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Domingo 21 de enero, 2007
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Archivo / LA NACIÓN
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La hipsipila de Darío

Enlace. Biología y literatura se dan la mano en formas insólitas: he aquí un bello ejemplo.

Luko Hilje Quirós
luko@ice.co.cr

A mediados de diciembre en La Nación , en su columna dominical La tribuna del idioma , de la cual soy asiduo lector y cuyo autor más de una vez me ha resuelto dudas idiomáticas con gran gentileza, este planteó una cuestión que me intrigó al instante. Denominada ese día Un par de temas extraños , don Fernando Díez Losada respondía en su columna a algún lector sobre el significado del término “hipsipila” en el conocido poema “Sonatina”, del nicaragüense Rubén Darío.

Don Fernando elaboró una posible explicación, remitiéndose primero al nombre de una mujer de la mitología griega sobre la cual, para mi ilustración, en la Internet he hallado rica e interesante información adicional a la aportada por él. Por ejemplo, yo desconocía que hay una obra de teatro trágica con dicho nombre, del célebre Eurípides, del cual alguna vez tuvimos la fortuna de ver Las troyanas , Ifigenia y Electra . Más aún, que su autor la escribió poco antes de morir y que fue estrenada en Grecia en el año 408 a.C., pero que el manuscrito desaparecería.

Por fortuna, muchos siglos después aparecerían amplios fragmentos de la obra en la antigua ciudad de Oxyrhynchus, que está relativamente cerca de El Cairo, Egipto. En efecto, entre unos 100.000 papiros hallados gracias a las excavaciones de investigadores de la Universidad de Oxford, emprendidas desde 1896, apareció casi un tercio de los versos que componen Hipsipila. Se dice que fue cerca del año 200 d.C. que dichos versos fueron transcritos en el papiro hallado, y se publicarían formalmente en 1908.

Curiosamente, habría que esperar unos 2.400 años para ver puesta de nuevo en escena dicha obra, lo cual ocurrió a fines de agosto de 2002.

Reconstruida a partir de fragmentos por un traductor y experto en las tragedias de Eurípides, esta resucitaría a la historia en la propia Grecia, en el maravilloso teatro de Epidauro –construido en el siglo IV a.C.– , como parte del Festival Helénico.

Según la narración, Hipsipila era la hija de Toas, rey de la isla de Lemnos. En cierto momento, puesto que el culto a Afrodita –diosa del amor– fue abandonado por las mujeres de la isla, ella las castigó, tornándolas poco atractivas, ante lo cual los hombres buscaron cautivas extranjeras. Entonces, las mujeres se vengaron matando a todos una noche, pero Hipsipila pudo esconder a su padre en la isla de Quíos.

Heredera del trono, pronto se convirtió en reina de Lemnos. Un día llegaron allí los argonautas, expedicionarios que tenían por misión conseguir el vellocino de oro, que era la piel de un carnero dorado volador, engendrado por Poseidón y Teófane. Hipsipila no solo los albergó, sino que de su unión carnal con Jasón, su líder, procreó a los gemelos Euneo y Thonates. Pero, por ser varones, estos también estaban destinados a morir y, al intentar salvarlos, se revelaría el secreto de Quíos.

Por ello sería desterrada, y después raptada por unos piratas y vendida como esclava a Licurgo, rey de Nemea, donde se le encargó cuidar a Ofelces, su único hijo. Un día de tantos, al toparse con los ejércitos de los siete generales que se dirigían a tomar Tebas y orientarlos hacia una fuente donde calmar su sed, ella descuidó a Ofelces, quien murió mordido por una serpiente. Inculpada por Licurgo, sería rescatada de manera oportuna por sus hijos, quienes eran miembros de uno de esos ejércitos griegos, tras lo cual los tres regresarían a Lemnos.

Pero... bueno, enterados de esta historia, cabe preguntarse por qué, entre tantos ayes y lamentos de la princesita del poema de Darío (“La princesa está triste... ¿qué tendrá la princesa? / Los suspiros se escapan de su boca de fresa, / que ha perdido la risa, que ha perdido el color”), el poeta se deja decir “¡Oh quién fuera hipsipila que dejó la crisálida!”. Es decir, ¿qué conexión podría haber entre la Hipsipila de Eurípides y una mariposa? Recordemos que el término crisálida corresponde a la pupa o capullo de las mariposas; es decir, al estadio del cual emerge el adulto. Obviamente, ninguna conexión.

Don Fernando señala que “algunos críticos literarios afirman que Rubén [Darío] tomó este término con el significado hechizo de mariposa , simplemente porque le gustó el sonido trifónico de la i en esa voz, muy adecuado para la i bifónica en la esdrújula crisálida de la siguiente frase”. Es decir, la licencia literaria dariana permite convertir a la otrora reina de Lemnos en mariposa, así sin más ni más, tan solo para que armonice en sonoridad con ese verso en particular y con el poema en su conjunto. Eso me parece totalmente infundado, y creo que más bien ese gran innovador del modernismo que fue Darío... ¡alguillo sabía de entomología, al menos de oídas! Me explico.

Para los biólogos es común el uso de nombres científicos, con raíces latinas o griegas, para referirse a las plantas y animales, desde que el sueco Carlos Linneo (1707-1778) propuso el sistema binomial de nomenclatura. Por eso la mosca casera se denomina Musca domestica y ninguna otra especie se llama igual. Pero son solamente los taxónomos quienes bautizan las especies y pueden asignar a estas, por supuesto que respetando ciertos cánones y convencionalismos, el nombre que quieran.

Uno de esos taxónomos, especialista en mariposas, fue el francés Émile Louis Ragonot (1843-1895). Hace 120 años, su colega inglés Frederic Moore (1830-1907) había recolectado en Sri Lanka (Ceilán) larvas y adultos de una palomilla, que describiría y bautizaría en 1886 como Magiria robusta en su monumental obra The Lepidoptera of Ceylon . Pero dos años después, Ragonot bautizaría esa misma especie –esta vez recolectada en la India– con el nombre de Hypsipyla pagodella . Por cuestiones técnicas que no es del caso relatar aquí, hoy esa especie se llama Hypsipyla robusta , y es una seria plaga de maderas preciosas (cedro australiano, caoba africana, etc.) en los trópicos del Viejo Mundo.

Pero, ¿de dónde tomó Guyenot ese nombre y por qué lo usó? De seguro que de la mitología griega, como lo han hecho varios taxónomos –y el propio Guyenot con otras especies– a lo largo de la historia. Supongo que lo eligió por sonoro, mas no por aludir a la supuesta belleza de la reina de Lemnos, ya que el adulto de este insecto es una pequeña mariposa parda, tan fea como todas las palomillas nocturnas.

Y, ¿dónde oyó Darío este nombre, que tanto le atrajera? Mi hipótesis es que no fue en París (en uno de cuyos museos aún están los especímenes recolectados por Guyenot), sino en algún país de América, pues Sonatina fue escrita en 1893, cuando él todavía no había residido allá. Y, más aún, que no se debió a la Hypsipyla pagodella de Guyenot, sino a Hypsipyla grandella , que es exclusiva del trópico americano, la cual había sido recolectada por el alemán Philipp Christoph Zeller en Brasil en 1848 y remitida a Guyenot. Supongo que alguno de los muy pocos entomólogos locales le mencionó alguna vez a Darío el nombre de tan seria plaga de nuestros cedros y caobas y, por sonoro, lo incluyó en su poema.

Por su relevancia para nuestro continente, a Hypsipyla grandella se le dedicó un gigantesco proyecto en los años 70 en el IICA (hoy CATIE), en Turrialba. Y en la contratapa del primero de los tres amplios volúmenes de resultados, su editor Peter Grijpma –supongo que inducido por algún entomólogo latinoamericano– tuvo la buena idea de incluir el poema Sonatina , resaltando la palabra “hipsipila”.

Quienes hemos continuado esos esfuerzos confiamos en que un día hallaremos métodos eficaces, rentables y ambientalmente benignos para manejar esta plaga, que tanto exaspera a productores forestales e investigadores. Y ahora que gracias a la columna de don Fernando me he cultivado un poco más, debo confesar que envidio muchísimo a Jasón, pues hubiera preferido tratar con su hermosa y valiente Hipsipila que con esta palomilla tan fea y dañina. ¡Pobre yo! ¿Cómo no voy a estar triste?

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