Lugar común: El olor de uniformes rojiamarillos lavados y secados al sol

Luis Chaves



Del Eladio Rosabal Cordero tengo el zacate muy verde y recién cortado que pisé con emoción a los ocho: mis vacaciones en un club de fútbol. Tengo la cancha de afuera, donde hoy está el Palacio de los Deportes, en cuya tierra dura como hormigón, aún niño, desbordé por el medio, recibí un pase magistral de Chupeta, enfrenté al portero y rematé con alma, vida y corazón pero con la derecha, la de palo, y la puse en el ángulo del marco de la escuela Moya, en la otra cuadra. También unas ya remotas finales con graderías a reventar. El Club Sport Herediano de Julio Gómez, de Nilton Nóbrega y del único portero con nombre de poeta isabelino: Edmond Gladstone Clark. El de Chaco Sasso. Finales de una euforia rojiamarilla tan grande como las banderas que se extendían de sol a sombra. Tengo eso y una tarde dominical del 2003 en que, después de convencerlo, fuimos con papá a ver Herediano vs. Cartaginés.

Así: al estadio a pie, porque es el preámbulo a la liturgia del fútbol. Frente a nosotros, cumpliendo su trayectoria celeste, el sol, sin adjetivos. En silencio, de Santa Lucía al Eladio, papá, mi hermano y yo, seguidos en el asfalto por nuestras sombras que tampoco hablaban. Cuanto más cerca del estadio, más grupos de futboleros. Unos sin signos externos, otros enfundados en los colores del equipo que, como linaje venido a menos, se alejó de sus glorias pasadas hasta convertirse en un club segundón.

Estamos en la boletería. Ahora hacemos fila para ingresar. El estadio y la iglesia son los únicos lugares a los que no se puede entrar en carro, todavía. Pasamos a la gradería de sombra, que a esta hora se trueca en la de sol. Como el estadio es pequeño y los heredianos somos pocos, encontramos a Marcos, hermano de mi padre, y nos sentamos con él. Cuatro hermanos Chaves, dos generaciones. No sabe que ya pasó su temporada, ni le importa, a la bandada de pericos que cruza el cielo bajo el que irrumpe en la cancha el tin florense: el uniforme radiante, casi podemos sentir el olor a limpio, avanzan al ritmo de los cantos, atraviesan el humo de las bombetas como si salieran de una nube. ¿De dónde tanta alegría? ¿Y por qué se contagia? El partido en vivo y en familia, rodeados del negro-malparido-árbitro-hijueputa y demás edificantes sutilezas léxicas de la tribuna. Ya es historia que se abombó la red cartaga en seis ocasiones. Fue una de esas tardes en que todo le salió bien a los jugadores. De haber tenido excavadoras, sacan petróleo del Eladio. En noventa minutos abracé a mi padre y a mi hermano lo que me hubiera llevado tres años (contando uno cada Navidad y cumpleaños). Esto lo escribo lunes y en tres días el Herediano será campeón o subcampeón, que es peor que descender a segunda. Estoy a miles de kilómetros del Rosabal Cordero, del parque de Heredia, de la casa en la que mamá, ese domingo, esperó que volvieran del estadio los hombres imperfectos de su vida y ellos le narraron felices el partido y solo ella supo que hablaban de otra cosa.


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