Estampas josefinas

Café, paseos y estudiantes

Andrés Fernández
sanjose_studio@yahoo.com

Como tantas otras, es San José ciudad de encuentros insospechados, fortuitos

San José, década de 1850. En su límite este un nuevo barrio nacía en paralelo con la construcción de la iglesia dedicada a Nuestra Señora de la Soledad, obra del arquitecto Hugh G. Tonkin en el remate de la avenida cuarta, frente al llamado Camino Real a los Desamparados, que lo demás eran cafetales: ahí, literalmente, se acababa la ciudad, es decir, su cuadrante. Suntuoso templo y camino viejo, así el solitario barrio fue creciendo entre el bullicio de las carretas que provenían de Aserrí o de más acá, y la actividad comercial que le brindaban los "mercaditos", instalados en las plazas frente a la iglesia a finales del siglo XIX con el fin de abastecer esa zona capitalina, que así se empezaba a consolidar.

Pues ahí no más, cerca de donde hoy se haya la Plaza (González) Víquez, se hallaba entonces el punto hasta donde podían llegar esas carretas cargadas de productos agrícolas, sin molestar a los durmientes vecinos antes de las seis de la mañana. Fue sobre ese eje colonial hacia y desde el sur josefino, que fueron apareciendo entonces casas de muy buen ver y cierta prosapia familiar, que le brindaban distinción a la vía; mas fue con la apertura del Liceo de Costa Rica en 1903, que atareados, de ida y vuelta a sus hogares, aparecieron en el barrio y sobre el camino ahora llamado calle Jeremías Garbanzo, los estudiantes. Eran jóvenes que entre más o menos aprietos económicos, tan propios de esa época como de esta entre la llamada clase media, iban a construirse un mañana, iban a estudiar, paseantes en un barrio que no necesariamente era el suyo, pero cuya principal arteria iban con el tiempo a nombrar. El hecho fue tal, porque durante la tiranía de los hermanos Tinoco, de ingrata memoria ancestral (1917-1919), los estudiantes del Liceo junto con los del Seminario y las jóvenes del Colegio de Señoritas -que nunca se quedaron atrás-, hicieron de la Plazoleta de La Soledad, el escenario de sus patrióticas y firmes protestas contra la dictadura aquella, arbitraria y cruel como todas ellas, pero a quien esa juventud de entonces no temió jamás.

Pero mientras en San José las maestras y estudiantes lideraban la lucha, quemaban periódicos serviles y recibían el cintarazo policial, por el lado del Sapoá, en Nicaragua, un grupo de políticos revoltosos, aventureros y oportunistas se disputaban el liderazgo ya antes de ganar. Afortunadamente fue don Julio Acosta el patricio electo para restaurar la herida república liberal, arrancando nomás la década de 1920, y fue en su gobierno y por iniciativa municipal, que aquella colonial entrada por el sur se vino a llamar definitivamente y como homenaje a la gloria civil de aquella bravía muchachada, Paseo de los Estudiantes (calle 9, entre avenidas 4 y 22) nombre que debiera por esa razón ser inmortal.

En 1922, amarillo y tardío, apareció además el último tramo del josefino tranvía, para brindar más movimiento y colorido al Paseo, que ya casi en los treintas, coincidiendo con el embellecimiento que de la ciudad promovió don Cleto antes de sobrevenir la crisis mundial, con aceras, faroles y poyos se vino a engalanar: se convirtió desde entonces y verdaderamente en un boulevard a nuestra escala, como no podía ser más. Así lo conocieron y gozaron nuestros abuelos, nosotros conocimos el nombre gozoso siquiera, pero ojalá y así conozcan las demás generaciones lo que un día fueron solo cafetales, límite este de la ciudad, empedrado camino a Desamparados, sitio de alcurnia doméstica y de estudiantil transitar. Hoy en pleno siglo XXI, al costado sur de La Soledad, hay sobre esa vía un lugar, uno esquinero y nacido por iniciativa del ICOMOS de Costa Rica, pero regentado por una doble artista: Mercedes Ramírez, que sabe tanto del arte del cine como del culinario gozar. El Café del Paseo por eso, quiere recordar toda esta historia descrita y mucho más, quiere adentrarse en ese patrimonio cocido que se cree perdido y que engalanó algún día nuestro josefino paladar, recetas que provenientes de aquí o de allá, quieren volver a ser y hacer historia en un histórico sitio, en una esquina para recordar lo que fuimos como ciudad, y lo que fue esa arteria capitalina en el Barrio de la Soledad. Una esquina y un café de hoy en el Paseo de ayer, para construir un mejor mañana ciudadano que vendrá con los paseantes nacionales y extranjeros, como vinieron en su día aquellos estudiantes atareados, bravíos, mañaneros, a pasear su ilusión por una patria mejor. Josefino, este café nos recibe a todos con mucho gusto y mejor sabor..., solo nos resta visitarlo.


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