrimonio, en tanto Peter ha vivido en permanente inestabilidad sentimental, no hace mayor diferencia ni constituye algún consuelo para ninguno de ellos. Al final solo está la duda, la duda con la que ambos deben convivir.

Muy diferente es la situación de Septimus y Lucrezia. Entre ellos lo que se tiende es el fantasma de la locura, el fantasma de la muerte y el fantasma de la culpa. El hecho que ha desatado la locura de Peter, es el no haber podido sentir dolor ante la muerte de Evans, su amigo y compañero de armas. A Peter lo corroe la culpa; una culpa que se ha exacerbado hasta la demencia. Así, entre él y su joven mujer -que en otras circunstancias lo tendrían todo para ser felices- lo que se abre es el abismo de la demencia, de la muerte y de la culpa.

Los años, las olas, la madurez

El tiempo es uno de los temas centrales de la obra de Virginia Woolf; a lo largo de las páginas de Miss Dalloway, en su a veces pausado y a veces endemoniado vaivén entre el pasado y el presente, la percepción y los recuerdos, la conciencia y la inconciencia, la autora nos ofrece, más que una reflexión, una meditación sobre el tiempo. En esto Virginia Woolf coincide con muchos de los más señalados escritores y artistas de su época -una época sometida a cambios vertiginosos, una época de "cambio de paradigma", semejante a la que vivimos nosotros. Quizás de ahí la actualidad y vigencia de su obra-.

El resultado de esta meditación es, a mi juicio, una visión extraordinaria de la complejidad, riqueza y profundidad de existencia humana, y de las tensiones de la sociedad en que vivió la autora, y de las contradicciones que la empujaron a la muerte.

Por si esto fuera poco, Virginia Woolf nos regala también una prosa exquisita, relampagueante y atravesada por un sentido de insolente libertad, y muchas intuiciones y reflexiones sobre el carácter irreductible, absurdo y sin embargo maravilloso, del ser, del estar-aquí.

No creo que podamos pedir más de una novela.


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