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Domingo 17 de junio, 2007
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Venganza sideral



POR Víctor Hurtado Oviedo vhurtado@nacion.com

Muy tarde, el señor Li comprendió que nació para ser mártir, o sea, voluntario de la mala suerte. Un día, el señor Li supo que existía el Nuevo Mundo e imaginó que –como su nombre proclama– allá (acá) mucho estaba por hacer. Entonces, el señor Li se embarcó –en todos los sentidos– y arribó a estas costas feraces.

Llegado que hubo, el señor Li fue iniciado en los grandes ritos nacionales: el futbol y la política, los que no se diferencian mayormente pues en ambos reina el peloteo.

El señor Li fue al estadio y se deleitó –neófito él– durante 90 minutos de desorden experto, bien llevado. Claro está, al terminar el partido, comenzó otro, el verdadero.

En estos trópicos, Carl von Clausewitz hubiese dicho que la golpiza es la continuación del futbol por otros medios.

Ante el pavor del señor Li, la sudada fiesta del deporte culminó en un intercambio de criterios refrendados por enérgicas maniobras. Si los jugadores hubiesen pateado la bola como se pateaban entre sí, otro habría sido el partido. Luego aconteció el mutuo y bipartidista asalto de las barras bravas, y el señor Li aprendió que, en estos pagos, el tercer tiempo de un partido siempre ofrece más acción, más dinamismo.

A la salida, el señor Li oyó declaraciones de ídolos del futbol, percibió su sintaxis borrosa, y emitió esta frase célebre: “No tenemos militares, pero tenemos futbolistas”. En ese instante, el señor Li recibió lo suyo: el aerolito personalizado, justiciero, que le expedían las barras bravas. ¡Futbol, pasión de multitudes!

 Venganza sideral

Muy tarde, el señor Li comprendió que nació para ser mártir, o sea, voluntario de la mala suerte. Un día, el señor Li supo que existía el Nuevo Mundo e imaginó que –como su nombre proclama– allá (acá) mucho estaba por hacer. Entonces, el señor Li se embarcó –en todos los sentidos– y arribó a estas costas feraces.
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