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| Domingo 22 de julio, 2007 |
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Nuestra educaciónuniforma y categoriza a los estudiantes en “talentosos” y “problema”. Archivo |
La fábrica escolar
‘Industria’ LA ESCUELA TÍPICA, hija del mecanicismo, PRODUCE educandos EN MASA Y DE BAJA CALIDAD ACADÉMICAEuropa vivió una etapa turbulenta en la primera mitad del siglo XVII, matizada por guerras de religión y grandes adelantos científicos. René Descartes (1596-1650), un filósofo francés de la época, dedicó su vida a diseñar un método para la reflexión que estableció las bases de la ciencia moderna.
En el Discurso del método (1637), Descartes expuso su fórmula, basada en la aplicación de cuatro reglas: no admitir nada como verdadero sin conocer con certeza que así es, dividir los problemas en tantas partes como haga falta para solucionarlos mejor, ir de lo más simple hacia lo más complejo y hacer revisiones amplias de lo estudiado para estar seguros de no haber dejado nada por fuera.
Inspirada en las ideas de René Descartes, la revolución científica iniciada por Isaac Newton (1642-1727) con el desarrollo del cálculo y las leyes de la mecánica clásica, impuso un método de investigación que rechazaba todo aquello que no podía ser demostrado matemática o físicamente.
Paradigma mecanicista. Tanto Newton como Descartes fueron ilustres impulsores del “mecanicismo”, un paradigma que confía en poder explicarlo todo con base en tres procesos elementales e interdependientes.
Primero tenemos el análisis , la idea de que hay que desarmar las cosas para estudiarlas; luego, el reduccionismo : a fuerza de desarmar y desarmar, llegaremos hasta los componentes elementales e indivisibles que explican toda la realidad; finalmente, el determinismo declara que, una vez desarmado todo, las interacciones entre las partes pueden explicarse mediante relaciones simples de causa-efecto.
El trabajo de Newton fue continuado a finales del siglo XVIII e inicios del XIX por Pierre Simon de Laplace (1749-1827).
Apodado el “Newton francés”, Laplace llevó el asunto al extremo al imaginar una inteligencia capaz de conocer todas las fuerzas de la naturaleza y procesar todos sus datos: para ella nada sería incierto y sería capaz de explicar, “en la misma fórmula, los movimientos de los mayores cuerpos del universo y del más ligero átomo”.
Este intelecto que todo lo sabe es conocido como el “demonio de Laplace” e ilustra una visión de mundo determinista, donde nada ocurre por casualidad, todo es el efecto de algo (su causa) y no hay lugar alguno para el azar, la elección y la ambigüedad.
La creencia básica del mecanicismo es que el universo es un perfecto mecanismo de relojería cuyos fenómenos son explicables mediante relaciones sencillas de causa y efecto. Esto hace posible la predicción: si se acciona la causa, se obtendrá el efecto. Una vez que podamos predecir cómo se comportarán las cosas, podremos controlarlas.
En el ámbito social, el mecanicismo dio lugar a la Revolución Industrial. Al aplicar el análisis al trabajo, este se descompuso en elementos mínimos y repetitivos, lo cual dio nacimiento a la moderna cadena de producción en serie.
Industria pedagógica. Creada para servir al desarrollo del naciente Estado-Nación en la Europa del siglo XVIII, la escuela formal o moderna apareció al mismo tiempo que el modo de producción industrial. Las escuelas siguieron el modelo de la fábrica y, de este modo, el mecanicismo llegó a las escuelas, donde la noción de línea de producción en serie dio lugar al nacimiento de la “fábrica escolar”.
Como apunta Peter Senge en Escuelas que aprenden , los problemas de la “fábrica escolar” son difíciles de ver –ya no digamos atacar– para quienes somos producto de ella. Veamos los más graves.
Una línea de producción eficiente requiere de un producto y un proceso estándar. Por ello, la variabilidad es un mal que debe combatirse mediante la estandarización (cuyo ideal es generar productos idénticos, todo el tiempo).
Además, la línea de producción tiene supervisores, encargados de mantener la motivación y la disciplina, así como diferentes estaciones de trabajo, a través de las cuales los materiales van siendo transformados en el producto final.
En la escuela convertida en “fábrica escolar”, la estandarización produjo una separación entre estudiantes “talentosos” (que aprenden a la velocidad de la línea de producción) y “problema” (los que no logran mantener el paso); la autoridad fue ejercida por maestros y directores (adiós a la autodisciplina y la motivación intrínseca) y los alumnos se convirtieron en materia prima, asimilados no como creadores activos del aprendizaje, sino como el “producto en proceso” (pasivo) de la “línea de producción pedagógica”.
Estos problemas dieron lugar a creencias tácitamente aceptadas: que los niños son deficientes y la escuela los corrige (“en sexto aprendí que era nulo para la mate ”), que se aprende solo con la cabeza y no con todo el cuerpo (“¡quédese quieto, concéntrese!”), que todos debemos aprender de la misma manera (“siete tipos de inteligencia, ¡una locura!”), que se aprende sólo en la clase y no en el mundo (“¿qué te enseñaron hoy en la escuela?”) y que no hay aprendizaje sin enseñanza: el aprendizaje (el efecto) es el resultado de la labor del profesor (la causa).
Fracasos y tareas. Pocos profesores son conscientes de que nuestro actual sistema de enseñanza responde a la visión mecanicista del mundo. Sin embargo, lo cierto es que en la escuela se les da gran importancia a las cantidades y a los hechos; en los exámenes sólo hay una respuesta correcta, y cuantos más detalles podamos memorizar, mejor nos irá. Sin embargo, se otorga poca o ninguna atención a las relaciones entre las cosas y su contexto, a lo subjetivo y lo cualitativo.
Edgar Morin apunta que “la hiperespecialización impide ver tanto lo global (que fragmenta en parcelas) como lo esencial (que disuelve)”. No obstante, bajo el supuesto de que cuanto más sepamos de las partes, más preparados estaremos para conocer el todo, el aprendizaje se ha fragmentado en campos de estudio cada vez más restringidos y desconectados. Por eso, los bultos de los escolares pesan toneladas, los colegiales apretujan materias en sus horarios y los universitarios deben escoger entre cientos de carreras.
En nuestros días, la “fábrica escolar” hace agua, transformada en una torre de Babel en la que las soluciones de corto plazo y las medidas radicales corren, vacilan y gritan sin jamás escucharse ni encontrarse. Algunos apuestan a hacer más de lo mismo y, si no funciona, a hacerlo con más fuerza; a otros les resulta más fácil atacar los síntomas que tratar las causas.
Es cierto que, además de criticar, debemos aportar soluciones. Podría dedicarse un artículo a este asunto, pero la mitad de la solución está en tener claro el problema.
Nuestro actual modelo educativo responde al mismo paradigma que dio origen a la cadena de producción industrial. Ello explica por qué las reformas al sistema están condenadas al fracaso: siguen viendo a la escuela como una fábrica. No importa cuán eficiente hagamos a la fábrica escolar, seguirá siendo una fábrica.
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