Ombligo de piedra

Foto: Kattia Vargas / La Nación.

Alejandra Vargas
alevargas@nacion.com


Carlos Aguilar Piedra, Premio Magón 2004, es el padre del Monumento Nacional Guayabo

Piedra es su apellido materno y la arqueología -aderezada con la búsqueda entre piedras - es el centro de su vida y el impulso a esta labor a rango de profesión en Costa Rica.

Desenterrar 'tiestos' en el patio de la casa era su afición de niño; de joven, era un entusiasta de las excavaciones arqueológicas del colegio San Luis Gonzaga.

Aguilar nació con un ombligo ligado a los minerales de la tierra, en Cartago, el 24 de agosto de 1917, y fue el primer arqueólogo profesional costarricense. Su perseverancia firme como roca, lo convirtió en el papá y defensor del testimonio en piedra que guarda el Parque Nacional Guayabo. Este es el sitio arqueológico más importante que se conserva en nuestro país y del cual se supone fue el Ombligo de América, en cuanto a ritos sagrados y uso del agua.

Vocación, especialización y empeño. Estos son los pilares que han hecho posible que 'don Carlos', como le dicen quienes han sido sus alumnos, sea considerado un maestro y un artista digno del más alto reconocimiento costarricense: el Premio Magón.

Hablar de él y con él significa ir despacio pero con muy buena letra. Y es que hay tanto que contar. Las palabras se destilan a través de un cuerpo que reaprendió a hablar después de un derrame cerebral sufrido a finales del 2003. Hoy, sus palabras evidencian su entereza y fortaleza, sapiencia y pasión por el chamanismo o magia indígena.

Aunque su vocación la intuyó desde joven, alguna vez pensó que le sería difícil cumplirla por carencia de recursos. Pero su perseverancia dio sólidos frutos. Mientras trabajaba en el Departamento de Historia Natural del Museo Nacional de Costa Rica, Aguilar fue premiado con una beca y así se convirtió en el primer centroamericano graduado de la prestigiosa Escuela Nacional de Arqueología e Historia de México, en 1946. Posteriormente, realizó su práctica de campo en la Universidad de Kansas (EE. UU.) y al volver, fue uno de los fundadores de la carrera de arqueología en nuestro país, alrededor de 1968.

Carlos Aguilar Piedra enseñó cabécar, y recibió premios como el Cleto González Víquez de la Academia de Historia (1966), el Nacional de Ensayo Científico Aquileo J. Echeverría (1972) y el Icomos (1999). También ha escrito gran cantidad de textos.

Con 87 años, 56 de ellos casado con Cristina Díaz Olsen, cuenta con una familia tan grande como sus contribuciones a la historia de Costa Rica. Tiene ocho hijos, 24 nietos y dos bisnietos. Actualmente vive en Cartago.

Además de ser una autoridad en su materia, don Carlos es apreciado como un modelo de superación. Solo como ejemplo, él aprendió a usar computadoras a los 82 años, para digitar e ilustrar su libro, El jade y el chamán. Aguilar también ha sido guardián de las principales objetos arqueológicos del país.

"Me siento muy orgulloso de que hoy se pueda enseñar la arqueología en Costa Rica y que Guayabo sirva de testimonio de que nuestro país conserva un patrimonio tan valioso y accesible a la gente. Este premio es para los arqueólogos que han hecho posible lo imposible. Espero que sirva para que el país vuelva más la vista a sus riquezas", concluyó el Magón.


Pilar de la arqueología profesional

Francisco Corrales Ulloa
Director Museo Nacional de C.R.

La designación de don Carlos Aguilar Piedra como Premio Magón 2004 viene a brindar justo reconocimiento a sus aportes a la arqueología y la historia de este país.

Antes de iniciar su carrera en la Universidad de Costa Rica, donde fue maestro de tantos, don Carlos dio sus primeros pasos profesionales en el Museo Nacional.

El interés de don Carlos por la arqueología comienza allá por 1932 cuando, junto con don Elías Leiva, excavaron algunas tumbas indígenas en Tierra Blanca. Esa inquietud por la investigación, manifestada desde edad muy temprana, hizo que en 1940 el reconocido geólogo, Alfonso Segura Paguagua, lo recomendara con don Juvenal Valerio, director del Museo en ese tiempo, que lo contrató para dirigir la Sección de Zoología, entre 1940 y 1941. Ahí conoció a don Alexánder Wetmore, ornitólogo del Smithsonian Institution, a quien acompañó en sus giras de trabajo y quien lo impulsó para que viajara a estudiar a México.

Fue el primer graduado del país, en 1946, de la Escuela Nacional de Antropología e Historia (ENAH), de México, uno de los centros de enseñanza de la arqueología más prestigiosos en América. Su tesis sobre la orfebrería del México precortesiano es un clásico sobre el tema y fue reimpreso recientemente.

Luego de regresar de México, hizo una pasantía en la Universidad de Kansas con el reconocido arqueólogo Albert Spalding, donde también inició una tradición de formación en dicha universidad de costarricenses en el campo de la antropología.

En 1947 regresó a Costa Rica y hasta 1948 ejerció la jefatura de la Sección de Arqueología del Museo Nacional, labor que compartió con las funciones de inspector de escuelas indígenas en la zona sur. En 1962 empezó su labor en la Universidad de Costa Rica, donde fue impulsor de la apertura de la carrera de arqueología y educador de las primeras generaciones de arqueólogos.

Don Carlos ha sido maestro en el sentido integral de la palabra, aquel que guía e instruye, un consejero al que acudimos en busca de ayuda.

Visión integral

Es importante resaltar su trabajo en Guayabo, donde retoma la concepción nacionalista de la escuela mexicana en su esfuerzo por conservarlo y ponerlo en valor como un lugar de visita, de estudio, de entrenamiento de arqueólogos nacionales y de estudio de las raíces de las condiciones actuales. Además, propició el involucramiento de la comunidad local. Ese ejemplo pionero nos ha costado mucho repetirlo.

Con sus excavaciones arqueológicas en Guayabo y el Valle Central establece secuencias culturales que aún hoy son punto de referencia obligatoria, y extendieron la historia de este país muchos siglos antes de la llegada de los españoles.

Don Carlos ha sido un ejemplo con su producción bibliográfica, donde ha abarcado una gran cantidad de temas: secuencias culturales, religión y magia, síntesis de la historia precolombina, jade, oro, chamanismo, entre otros. Él escribe desde la experiencia y la autoridad que dan los años.

Reconocemos su esfuerzo por ahondar en el tema del chamanismo, recurriendo a los estudios etnológicos para arrojar luz sobre el simbolismo de los objetos arqueológicos y motivando el debate académico sobre el tema.

Nos parece muy oportuno que el Premio Magón reconozca ahora los aportes en el campo de cultura general, además de los campos artísticos y literarios. Exaltar la labor de profesionales de la antropología, arqueología, historia y afines es reconocer una concepción global de cultura. Un país que honra a los que permiten conocernos de una manera más integral, se honra a sí mismo.


Homenaje vivo

El Monumento Nacional de Guayabo es el sitio arqueológico más importante y de mayor tamaño descubierto en Costa Rica. Está en las laderas del Volcán Turrialba, 19 kilómetros al noreste de la ciudad de Turrialba y a 64 kilómetros de San José.

El responsable de su hallazgo y preservación fue Carlos Aguilar, el primero que hizo trabajos de arqueología allí y luchó hasta que en 1973 se declaró Monumento Nacional, días antes de que el terreno se parcelara y se vendiera.

Según Ana Arias, directora de la Escuela de Antropología de la Unviersidad de Costa Rica, los estudios sobre Guayabo revelaron que allí habitó una importante comunidad precolombina que vivió su mejor época entre los años 700 antes de Cristo y el 1.400 después de Cristo, y tenía un gran manejo del agua.

"Como testimonio hoy se conservan montículos, calzadas, plazas, basamentos, petroglifos (dibujos grabados en la piedra, puentes y muros de contención. Muchos otros están en el Museo Nacional y otro tanto fueron saqueados", explica Arias.

A criterio de Aguilar Piedra, lo que hoy se ve en Guayabo es apenas una parte pequeña de la urbe original. Se estima que en sus días de gloria Guayabo fue el centro de una organización social, política y religiosa importante y que se unía a otros poblados por caminos de piedra de varios kilómetros.

Además, existe una arraigada idea -que tiñe de emoción las palabras del Magón- de que en Guayabo se desarrollaba y culminaba la formación de chamanes (líderes o magos indígenas), pues se sabe -aunque no se ha probado- que la religión jugó un papel importante en la disposición del antiguo asentamiento de esta zona.

Con todo y lo que don Carlos Aguilar descubrió, se sospecha que Guayabo tiene mucho más valor del que se le ha dado. Solo como ejemplo, una de las calzadas, la calzada Caragra, que vincula el centro con un sitio funerario, está integrada por 150.000 rocas unidas a presión -sin pegamento alguno-, que varían entre los 40 y los 90 centímetros de largo cada una. ¿Cómo las trasladaron?... nadie lo sabe. Tal vez sus habitantes sí conocían la rueda.

Ante todo, lo importante es que la contribución de Carlos Aguilar Piedra -nuevo Magón- continuará viva en Turrialba.

Guayabo es una oda a la arquitectura vernácula y cuenta con cerca de 50 rasgos arquitectónicos, entre los cuales hay 43 montículos, 3 acueductos, 2 plazas y 2 calzadas. Cerca de 13.000 personas la visitan cada año y cada una asegura vivir una experiencia mágica.


Arqueología como ciencia

Con la declaratoria de Guayabo como Monumento Nacional se iniciaron los trabajos de conservación de sitios arqueológicos en áreas protegidas en Costa Rica. Don Carlos promovió la participación de la sociedad civil: ingenieros, arquitectos, topógrafos y biólogos.

Su énfasis en la arqueología del Valle Central logró visualizar que la nacionalidad tica tiene un pasado indígena y precolombino. "Después de Don Carlos, la presencia indígena temprana en Costa Rica y sus aportes culturales no pudieron seguir siendo ignorados", señaló Ana Arias.

"Don Carlos llegó de México a Costa Rica para romper una arqueología que se acercaba más al coleccionismo, que realizaban antropológos extranjeros desde la comparación con lo de afuera. Él vino y se adentró en el conocimiento de la vida de nuestros ancestros", añadió la antropóloga.

"Cuando volví me encontré con bellezas que se saqueaban". En palabras del arqueólogo Francisco Corrales, director del Museo Nacional, con el reciente premio "se reconoce la labor de un científico social que desde la arqueología ayudó a que la etapa precolombina se viera como parte integral de nuestra historia e identidad y que luchó por la protección de los sitios arqueológicos".

En palabras de Aguilar, "la publicidad y la gente olvidan cuál es el papel de la historia en la vida: para eso es la arqueología". Esta es la ideología que 'don Carlos' ha inculcado en los arqueólogos nacionales a través de su ejemplo y de sus enseñanzas.

"Creo que la arqueología de nuestro país va por buen camino y todavía falta mucho que encontrar", concluye Aguilar.


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