Vuelta de hoja: Truman CapoteLa

Capote, Borges y Escazú

César Valverde
cvalverd@iwu.edu

El escritor egomaniaco da para llegar hasta Escazú

"Capotemanía" permite comparar el filme con el personaje real y su biografía.

La capotemanía del último año sería sin duda motivo de gran satisfacción para el narcisista escritor, genio de la autopromoción, aunque la nueva versión de su biografía venga con una foto del actor Philip Seymour Hoffman en su portada. Hoffman hace el papel estelar en el filme Capote y recibe por ello el Oscar, convierténdose en el tercero, junto con Tom Hanks en Filadelfia y William Hurt en Beso de la mujer araña, en recibirlo por representar un hombre homosexual.

La película se basa en cinco de los sesenta capítulos de la biografía de Capote, publicada en 1988 por Gerald Clarke. Es un libro fascinante, producto de trece años de trabajo, pero en su debut cinematográfico, el director Bennett Miller no intenta capturar lo glamoroso, pícaro o carnavalesco de Capote. Opta por un tono austero, reflejo del lugar donde se comete el atroz crimen que Capote reporta; es con eso que abre la película, y cierra seis años después con la publicación de la crónica de los asesinatos.

Vemos cómo en 1959 Capote lee sobre un crimen brutal en Kansas: cuatro personas son asesinadas a sangre fría, cuando atados y yacientes les vuelan los sesos en su propia casa. Las víctimas no son ricas, sino miembros de una tradicional familia rural. Algo de la incongruencia y brutalidad del crimen le llama la atención a Capote y viaja a Kansas. El periodismo no es nuevo para Capote, había escrito varios artículos importantes y piensa que este será otro más; no se da cuenta que será un libro abrumador el cual le robará seis años de su vida y marcará el principio de su propio fin.

La actuación de Hoffman captura cómo Capote es a la vez un manipulador que se aprovecha de la ingenuidad y vulnerabilidad de los acusados para extraer los detalles que necesita, pero también un hombre inseguro que se identifica con las víctimas y los asesinos. Seduce a criminales e investigadores para que hablen, se acerca a ellos y hace que confíen en él; pero también necesita ver que sean ejecutados, o aún peor, liberados, para poder darle fin a su libro. El trabajo de Miller resulta en una película fría y calculada, escalofriante, pero da un retrato muy parcial de la vida de Capote. La biografía de Clarke se publica cuatro años después del aparente, doloroso y lento suicidio de Capote en 1984 y es infinitamente más denso que el filme. Es una obra hipnotizante, una biografía novelada, casi una novela sin ficción, donde se le da a Capote exactamente lo que quería: una historia donde "nada, absolutamente nada" queda por fuera. Nos muestra cómo Capote pasa de ser una voz fresca y encantadora en su primera novela, Otras voces, otras habitaciones, a ser el hombre hinchado, repulsivo, temible y desequilibrado del final de su vida. Clarke nos obliga a ver más de lo que hubiéramos querido ver, pero lo hace con un equilibrio fino y cautivante que es inusual en un autor tan inmerso en su sujeto. El nudo gordiano que forman Capote, A sangre fría, su biografía y película nos hace pensar en Borges: los límites entre ficción y realidad se borran, la identidad no es única y los seres se desdoblan, y en el proceso de la escritura ¿los autores describen una realidad o más bien la crean?

Para Clarke, su viaje empieza con una simple llamada teléfonica a Capote: "Truman, me han pedido que escriba tu biografía. ¿Cooperarías?" "Claro", fue su respuesta. "Si hubiera sabido lo que duraría en escribir A sangre fría, y lo que sufriría en el proceso, nunca hubiera parado en Kansas", escribió Capote. Clarke siente lo mismo: de haber sabido que sufriría tanto no se habría detenido en Capote. Cuando abordó el tema de Capote, a mediados de los setentas, ya era un periodista establecido con una larga lista de entrevistas importantes, y pensó que la biografía de Capote no sería muy diferente de su trabajo anterior. Pero no anticipó el drama que rodeaba la vida de Capote, drama en el cual se vio involucrado, sin querer, en varias ocasiones. Como Capote con los asesinos, la relación de Clarke con su entrevistado fue una de mutua explotación: se hicieron buenos amigos y compartieron mucho, tal vez demasiado, Clarke acumulando los detalles íntimos que requería, Capote asegurándose de tener una biografía completa y de gran calidad.

Capote en luz y sombra. Esos años fueron para Clarke el trabajo más arduo, y emocionante, de su carrera y el resultado es un esfuerzo monumental. En sus casi 600 páginas, la biografía busca, y encuentra, un delicado equilibrio entre los pormenores de su vida personal y la concepción de sus obra literarias. La simpatía que siente Clarke por Capote es obvia, pero también es capaz de mantener la distancia necesaria para presentar lo más desagradable, pero necesario: su egocentrismo, su inseguridad, sus celos rapaces, sus adicciones, su hipocresía. Clarke nos relata cómo Capote le cuenta que los personajes ridículos y detestables de su nuevo relato, La Côte Basque, representan amigos suyos de la aristocracia. "No les va a gustar leer esto", le dice Clarke. "No te preocupes", responde Capote, "son demasiado tontos para darse cuenta". Pero no fueron tan tontos como pensaba, y como Clarke predijo, no les gustó leerse en ese relato y Capote fue rechazado por sus amistades de las altas esferas. Fue expulsado del Olimpo.

Capote no soportaba la crítica y la fragilidad de su ego se manifiesta en esta reacción. Después de publicar A sangre fría, Capote estaba convencido de que debía recibir el Premio Nacional al Libro (premio que su amante, Newton Arvin, había recibido en 1951), o el igualmente prestigioso Pulitzer; sin embargo, no recibe ninguno y un espía le cuenta que uno de los jueces, Saul Maloff, convenció al jurado de no darle el premio por ser demasiado comercial. Cuando después le preguntan a Capote qué libros le gustaría regalar para navidad, responde: "la nueva novela de Saul Maloff se la regalaría a mi amigo Frank Sinatra, pues padece de insomnio. Esa pequeña novela adormecedora, una antología de cada cliché literario existente, tranquilizaría hasta un canguro acelerado a punta de anfetaminas". Sal en la herida fue que después Norman Mailer recibiera ambos premios literarios, utilizando el estilo que popularizó Capote en esa década, el llamado nuevo periodismo o novela sin ficción. "Hice algo verdaderamente innovador, ¿y quién recibe los premios? Mailer, quien me dijo que lo que yo hacía con A sangre fría era estúpido y quien después se sienta y se lo roba completamente. No ha habido hurto literario más grande en el siglo veinte", dijo indignado Capote.

Aunque no es lo mismo hablar de Aristóteles Onassis y Elizabeth Taylor que de la élite social y artística de Costa Rica, los mecanismos que operan son comparables: es la misma dinámica entre la clase adinerada, los medios de comunicación cultos y los artistas que se ganan la vida vendiendo su obra a los que puedan pagarla. Como Capote bien sabía, una obra artística se valora no solo por su calidad intrínseca, sino también por la interacción social del artista. ¿Qué debe hacer un pintor para que el coleccionista decida que un cuadro suyo vale diez mil dólares y no diez mil colones? Pintar bien, claro; pero eso no es todo. También debe haber un proceso de autopromoción, un integrarse al mundo de los ricos, un hacerles sentir que se es uno de ellos para que resulte tan indispensable tener un cuadro de fulanito en la sala como el invitarlo a una fiesta.

La historia es cíclica, nos recuerda Borges, y hace unos años un pintor costarricense de mucho renombre tuvo un pleito muy público en las páginas de este periódico con un joven crítico de arte que insolentemente (según el artista) lo tildó de decorativo y comercial, de producir arte que las señoras del Country Club colgaban en sus comedores formales. No era arte verdadero porque no era diferente, no era de vanguardia; era trivial. El pintor, que al igual que Capote trabajó muchos años para ser aceptado y respetado en los altos círculos, lo vio como un ataque contra su arte y sus amigos. Y como Capote, no soportaba un ataque personal y la emprendió contra el crítico: "un jovenzuelo atrevido que ni siquiera había terminado sus estudios de Artes Plásticas en nuestra provincial Universidad de Costa Rica, ¿pretendía decirle qué era arte verdadero?" El crítico indignado exigió saber cómo obtuvo el pintor sus expedientes universitarios (¿tendría un espía?), pero finalmente perdió impulso y se disipó el enfrentamiento. Lo más cómico, o trágico, es que ahora ese mismo crítico se gana la vida vendiendo arte a señoras del Country Club, quienes asisten a su galería escazuceña para comprar lo que está de moda y colgarlo en sus comedores. ¿Estarán comprando arte comercial o verdadero arte? Me gustaría saber qué pensaría Truman Capote al respecto.


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