Gráfica

Dinorah Bolandi Rigor en el arte, amor por la vida

Casa

Ileana Alvarado V.


Para alguien con formación en historia del arte, tratar de escribir en dos cuartillas sobre una artista tan completa como Dinorah Bolandi es un acto difícil. Digo difícil porque la labor que ella desarrolló como dibujante, pintora y educadora, requiere una investigación muy profunda. Sin embargo, trataré de encontrar un camino que me permita plantear ejes importantes de su labor.

Dinorah Bolandi nació en el seno de una familia distinguida en el arte, la de Pilar Jiménez. Hija de uno de los fotógrafos más sobresalientes del país, Wálter Bolandi, y de madre pianista, Marina Jiménez, desde muy pequeña encontró en el arte su gran pasión.

La dibujante más completa

Aunque fue una pintora sobresaliente, es su sensibilidad para el dibujo la que la convierte en una de las creadoras más relevantes de nuestra plástica y en la dibujante más completa del país. Estudiosa de la forma y de la línea logró captar con trazo firme pero cálido y una composición armónica, pero nunca rígida, la vida en toda su plenitud. El paisaje, el retrato, el desnudo, los bodegones encontraron en ella a una alma sensible en el pleno dominio de los medios. Los retratos de Marina, su madre, son unos de los trabajos más sobresalientes realizados en este género, por su sutileza expresiva y la profundidad psicológica con que capta a la modelo. Por otro lado, sus paisajes de trazo vibrante son cantos visuales que plasman con vigor el pueblo de Escazú que tanto amó.

El arte quilt encontró en ella a una artesana laboriosa; con una gracia infinita y hábiles manos elaboró imágenes plenas de colorido y diseño sobrio. La solución plástica de sus quilt, tiene una estrecha relación con su trabajo pictórico, tan rico en armonías cromáticas y variado en sus ritmos por repetición.

La gran maestra

No solo la sensibilidad del trazo caracterizó la labor artística de Bolandi, sino también la rigurosidad del análisis con la que juzgaba su trabajo creativo y el de los demás. Esta capacidad analítica la convirtió en una artista que no brilla por el número de sus obras, sino por la rotunda calidad de cada uno de sus creaciones, y en una maestra admirada por sus discípulos, aquellos más interesados y sensibles, y en una mujer que despierta temor dentro del medio en donde la mediocridad en la enseñanza y en el análisis es la que domina. Lo anterior, y la generosidad con la que prodigaba su conocimiento, la convirtió en una verdadera maestra de la enseñanza artística; es posible que en este campo haya encontrado su mayor felicidad en las aulas universitarias, en la compañía de discípulos receptivos, inteligentes y dedicados como Pedro Arrieta, Miguel Hernández y Herberth Bolaños, entre otros; además de otras personas que buscaron su consejo en su casa de habitación en Escazú. Sin tener ningún título académico que la acreditara fue una educadora inolvidable por su sólida formación y amplio criterio. Con una mente siempre abierta, Bolandi fue una persona ávida de conocimiento que se mantuvo siempre informada del acontecer artístico actual y que sabía valorar también la calidad en las propuestas de los artistas contemporáneos, y además muy interesada por el auge que había cobrado la fotografía en el país, historia de la que ella también formaba parte, ya que fue la primera reportera gráfica.

Para finalizar tendré que anotar algo que quizá sobre ella no se escriba en los libros de historia del arte, pero que es sin duda una virtud que reconocemos todos aquellos que tuvimos el privilegio de estar cerca: su sabiduría, su calidez y su infinito amor por la vida. Estas cualidades pueden resumirse en una frase que me dijo cuando, en el Museo de Arte Costarricense, mirábamos con admiración la escultura titulada "Orfeo" -expresivo perro tallado en madera por Marisel Jiménez-: "Mire, Ileana, si en este momento pasa corriendo un ratón cerca de Orfeo, la escultura pasaría para nosotros a un segundo plano, porque a fin de cuentas la vida sigue siendo más importante que el arte".


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