Fantasmas hechos madera de animal herido

Foto: Garrett Britton/ La Nación.

Aurelia Dobles
adobles@nacion.com


La escultora costarricense Marisel Jiménez inaugura hoy domingo, en el Museo de Arte Costarricense, la exposición antológica Revuelcos

Quien en su costal de memorias, vivencias, insomnios, no guarda un perro herido, un pájaro famélico, una gaviota triturada, un gato calcinado o una rata aplastada, quizás no sea un animal humano.

Marisel Jiménez ha sido la escultora costarricense que ha sabido tropezarnos con esas imágenes como remordimientos o experiencias íntimas.

Ella no lo ha hecho adrede, porque Marisel no quiere ser para nada juez ni psicóloga sino solo de sí misma, y por eso ella es propiamente suya, pero en ese apropiamiento de ella misma y sus querellas personales viene a ser nuestra, con fantasmas hechos madera de animal herido, o de rostros familiares, colocados nada inocentemente unos respecto de los otros, o con respecto a otros objetos.

No me acusen de querer verlo por aquello de buscarlo adrede, pero esa expresividad de Marisel Jiménez que no se agota en el objeto concreto y material de una escultura, sino que le extiende brazos de una emocionalidad y una carga poéticas, es de cuño y puño femeninos.

Establecer nexos entre un objeto palpable, como una escultura, y una impalpable serie de consecuencias emocionales es un ejercicio muy femenino, que largos y agotadores siglos de patriarcado se han perdido de aflorar a la superficie. Salvo algunos artistas, claro.

Dice Marisel que esta vez, en la exposición Revuelcos, que inaugura hoy en el Museo de Arte Costarricense, está haciendo un homenaje y un cierre de una larga y fructífera etapa en su quehacer.

Y, como siempre, ella no es literal, ni simplemente lo que dice hacer, ni solo eso. Su creatividad la hace poner los -quizás- mismos objetos, a decir juntos cosas distintas.

No hay más que dejarse instalar uno mismo en el centro de su instalación, que lo es, en el salón principal y varias salas aledañas del Museo.

Abundan las novedades, como el autorretrato que nos hace verla mirarse como suele hacerlo consigo misma: en excesivo rigor. Y la pieza maestra de la artista, Retablo de la Corte de Carlos Jiménez (1994), se incluye esta vez "como una pequeña obra de teatro en escultura, donde los personajes pueden decir cosas diferentes cada vez. Es mi obra más querida, la había dejado de ver por diez años y el otro día la destapé... Me impresioné", cuenta Marisel en pleno montaje de la expo.

Inevitablemente, visceral

"Esta exposición es un montaje grande antológico de obras básicamente de mi propiedad y de la colección de Daniel Yankelewitz. El montaje museográfico es de Roberto Villalobos, de acuerdo con una necesidad mía de darme la última revolcada en lo que ha sido el tono más álgido de mi obra durante los últimos 20 años, una revolcada indispensable para dejar que eso se lo lleve el mar, e intentar enfrentarme a lo que siento que puedo decir de ahora en adelante, es una especie de cierre por un lado y de apertura por el otro: quiero seguir siendo visceral, pero no tan personal".

-¿Y por dónde te vas a ir?

- Voy a buscar otras cosas que decir y otros materiales, otras formas de expresión, básicamente el dibujo en muy gran formato y una temática siempre expresionista pero sin utilizar personajes determinados: ni animales ni personas.

Esta exposición de ahora es un montaje raro, anticonvencional, inquietante, y está dedicado a Dinorah Bolandi, mi madre artística y espiritual.

-Hablemos de ese legado a vos de Dinorah...

-Gracias a ella he logrado en los últimos 25 años un trabajo que creo sacrificadamente honrado. Ella me ha dado el rigor, tremendo rigor a la hora de hacer cosas, el tremendo rigor de no copiar nunca, de no dejarme llevar por las tendencias que están de moda, de ejercer una autocrítica feroz y de no anteponer el bienestar económico a la honestidad como artista; nunca he condescendido hacer cosas para vender...

-¿Hacia qué tu mirada artística esta vez?

-Va hacia una emoción un poco más abstracta, quizás influida por la estepa castellana más árida, donde ahora vivo y donde solo hay bóveda celeste y tierra.

-Las propuestas artísticas de Marisel siempre vienen cargadas de vida, muerte, arte. ¿Al respecto cuál es tu nueva recarga de los tres?

-La vida, la muerte y el artes son tres cosas tan distintas... A la muerte la tenía muy bien comprendida y ahora no la entiendo en absoluto, y su circunstancia me parece tan cruel como la vida misma. He estado muy cerca de Dinorah Bolandi y su agonía ha sido incomprensible.

La vida en cambio me ha enseñado a adorarla, francamente. Cuanto más viejo más nostalgia de estar vivo...

Me fascina estar viva; antes no, no era amante de la vida; sin embargo, la especie humana no es mi fuerte ni lo será jamás.

Por supuesto que hay seres verdaderamente excepcionales, pero no puedo apasionarme por el género humano...

-Eso no ha variado en vos...

- Pero la vida ahora me resulta muy gozosa porque he llegado a un equilibrio interno, y a una delicia de disfrutar la cotidianidad que considero dichosa y me la bebo diariamente como un buen vino.

El arte, en cambio, lo veo fatal. En lo que yo vi en la Bienal de Venecia, realmente decepcionante: una manifestación artística, la contemporánea, de una gran inmediatez; todo tiene que pasar por el concepto, por la palabra, por la lógica. Poco en ella lo hace a uno gozar o emocionarse.

Creo que es un producto de fin de siglo XX, de extrema racionalidad y como dije antes, de una grave inmediatez. No hay ningún tipo de enigma detrás, todo es tan evidente..., cita lo que está ocurriendo, y hace que nadie sienta alguna pregunta o picazón. Me parece espantosamente aburrido, porque el arte está para intrigar, para gozarlo, para sufrirlo, para alimentarse; no es ni una empresa comercial ni un catálogo de productos recientemente inventado.

-¿Te sigue doliendo Costa Rica?

-Sí, la tiquitud me sigue doliendo. Ahora encontré a Costa Rica siendo una especie de mermelada entre el nuevo tico ye l gordo mascachicle prepotente y muy violento del imperio del norte.

Sigo queriendo entrañablemente a mi país: me gusta muchísimo la jaula biológica pero no el pajarito de la ciudad.

-Uno de los autorretratos que presentás en esta exposición es excesivamente cruel.

-Es un autorretrato descarnado, un autorretrato sin piel, un autorretrato de 57 años vividos, está uno como para que se le vean todas esas rayitas. Aunque me siento como una güila, pero una sabe que ha vivido...


[Volver al inicio]