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El eslógan feminista “lo personal es político” entró al
discurso público a finales de la década de 1960, y la imposibilidad
de separar la acción personal de la política ha sido a menudo
temática del autor peruano Mario Vargas Llosa. Sus dos novelas anteriores
lo demuestran con una investigación exhaustiva y una técnica
narrativa exquisita: La fiesta del chivo (2000) relata la imposición
de lo personal sobre lo político durante la dictadura de Trujillo; y
El paraíso en la otra esquina (2003) contrasta el trabajo social de
la feminista Flora Tristán con el hedonismo desmedido de su nieto, el
pintor francés Paul Gauguin. La más reciente obra de ficción
de Llosa se lanzó en mayo con un tiraje de trescientos mil ejemplares
en castellano: Travesuras de la niña mala (2006) presenta otra variación
de “lo personal es político”, pero sin la riqueza sicológica
o estructural de sus otras novelas.
Esta nueva entrega es fruto de “un 50% de memoria y otro 50% de fantasía” y
Llosa se jacta de que no ha “tenido que hacer ningún trabajo de
investigación, sino cerrar los ojos”. El resultado es un mosaico
histórico y geográfico que sirve de fondo a una historia de amor
folletinesca: una relación tormentosa de casi cuatro décadas
con una dinámica que muestra una y otra vez por qué ella es “la
niña mala” y él “el niño bueno”. Él, “auténtico” y
con conciencia social (llora cuando matan a su amigo revolucionario en el Perú),
ella, cínica explotadora de oportunidades (consigue una beca para “hacerse
guerrillera” en París a pesar de declararse completamente apolítica).
El bueno y la mala se encuentran y reencuentran a través de sus vidas:
primero en un barrio limeño, donde ella se hace pasar por chilena para
ocultar su “huachafería”; luego en el París de los
sesentas, donde aparece primero como revolucionaria y luego como la mujer de
un diplomático; en Londres como la esposa de un criador de caballos;
en Tokio como la amante de un mafioso de la Yakusa; en Madrid, ya demacrada
por sus “travesuras”. Pero mantiene siempre una constante: obtener
lo mejor para sí misma y escalar socialmente, una pícara en el
mejor y peor sentido de la palabra.
Los encuentros de los amantes, sin embargo, son poco creíbles. Como
un deus ex machina, ese dios que descendía al escenario para resolver
una trama enrevesada, se nos aparece repetidamente la niña mala y nos
movemos de una escena a otra, de una década a otra. Y la niña
mala resulta también poco creíble como personaje, algo que parece
reconocer uno de los muchos hombres que engaña: “La deslealtad
no puede llegar a esos extremos. Tanto cálculo, tanta hipocresía,
es inhumano”. Ciertamente lo es: no nos resulta humano su comportamiento,
es la estereotípica vampiresa, man eater, mala de la telenovela, es “la
fascinación que ejerce sobre el pajarito la cobra que lo hipnotiza antes
de tragárselo, la pecadora sobre la santa, el diablo sobre el ángel”.
El protagonista y narrador es Ricardo Somocurcio, el pajarito, el santo, el ángel.
La novela asume, desafortunadamente, un estilo narrativo que refleja su personalidad;
cuenta su historia de una manera lineal, llana, sin pena ni gloria. Él,
mediocre y sin ambición, nos cuenta la historia de igual modo. En otra
novela de Llosa, Lituma en los Andes (1993), el protagonista resuelve un crimen
cuando deja de lado la investigación racional y se deja llevar por la
intuición: se imagina cómo pudieron haber sido las cosas y tenemos
una narración que en lugar de decirnos lo que ocurre nos lo muestra.
En Travesuras de la niña mala simplemente se nos dice lo que ha pasado
sin mucho esfuerzo por mostrárnoslo. Ricardo “trata de imaginar” en
ocasiones lo que ha ocurrido, pero desgraciadamente no lo consigue. Lástima.
Rescatable de la novela son las radiografías incisivas y depuradas de
las ciudades donde se desarrolla la trama. Las modas, los movimientos culturales,
los matices propios de cada metrópolis se captan con ojo agudo: Miraflores
y su edénica inocencia de los 50; un París epicentro de movimientos
culturales y poblado por Jean Cocteau, el Sha de Irán y el revolucionario
peruano Luis de la Puente; un Londres hedonista y decadente de sexo, drogas
y rock and roll; un Tokio laberíntico y exótico de mafiosos,
sake y sadomasoquismo; y un Madrid babélico de chinos, hindúes
y marroquíes. Eso podría ser suficiente para contrarrestar los
personajes de cartón y la trama predecible. Tal vez. Usted decida.