Costa Rica, Domingo 9 de diciembre de 2007

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Ciencia

Con la punta de los dedos

  Autoconvicción Conseguir nuestros objetivos depende de la confianza que tengamos en nosotros mismos

Enrique Margery Bertoglia | enrique.margery@gmail.com

Todas las personas manejan juicios particulares acerca de lo que son capaces de hacer. De este modo, el tamaño de los obstáculos que enfrentamos –o la distancia que nos separa de las metas que perseguimos–, están determinados por la confianza que tengamos en nuestros talentos: frente a un mismo obstáculo, donde alguien ve un reto superable, otro verá una barrera insalvable.

Albert Bandura (un reconocido psicólogo canadiense) definió la autoeficacia percibida como el conjunto de creencias de una persona acerca de sus capacidades, ideas que determinan como siente, piensa, se motiva y actúa.

Así, las personas con altas creencias de autoeficacia ven, en las tareas difíciles, desafíos que deben vencer, más que amenazas por evitar; se fijan metas exigentes, sostienen el esfuerzo para alcanzarlas y se recuperan rápidamente de sus fracasos (los que atribuyen a un esfuerzo insuficiente o a la ausencia de competencias que son desarrollables). De hecho, facilitan sus logros al afrontar situaciones desafiantes con la convicción de que pueden ejercer control sobre ellas.

Todo lo contrario ocurre con las personas con bajas creencias de autoeficacia, quienes tienden a dudar de sus capacidades, evitan tareas retadoras y se rinden ante las primeras señales de problemas.

La creencia se construye. Aunque el éxito nunca está garantizado, las fuertes creencias de autoeficacia mejoran nuestras posibilidades frente a las bajas creencias, que impulsan una “autoprofecía derrotista” y nos empujan, de entrada, a renunciar al reto.

Un fuerte sentido de autoeficacia se desarrolla principalmente gracias a las experiencias de éxito: superar los obstáculos y alcanzar las metas nos convencen de que poseemos las competencias para superar las adversidades y robustecen la confianza en la capacidad personal.

Claro está que los retrocesos y las dificultades también tienen un gran potencial pedagógico pues nos enseñan que lograr resultados demanda sostener el esfuerzo durante un tiempo, perseverar frente a la adversidad y salir fortalecidos de las experiencias de derrota (una capacidad llamada “resiliencia”).

Una segunda fuente de desarrollo de estas creencias es observar a personas similares superar obstáculos y alcanzar metas (algo que los entendidos llaman “aprendizaje vicario”). Esto refuerza, en el individuo, la idea de que también es capaz de hacerlo (“si alguien igual que yo pudo, entonces yo también puedo”).

Más aún, esos modelos contra los que nos comparamos cumplen una segunda función: al observar su actuación frente a situaciones retadoras, nos transmiten conocimientos y enseñan nuevas habilidades y estrategias.

La persuasión social es una tercera fuente de creencias de autoeficacia: las personas que son persuadidas verbalmente de que poseen las capacidades para superar los retos, tienen una mayor probabilidad de movilizar un mayor esfuerzo y sostenerlo.

Por ello, los buenos maestros, mentores y entrenadores hacen mucho más que dar palmaditas en la espalda: Hacen tres cosas. Primero, estructuran situaciones (desafíos, proyectos, presentaciones, etc.) donde sus dirigidos pueden alcanzar el éxito y afianzar progresivamente sus competencias, evitando exponerlos prematuramente a otras, ante las cuales es más probable que fallen. Segundo, intentan medir el éxito de cada persona en términos de su propio mejoramiento y no del triunfo sobre otros. Tercero, saben que un estado de ánimo positivo fortalece la autoeficacia percibida y que los individuos se basan en sus estados corporales y emocionales para juzgar sus capacidades, por lo que ayudan a otros a reinterpretar el estrés, la fatiga y el dolor como señales de progreso, en lugar de verlos como signos de debilidad y problemas.

Así vemos el futuro. La valoración de cada persona acerca de su eficacia (lo que “se dice a sí misma”) determina el tipo de escenarios que construye y el modo en que actuará.

Las personas con altas creencias de autoeficacia visualizan escenarios de éxito que les proveen de guías que favorecen un buen resultado. Aquellas con bajas creencias anticipan escenarios de fracaso, exageran la severidad de las posibles amenazas, temen cosas que difícilmente ocurrirán y se dejan paralizar por las muchas cosas que podrían salir mal.

Esto permite subrayar un punto clave: la eficacia de cada individuo nace de sus propias creencias de eficacia.

Como señala Bandura, las personas evitan actividades y situaciones que creen que exceden sus capacidades, pero se embarcan en otras que se juzgan capaces de manejar. Luego, a través de estas elecciones, desarrollan diferentes talentos, intereses y redes sociales que marcan el curso de sus vidas.

La voz interior. Nuestros padres cruzaban despreocupadamente la calle, jugaban con calcetines rellenos en canchas abiertas y se subían a los árboles para bajar guayabas y nísperos. Nuestra generación iba y venía caminando de la escuela, acariciaba perros sin dueño e improvisaba canchas en la calle.

Sin embargo, a nuestros hijos les ha tocado vivir en una sociedad del riesgo –envuelta en una atmósfera competitiva– y no tienen acceso a muchos de estos espacios. Por ello, la actual y las nuevas generaciones necesitan de un fuerte sentido de autoeficacia para salir adelante. Ayudar a fortalecerla es una de las tareas más importantes de la familia y la escuela.

Los padres y madres son los primeros constructores (o no lo son) de las creencias de autoeficacia. Pero también, a lo largo de nuestras vidas, toda una serie de amigos y conocidos nos dan ejemplos de estilos eficaces de pensamiento y conducta, y son fuente de comparación y verificación de nuestros talentos.

Mención aparte merece el sistema educativo –desde la escuela hasta el colegio, y más allá–, donde necesitamos docentes que asuman la construcción de creencias de autoeficacia en sus estudiantes como la tarea central y base de la promoción de la autonomía del individuo, fin último de la Educación.

Venimos al mundo a escribir libros, hornear panes, pintar cuadros y paredes, curar enfermos, construir puentes y ayudar a otras personas a aprender. Estamos aquí para ser constructores eficaces dentro de lo que de Hanna Arendt llamaba “la gran red de las relaciones humanas”. Ese es un reto vital y nos recuerda que, para ganar la confianza de otros, debemos comenzar por confiar en nosotros mismos.

Por eso, debemos alimentar continuamente nuestras creencias de autoeficacia: aquella voz interior que nos alienta a seguir adelante, a dar el último esfuerzo para coronar el éxito o reunir fuerzas para levantarnos tras un fracaso. Es la misma voz que escucha el corredor en la última fracción de segundo, recordándole que la suerte no sirve de nada a quien no la persigue, justamente cuando la meta está tan cerca que se puede tocar, con la punta de los dedos.

EL AUTOR ES DIRECTOR DEL PROYECTO DE CONVERSACIONES ORGANIZACIONALES PARA LA ACCIÓN Y EL COMPROMISO HUMANOS.

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