Guardián del paraíso

Foto: Archivo / La Nación.

Rodrigo Soto


AlexanderSkutch (1904-2004) ocupa un sitio glorioso en la historia científica de Costa Rica y del mundo. Un homenaje en Áncora, a varias voces, por su obra y devoción a nuestra naturaleza

De la misma forma en que lo hicieron Edmond Bordeaux y Karen Mogensen, entre otros ecólogos, filósofos y naturalistas extranjeros, Alexander Skutch llegó a Costa Rica durante la segunda mitad del siglo XX, atraído por la riqueza y belleza de su flora y fauna, por su estabilidad política y por el clima de paz social que se respiraba en el país.

Si bien la mayor parte de su vasta obra fue escrita y publicada en inglés, algunos títulos han sido traducidos y publicados en Costa Rica. En 1985, la Editorial Costa Rica publicó una edición de El ascenso de la Vida (Life ascending), agotada hace ya muchos años, y que por razones que desconozco no ha sido reimpresa desde entonces.

La obra llegó a mis manos una década después de su publicación, y su lectura tuvo sobre mí un profundo impacto. Después de haber cursado parcialmente la carrera de filosofía en la Universidad de Costa Rica, y de abandonarla por las mismas razones que desencantaron a Cioran (""me aparté de la filosofía en el momento en que se me hizo imposible descubrir en Kant ninguna debilidad humana, ningún acento de verdadera tristeza; ni en Kant ni en ninguno de los demás filósofos"), llegaba a mis manos un libro de filosofía occidental que hablaba de la vida en términos comprensibles, y que abordaba sin retorcimientos ni eufemismos las preguntas últimas, que son precisamente las primeras: ¿Quiénes somos? ¿Por qué estamos aquí? ¿Qué es la vida? ¿Cuál es nuestra responsabilidad con el planeta y los demás seres vivos?

Pero a este enorme mérito, la obra sumaba muchos otros, pues para fundamentar su argumentación, Skutch ofrecía de paso una visión sumaria del estado de la cuestión en algunas disciplinas científicas, particularmente la biología evolucionista y la cosmología. Sin embargo, lo más meritorio de la obra, a mi juicio, fue y es el hecho de que conseguía integrar, en un solo discurso, en una sola mirada, tres abordajes de la realidad generalmente separados en la tradición occidental: la ciencia, la filosofía y la religión.

De la misma forma en que desde la segunda mitad del siglo XX los científicos se han desvelado en su búsqueda de una teoría de la materia capaz de integrar las fuerzas gravitacionales, electromagnéticas y nucleares (la teoría del campo unificado, el Santo Grial de la física finisecular), el abismo de incomunicación entre ciencia, religión y filosofía es un síntoma más de la creciente disociación del llamado mundo occidental.

Científico, místico, filósofo

¿Qué es Skutch? ¿Un científico? ¿Un místico? ¿Un filósofo? Las tres cosas, sin duda. Esta característica lo acerca más al ideal de un monje medieval que al de un científico renacentista o moderno. Su vida de retiro ascético en su finca en las faldas de la Cordillera de Talamanca, confirma esta apreciación.

La visión del cosmos y de la vida que nos propone Skutch en esta obra, está lejos de dar respuesta a todas las interrogantes mencionadas antes, pero nos ofrece un sendero fecundo para la meditación. La cosmovisión de Skutch recuerda a la de Teilhard de Chardin, pues para ambos la vida evoluciona hacia formas más complejas regida por férreas leyes naturales, pero impulsada por un anhelo secreto, indefinible -y a falta de otra palabra, divino-, de regocijarse con la hermosura, complejidad y misterio del cosmos.

La inteligencia en la materia

Para Skutch, la vida surge y crece de la materia para evolucionar hacia la inteligencia, que es asombro y contemplación y éxtasis ante el misterio. Pero la inteligencia está en la materia. Recuerdo aún la conmoción que me produjo su paráfrasis de Harold Spencer Jones, en el sentido de que "donde sean favorables las condiciones para la vida, esta se levantará si dispone de tiempo suficiente".

La materia es inteligente, en tanto es capaz de organizarse para producir seres progresivamente capaces de apreciar la belleza del mundo y de adentrarse en el misterio del cosmos.

Ignoro si don Alexander suscribiría la afirmación de que la materia es inteligente, pero no hay duda de que la visión del mundo que nos propone en El ascenso de la Vida, apunta a romper la visión dualista y dicotómica de materia y espíritu. La materia es "espiritual", y el espíritu, material. En este sentido, la concepción del mundo de don Alexander es, diríamos, inmanentista, puesto que en ella no hay un "más allá"" con el cual consolarnos. Nuestro único consuelo es sabernos vivos y apreciar la belleza sobrecogedora del mundo, y si bien la experiencia de sabernos vivos es transitoria por la muerte, es trascendente por su majestuosidad.

Este es solo uno de los aspectos que más me impresionó de la lectura de aquel libro, pues sus reflexiones éticas requerirían un comentario adicional.

Impactado por todas estas ideas y visiones, entre 1996 y 1997 escribí el poema Damocles, el cual fue dedicado, entre otras personas, a don Alexander. Después de varios intentos, el poema fue publicado el año pasado por la Editorial de la Universidad de Costa Rica. Durante muchos meses pensé hacer un viaje a San Isidro para entregar a don Alexander un ejemplar del libro, pero su enfermedad y su manifiesto deseo de soledad me hicieron desistir.

La tercera parte del poema se titula Canción para la Muerte, y de ella transcribo:

Todo es cierto

No hay vacío capaz
de aniquilar la evidencia
del vuelo de esa mariposa
La realidad del canto de este grillo
Bajo el cielo de nubes cambiantes
nadie podrá negar
que todo esto ha sido
Nadie podrá negar que Alexander Skutch estuvo entre nosotros. Aunque se haya ido.


Apuntes Biográficos

R. Navarro y A. Mata

Alexander F. Skutch nace el 20 de mayo de 1904 en Baltimore, Maryland, Estados Unidos. En la infancia empieza a manifestar su curiosidad y sensibilidad por animales, plantas y en general por toda la naturaleza que le rodea, actitudes que se verían reforzadas en el tiempo con estudios y observaciones más profundas, durante su formación y viajes al trópico americano.

A los 17 años ingresa en la Universidad John Hopkins, en Baltimore, donde recibe el Bachillerato Universitario en Botánica, en 1925. En 1926 viaja a Jamaica donde realiza un estudio sobre la anatomía de la hoja del banano, en una plantación de la United Fruit Company. En 1928 obtiene una beca para continuar sus investigaciones sobre el banano en otra de las estaciones experimentales de la Bananera, cerca del Puerto de Almirante en Panamá.

Fascinación por las aves

Estos fueron sus primeros contactos con la naturaleza tropical, y especialmente con las aves tropicales americanas que por el resto de su vida lo absorberían.

A comienzos de los años treintas viaja por Honduras, Guatemala, Ecuador, Venezuela y Costa Rica. El resultado de estos viajes es una abundante labor escrita sobre flora y avifauna tropicales, producto de sus observaciones e investigaciones, labor ampliamente reconocida en publicaciones de historia natural, y posteriormente en libros patrocinados por sociedades ornitológicas, universidades norteamericanas y otras instituciones conservadoras de la naturaleza.

En 1935, se traslada a Costa Rica, a El Valle del General, con contratos para coleccionar plantas para museos y jardines botánicos de Estados Unidos y Europa. Esto le proporcionaba el dinero suficiente para desarrollar diferentes estudios sobre las aves.

En 1941 se establece definitivamente en Quizarrá de Pérez Zeledón, donde compró una finca al lado del río Peñas Blancas y la llamó "Los Cusingos", por el nombre local del tucancillo piquianaranjado (Pteroglossus frantzii). La finca constaba de bosque primario, bosque secundario y además tierras ya desmontadas donde podía cultivar en pequeña escala. Aquí ha vivido por más de 60 años, dedicado a estudiar las aves y reflexionar sobre el comportamiento animal y humano; encontró el lugar idóneo que le permitió llevar un estilo de vida en coherencia con su filosofía y su esencia de naturalista. Y aquí desarrolló su prolífica labor como escritor, plasmando toda su sabiduría y humanidad en más de 35 libros y cientos de artículos sobre ornitología, botánica y filosofía.

En 1950 se casó con Pamela Lankester, hija del naturalista y cafetalero inglés Charles H. Lankester, fundador del Jardín Botánico Lankester, de Cartago. Doña Pamela demostró un profundo amor y respeto por D. Alexander, como él mismo reconoce, "...al abondonar su comodidad para vivir con simplicidad en una finca donde faltaban muchas cosas que la gente urbana, como ella, considera indispensables..." Persona entrañable, de gran valor humano, reconocida y querida por todos aquellos que tuvieron oportunidad de compartir su compañía y su conversación. Pamela Lankester murió en junio del 2001.

Escondite voluntario

Alexander Skutch permaneció por muchos años distanciado, en una especie de escondite voluntario, alejado de la vida académica nacional. Al inicio de los setentas, al contacto con los círculos conservacionistas que comenzaban en Costa Rica, don Alexander fue incorporado al Centro Científico Tropical en 1964; fue Miembro fundador de ASCONA, en 1971. También fue cuando conoció, en 1973, al Dr. Gary Stiles, recién llegado a Costa Rica, quien de inmediato reconoció el importante y experimentado conocimiento ornitológico de Skutch.

Quizás el aporte más importante de D. Alexander para la ornitología fue realizar estudios completos de los hábitos de vida de cerca de 300 aves del trópico americano, incluido el quetzal, "ave de belleza superlativa", según sus palabras.

El estudio de las aves ha sido su prioridad, pero no por ello dejaba escapar cualquier observación descriptiva y de comportamiento sobre otros animales (mamíferos, insectos, reptiles, etc.) de los ecosistemas tropicales que exploraba. Con sus observaciones llenas de paciencia y reflexión, consigue definir las asociaciones e interacciones que establecen, algunos de ellos, con el medio que les rodea. Mucho le preocupó el comportamiento cooperativo y agresivo de los animales, tema al cual le dedica mucho de su pensamiento.

Es obligado resaltar su importante contribución a la Botánica. Sus estudios y recolecciones de plantas en el trópico para diferentes museos y jardines botánicos dieron como resultado el descubrimiento de especies florísticas desconocidas para la ciencia; relevante su estudio sobre el sistema de reproducción cruzada del aguacatillo (Persea caerulia) y sus estudios sobre el guarumo (Cecropia sp.). En reconocimiento por sus importantes aportes a esta ciencia, muchos autores dieron el nombre de skutchii a las especies de plantas que descubrieron.

La capacidad observadora, reflexiva y humana de D. Alexander también daría origen a la producción de numerosos textos de filosofía y ética, reflejo de sus experiencias personales sobre la vida animal y vegetal.

Dentro de las preocupaciones de Don Alexander encontramos la del desarrollo del amor, la comprensión, la tolerancia entre humanos y la apreciación de todos de la magnificencia cósmica. Nos conduce a una verdad inapelable, la de que el ser humano debe de transformarse, según la evolución natural, en el depositario de la mirada eterna de la belleza, de la estética y la moral. Tanta belleza no merece quedar inobservada, tanto "misterio" no debe quedar inexplorado. Con esto declara la responsabilidad enorme depositada por el tiempo y la historia en el humano, cúspide de esa evolución maravillosa, única especie capaz de apreciar los valores estéticos.

Bibliografía

Escribe, aparte de 24 libros sobre la historia natural de las aves neotropicales, cuatro libros que expresan su pensamiento filosófico -con especial énfasis en la moral y la ética-, así como sus preocupaciones sobre la destrucción de los ecosistemas.

Pocas de sus obras se han traducido al español. Entre ellas figuran Aves de Costa Rica, Guía de aves de Costa Rica, El ascenso de la vida, La finca de un naturalista y, más recientemente, Un naturalista en Costa Rica, coeditada por el Instituto Nacional de Biodiversidad (INBio) y el Centro Científico Tropical (CCT).

La Revista de Filosofía de la Universidad de Costa Rica publicó un número especial, titulado "Fundamentos morales. Una introducción a la ética", con especial dedicación a la obra de Skutch. Su amigo generaleño, Carlos Luis Abarca. escribió el libro Alexander Skutch: una biografía, que ha contribuido a divulgar su obra, y que está próximo a ser reimpreso por el INBio, como tributo al único miembro honorario de su Asamblea General.


Homenaje (Fragmento)

Alfonso Mata Jiménez

Dijo Caesar Marcus Aurelius Augustus que "todo lo racional guarda parentesco, cuidar de todos los hombres está dentro de la naturaleza del hombre, pero no hay que aspirar a la buena opinión de todos, sino solo de los que viven conforme a la naturaleza".

Esta razón es imperativa en momentos en que el planeta se agita ante las terribles amenazas que se ciernen sobre su maravillosa estabilidad. Dice Don Alexander, en su magnífica obra El Ascenso de la Vida, que ya "el planeta se convirtió en un lugar de carácter mixto, donde la belleza y la lealtad, la paz y el temor, la felicidad y el horror se mezclan en el contraste más intrincado". En efecto, presenciamos la manifestación de esas ambigüedades o paradojas extrañas en nuestra sociedad, no solo en nuestros jóvenes, sino en muchos de los que pertenecemos a generaciones anteriores.

Entre otras costumbres indeseadas, los humanos están acorralados por una ansiedad del consumo que falsea la seguridad en sí mismos, que crea patrones y comportamientos ridículos y antiecológicos, establecidos desde los primeros años de vida. En este escenario nos encontramos con esa terrible paradoja: con un ser humano que sufre, aunque cree que goza; que destruye a pesar de que "avanza", que busca por un lado la paz y por otro lado la guerra, que es menos aunque tenga más, que busca fortaleza en superficialidades y mitos, teniendo ante sí respuestas prontas en hechos concretos de la naturaleza, con la realidad contundente que está ante sus ojos. Si tan solo el humano pensara con reposo, la consecuencia de sus actos individuales y colectivos sería otro, tal y como nos lo enseñó Don Alexander, en su diario vivir y a través de su extensa obra escrita, con una visión humanista como en pocos encontramos [...]

Es nuestro deber valorar en toda su extensión el legado académico y espiritual de Don Alexander, quien ha dado mucho a este pequeño país. No hay ámbito de reciprocidad ante la magnitud de su real y potencial influencia. ¿Qué habría sido de la política y hermandad mundiales si las contribuciones de los inmigrantes y conquistadores fueran siquiera el asomo de la que ha aportado, sin esperar nunca retribución o agradecimiento alguno, nuestro ilustre amigo que parte del mundo terreno? Gracias infinitas le damos todos hoy. Su nombre habrá de estar junto a los de Albert Scheizer y Leslie Holdridge, entre otros.

Sus ideas, escritas con gran sencillez y belleza se pueden resumir en dos de sus pensamientos más conspicuos del Ascenso de la Vida: "Una criatura puede contribuir a la riqueza total del cosmos con solo disfrutar de su vida, o contribuyendo al gozo de otros, o de las dos maneras&...;" Y añade luego, esto debe llevarse a efecto junto con la creación de prácticas menos ofensivas al planeta y sus variados sistemas de soporte vital, así como sobre sus habitantes vivos, para "darle una oportunidad al planeta al cual nos toca amar y proteger".


La despedida de las aves

Rosa Elena Montero

Este año se estaba planificando la celebración de los 100 años de don Alexander, pero él fallece ocho días antes, el 12 de mayo. Al día siguiente, como si las aves supieran que uno de sus más grandes amigos y admiradores nos dejó físicamente, ellas no quisieron comer como todos los días las frutas de los comederos ubicados en la finca; además, Noel Ureña, uno de sus seguidores en la observación de aves, nos contó que las lechuzas de campanario (Tyto alba), que siempre habían anidado en la catedral de Pérez Zeledón, este año lo hicieron en la capilla de velación El Calvario, donde estuvieron los restos de don Alexander.

Más aún: el día del funeral, un gavilán penachudo (Spizaetus ornatus), una de las aves más hermosas y difíciles de ver, se posó en la rama de un árbol con sus alas extendidas hacia la orilla del camino, en el momento en que el cuerpo de don Alexander pasaba para ser llevado a "Los Cusingos".


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