Lugar común: La última PPH

Luis Chaves
cuervos@racsa.co.cr



Esa noche fuimos a Zapote. Como todos los años, movidos por el hábito o la tradición o la curiosidad antropológica o por simple y llana inercia. O tal vez porque este diciembre pasado las cosas, nuestras cosas, estaban en su lugar acostumbrado pero nada era igual, o lo que es lo mismo: todo era diferente. Algo había cambiado para siempre, una fractura irreparable e invisible atravesaba las veinticuatro horas de cada día. Las cosas, las concretas y las intangibles, brillaban o dejaban de brillar bajo otra luz.

La misión fue la habitual. Cumplir con cada letra de la PPH: Pilsen, pupusa y Horrorosa. Hay que decir que, además de pupusas, nos dedicamos a ingerir en una sola noche la dosis anual de vitamina CH (chicharrones). Hay que decir, también, que fuimos espectadores de la primera función vespertina de La Horrorosa. Y que no nos defraudó. Vimos a la mujer tras los barrotes, vimos cómo se transformaba, cómo de su boca brotaban colmillos y de su piel salían pelos, pelos y más pelos. "Mírenla cómo se transforma", decía la voz del relator mientras en la oscuridad del recinto experimentábamos una oleada de adrenalina. Porque una vez afuera La Horrorosa podrá ser, para algunos, metáfora de la contradicción interna del ser humano, de la metamorfosis, de la lucha del bien y del mal; para otros, poco menos que una manifestación de la estupidez y el mal gusto. Pero allí dentro, en esos escasos dos minutos, La Horrorosa es una mujer que se transfigura en bestia peluda para luego recuperar su apariencia normal.

Objetivos ya cumplidos, deambulamos por el lugar. Entre los puestos de cantonés fosforescente, de juegos mecánicos mal engrasados y de karaokes que son mitad karaoke y mitad casa de sustos, encontramos a uno, sentado en su banco de madera, como un patito feo en medio de sus vecinos artesanos: vendedor de libros usados ¡de su propia autoría! Por principio general, me negué a comprarle. Insistió en que nos lleváramos un ejemplar. Reiteré mi negativa. Cuando estaba a punto de ofrecernos dinero además de su libro, lo aceptamos.

Por algún arcano del cosmos, el libro terminó en mi poder. Esto encontré: "Esta ciudad es otra y es la misma. Aquí te he visto pasar entre los carros como todo Israel por el mar Rojo. Te has bañado en las fuentes donde luego la luna llegaba a beber. Están tus huellas en los pasamanos de los buses. Te has sentado en los cines y en los parques. Lo sé porque he mirado los rostros de la gente que sonríe como si supieran que te busco, que repaso tus fotos como un buen estudiante y que te imagino en el parque rodeada de aves de movimientos instantáneos".

Salimos de Zapote en silencio, sedados por la marea alcalina. Un globo se perdía en el cielo de la noche, unos hacían fila en La Horrorosa, en el karaoke sonaba la canción que habla de esto. Salimos sabiendo que entrábamos a otra etapa de la vida, que veníamos del entierro de la anterior. Conscientes de que dejábamos atrás todo lo conocido, el rumor del gentío del que poco a poco nos alejábamos cobró otro valor. Como de abandono o despedida. Sentimos que toda aquella gente, aquellas luces, aquel ruido podían ser la definición de la tristeza. O de la alegría. O más probablemente de todo lo que sucede entre ambas.


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