Esta edición
Domingo 03 de junio, 2007
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11 de abril.Pintura de la Batalla de Rivas elaborada por el artista Óscar Vargas en 1983, la cual forma parte de la colección del Museo Histórico Juan Santamaría, en Alajuela. Archivo
Historia

Walker, los ‘buenos’ y los ‘malos’

Campaña Nacional NO ES SENSATO FORMULAR ESTRICTOS PARALELISMOS ENTRE HECHOS POLÍTICOS DE ÉPOCAS DISTINTAS

Lowell Gudmundson
lgudmund@mtholyoke.edu

Para los amantes de la polémica historiográfica, las conmemoraciones del sesquicentenario de la Campaña Nacional han dado una oportunidad para contribuir a un mundo cada vez menos interesado en temas históricos. Los intercambios algo acalorados entre Iván Molina, Juan Rafael Quesada y Armando Vargas sirven de pretexto para señalar aquí dos errores lamentables, no con el afán de apagar las llamas de la controversia, sino para especificar sus profundas bases ideológicas y políticas. Primero, entre varias críticas acertadas, Molina ha insistido en que el estudio de Robert May demuestra que –contra lo insinuado por Quesada y por Vargas– el gobierno de los Estados Unidos no apoyaba oficialmente los esfuerzos filibusteros. Dicha afirmación resulta tan cierta como engañosa o incompleta.

Molina señala la tendencia a simplificar para alinear a todos “los villanos” mediante el uso de un lenguaje más nacionalista –al estilo decimonónico– que analítico. Sin embargo, en vista de la hipocresía de la política exterior estadounidense desde tiempos de Walker –recordemos la cínica práctica de “negación convincente” de Kissinger y Nixon o los mal llamados “conflictos de baja intensidad” de Reagan–, ¿qué ganamos al repetir, fuera de contexto, la bien fundamentada afirmación de May?

Sería más que ingenuo pensar que la política de Reagan en Nicaragua se basaba en los pronunciamientos oficiales o que, sin el escándalo Irán-Contra, jamás se hubiese llegado a documentar su profunda duplicidad, evidente para todos, pero perfectamente borrada de los archivos oficiales.

Versiones. Más importante para la política real en tiempos de Walker, sería resaltar las contradicciones que llevaron al magnate estadounidense Cornelius Vanderbilt (cuyos derechos en el lago de Nicaragua fueron lesionados por actos del gobierno de facto de Walker) a contribuir con las fuerzas centroamericanas y su causa, que traer a cuentas esta o aquella posición oficial norteamericana. Entonces, como ahora, la política oficial era la arena de intensos conflictos e innumerables proyectos, privados o públicos, en busca del aval público en caso de triunfar.

¿Quién no recuerda el proyecto no oficial encargado primero a Oliver North en el sótano de la Casa Blanca, revelado durante el escándalo Irán-Contra y continuado con sus interminables candidaturas y programas de radio y televisión? Más importante que las posiciones oficiales en frenarlo, fueron las revelaciones en serie de la primera administración Arias y sus aliados en el Congreso norteamericano.

El hecho de que varios de los implicados en el programa “no oficial” Irán-Contra hayan vuelto a ocupar cargos claves dentro de la administración Bush (hijo) demuestra la poca relevancia de cualquier posición oficial estadounidense. El Destino Manifiesto en 1856 –al igual que el anticomunismo más reciente y la lucha contra el terrorismo ahora– cobijaba un sinnúmero de agentes particulares y sus siniestros proyectos.

Segundo, el nacionalismo heroico, romántico y a veces simplista de los escritos de Quesada y de Vargas puede ser comprensible y hasta loable en la situación actual con un nuevo filibusterismo, esta vez plenamente oficial de parte del Gobierno norteamericano en Iraq, pero con una suerte tan deshonrosa como la de Walker.

‘Neoliberal’. No obstante, es irónico que dichos autores procuren tapar el Sol con un dedo. En su afán por establecer comparaciones directas entre las amenazas que ven en el TLC actual y el filibusterismo decimonónico, no parecen reconocer que la presidencia de Juan Rafael Mora, su héroe, se identificó intensamente con la política económica liberal, el equivalente de un TLC.

Eso ocurrió mediante la privatización de las tierras comunales como única fórmula hacia el progreso basado en las exportaciones del café allí producido. Su política generó numerosos y airados opositores en San José y Alajuela, por lo que la caída de Mora tuvo más que ver con este descontento que con lo que algunos hoy presentan como una traición confabulada por unos cuantos malos hijos de la Patria.

El nacionalismo historiográfico costarricense ha tendido a glorificar el patriotismo emotivo y sus supuestas bases en la amplia distribución de la propiedad privada de la tierra, base del ser nacional y su idiosincrasia. Sin embargo, la propiedad privada de la tierra tiene raíces históricas; combinan complejas tendencias, muchas veces opuestas (no son simplemente positivas o democráticas).

Hay por lo menos tres elementos contradictorios que apuntan contra una lectura tan morista y heroica de la Costa Rica de mediados del siglo XIX. Varios autores ya señalaron la relación entre la elección de Mora y el intento por restringir el voto a propietarios más pudientes con la Constitución de 1848. Además, Mora y José María Montealegre –su principal contrincante– se beneficiaron en lo personal de la privatización de las tierras ejidales del oeste inmediato de la capital.

En esas privatizaciones (reforzadas con la ley de cabezas de familia de 1864), la política de concesiones de tierras públicas a particulares en zonas de colonización elimi-nó casi por completo a las mujeres cabezas de familia como beneficiarias directas, a diferencia de las prácticas previas de concesión en censo o alquiler que sí las incluían.

Otra vez vemos procesos contradictorios; por un lado, la ampliación social del número de varones capaces de ser propietarios y votantes, a la par del intento –nada exitoso– de restringir el sufragio; el aumento radical en el número de varones beneficiados con tierras públicas por un lado y, por otro, mayor rigidez patriarcal.

Mora Porras, entonces, sería el arquitecto de un patriarcado más democrático, o de una democracia de más propietarios.

¿Por qué los historiadores debemos prestar más atención al contexto y al cálculo que a los eternos favoritos del nacionalismo romántico, el carácter y la conciencia de los padres de la Patria? Aunque pesen cuestiones de carácter y conciencia, más convincente es trazar los cambios en circunstancias, contexto y cálculo. De seguir con la misma clase de errores, los historiadores del siglo XXI, al tratar del presidente Óscar Arias, polemizarán sobre si contemplan al “bueno” de la política desafiante a Reagan y Premio Nobel, o al “malo” reelegido –según algunos– inconstitucionalmente y dedicado al trámite del TLC contra viento y marea.

Los futuros lectores estarían con pleno derecho de cambiar el orden de las palabras bueno y malo, basados exclusivamente en sus convicciones ideológicas, al igual que con la figura de Mora Porras actualmente.

La polémica podría ser interesante, pero, en el mundo real, los buenos y los malos no se alinean en forma tan complaciente y simple: héroes y sus fieles seguidores por acá, villanos y sátrapas por allá.

No reduzcamos la historia a las moralejas de un nacionalismo añejo, ni a un casuismo documental que a contribuiría a la popularidad de su mensaje en tiempos de marcada polarización como el actual.

Lowell Gudmundson es profesor en Mount Holyoke College (EE. UU.) y autor de Costa Rica antes del café (1986) y coeditor de Café, sociedad y poder en América Latina (2001).

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