Disquisiciones
Domingo 17 de junio, 2007
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‘DON QUIJOTE’, GRABADO DE GUSTAVE DORÉ. / LA NACIÓN
Otras disquisiciones

Las cosas, claras


Victor Hurtado
vhurtado@nacion.com

Ante Federico García Lorca, cierto amigo recitaba versos de Rubén Darío y llegó a este: “Que púberes canéforas te ofrenden el acanto”.

–De todo eso, solo he entendido el ‘que’ –replicó García Lorca.

¡Pobre Rubén, jugando de griego! Tras haberse imaginado príncipe entre sílfides; tras haber entrevisto nenúfares y cisnes nórdicos en el hirviente lago de Nicaragua, volvió para morir en León, hecho el anverso del príncipe que no fue y cansado de la gloriosa eternidad que ya empezaba a alcanzarlo.

García Lorca no lo entiende, y nosotros tampoco.

Hasta que el poeta lo termina, el poema es solamente un diccionario en estado líquido; el problema es que no todos recordamos un diccionario completo y, claro está, no entendemos ciertas palabras. El poeta no está obligado a ser claro siempre que, a cambio de la claridad, ofrezca la música (como en las arduas Soledades de Góngora).

Como siempre, los griegos fueron más sabios. Carentes de televisión, se distraían pensando.

Así descubrieron las tres “virtudes del discurso”; es decir, las características que hacen agradable y comprensible un texto.

A ese arte de gustar a los otros llamaron ‘retórica’. Sus buenos discípulos romanos tradujeron al latín los nombres de las tres virtudes y dieron: áptum (adecuación al público), púritas (corrección gramatical) y perspícuitas (claridad).

El áptum llámase ahora ‘inteligencia emocional’; o sea, ponerse en el lugar del otro antes de escribir (saber para quién se escribe). La púritas nos salva del ridículo de escribir barbaries. La perspícuitas nos invita a ser amados por la claridad.

Eso último significa no usar palabras raras si podemos utilizar otras (y menos palabras). Digamos: “Napoleón fue de baja estatura” en vez de escribir: “Napoleón ofrecía altas prestaciones para la perspectiva hipotenusa tierra-aire”.

La claridad nos enseña también a seguir un consejo de Azorín: “No pongas una idea dentro de otra; pon una idea después de otra”. No cortes una oración, no metas una oración dentro de otra.

Habría mucho que añadir; quizá lo hagamos si Dios nos da vida; puede ocurrir: ya lo ha hecho antes.

 Venganza sideral

Muy tarde, el señor Li comprendió que nació para ser mártir, o sea, voluntario de la mala suerte. Un día, el señor Li supo que existía el Nuevo Mundo e imaginó que –como su nombre proclama– allá (acá) mucho estaba por hacer. Entonces, el señor Li se embarcó –en todos los sentidos– y arribó a estas costas feraces.
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 Estreno en el CENAC

El barroco vendrá de visita el próximo jueves. El clavicémbalo, instrumento muy popular en este período artístico, llenará de dulces armonías el Colegio de Médicos y Cirujanos en manos del pianista y clavicembalista colombiano Juan Guillermo Marín.
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