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| Domingo 02 de septiembre, 2007 |
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El aprendizaje académicono es suficiente para vivir en sociedad. ARCHIVO. |
El currículum secreto
Destrezas ‘SABER’ NO EQUIVALE SOLAMENTE A MEMORIZAR DATOS: ES TAMBIÉN APRENDER MODOS DE VIVIRA lo largo de su vida, cada persona acumula conocimientos en tres dominios. El primero de ellos (el “saber”) representa la capacidad de registrar datos, desde simples fechas y lugares hasta complicadas poesías y clasificaciones; luego tenemos el “saber hacer”: la capacidad de ejecutar procedimientos y trabajar con reglas, como hablar un idioma, resolver una ecuación o hacer un pastel. El tercer dominio es el “saber actuar”, que nos permite afrontar lo novedoso y responder a situaciones inéditas, en las que no hay una receta para actuar.
En su libroConocer , el biólogo chileno Francisco Varela plantea que la función central de la inteligencia no es conocer en abstracto, sino dirigir el comportamiento para salir bien librados de la situación en que estemos.
La inteligencia es entonces lo que nos faculta para dar respuesta al mundo y resolver problemas reales, tales como saber conectarse con las emociones de otros, ver integralmente una situación, controlar los impulsos, aplazar las recompensas y comprometerse con lo decidido hasta verlo realizado.
La educación tradicional privilegia el saber y el saber hacer: declamar poemas, recordar nombres, capitales y fechas, recitar el número atómico de los elementos, calcular el área de un círculo, sacar la raíz de un polinomio, etc.
Sin embargo, la vida pone énfasis en el “saber actuar”, una especie decurrículum secreto que no se enseña explícitamente en la escuela. De él presentaremos cinco saberes esenciales.
Saber actuar con flexibilidad. El individuo flexible sabe ajustarse a circunstancias cambiantes, que demandan adaptar metas y objetivos y buscar nuevas perspectivas para actuar.
La flexibilidad facilita la resolución de problemas y la aceptación de riesgos para aprovechar las oportunidades, nos permite pensar “fuera de la caja” y ayuda a afrontar mejor los cambios (al ver en ellos retos en lugar de amenazas).
Desarrollar la flexibilidad demanda mantenerse alerta para combatir el “pensamiento polarizado” (ver todo en función de extremos) o el “tener razón” (pensar que siempre estamos en lo correcto y nunca nos equivocamos).
Otras estrategias incluyen evitar saltar a la acción irreflexiva y tratar de ver las situaciones desde otra perspectiva, explorando nuevas metodologías, formas novedosas de abordar los problemas y visiones frescas de las cosas (algo para lo cual resultan esenciales la apertura y la buena disposición a escuchar lo que otras personas tengan que decirnos).
Saber actuar con tolerancia a la frustración. Esta es la capacidad de reconocer nuestros errores y aprender de ellos, no rendirse ante el fracaso y recuperar la iniciativa.
Ello nos permite encarar las cosas que nos desagradan y afrontar los problemas en lugar de evitarlos, pues alguien con baja tolerancia a la frustración subraya su incapacidad para cambiar, culpa a otros de su suerte, se ve como una víctima y abandona el esfuerzo ante el primer obstáculo.
Saber actuar corriendo riesgos. Las personas buscan seguridad, predictibilidad y un entorno libre de amenazas; pero también buscan la novedad y el riesgo, como un escape de lo que de otro modo sería una vida de monotonía insoportable.
Wayne Froggatt, un reconocido investigador neozelandés, señala que poner al límite nuestras capacidades, frente a la incertidumbre y el desafío, nos ayuda a saber quiénes somos en realidad: de aquí la importancia de correr riesgos calculados para desarrollar un mejor conocimiento de las propias capacidades, llevarlas al límite y desarrollarlas.
Claro es que un verdadero reto implica que la oportunidad de éxito es similar a la de fracaso. Los extremos no sirven: los retos con probabilidad de éxito casi nula tienden a alienar; aquellos con el éxito seguro no motivan.
La tolerancia a la frustración y la capacidad de correr riesgos se desarrollan mediante la “exposición”.
Para ello, se comienza con una lista de iniciativas que se desearía emprender y en las que se arriesga la desaprobación de otros: hacer una petición que bien puede ser rechazada, exponer las ideas ante un grupo hostil, intentar proyectos desafiantes, estudiar metodologías que objetan nuestras creencias, etc.
La exposición consiste en poner en práctica esas iniciativas, una a la vez, recordando que el fracaso y la incomodidad son soportables, incrementando gradualmente nuestra tolerancia a estos dos factores.
Saber actuar con pensamiento objetivo. El mundo demanda una mente abierta y flexible, libre de “visión de túnel”, de aceptación acrítica de dogmatismos o de explicaciones mágicas.
El pensamiento objetivo es empírico pues se basa en evidencia y se mantiene abierto a todo tipo de nueva evidencia. También es lógico: se funda en hechos para alcanzar conclusiones válidas y evita creencias ilógicas, sobre generalizaciones y pensamiento prejuiciado. Además es pragmático: las ideas se evalúan en términos de su utilidad práctica.
Finalmente, el pensamiento objetivo es flexible pues sabe que nada es absoluto, que las ideas son teorías sujetas a cambio y que siempre estamos buscando nuevas explicaciones, más precisas y útiles.
El pensamiento objetivo es clave para aumentar la tolerancia a la frustración, correr riesgos y afrontar retos pues mantiene los aspectos negativos de las situaciones en perspectiva, y nos protege de caer en demandas imposibles, “pensamiento catastrófico”, ansiedad y autocompasión.
Saber actuar con aceptación de la realidad. Esto implica aceptar dos principios. El primero de ellos es el principio de realidad: las cosas son como son, no como deberían ser o desearíamos que fueran. La realidad existe, por dura que sea, de modo que la incertidumbre, la frustración y la derrota son aspectos normales de la vida, como también lo son la certeza, la ambición y el triunfo.
Luego tenemos el principio de incertidumbre: el resultado de las acciones nunca puede ser garantizado, no hay “éxito asegurado”, y las cosas no tienen por qué funcionar tal y como lo han hecho en el pasado. Unidos, los dos principios nos señalan que, al actuar, siempre experimentaremos una mezcla de triunfos, fracasos, aciertos, errores e imprevistos.
En conclusión... Estos cinco saberes nos permiten ver los errores como oportunidades de aprendizaje, intentar cosas sin dejarnos asfixiar por la demanda de éxito (que anula la capacidad de correr riesgos) y entender que nuestras capacidades se desarrollan en la toma de acción, más que en el resultado mismo.
La vida es una escuela cuyo énfasis es el “saber actuar” y siempre tiene todos los cursos abiertos. A pesar de ser gratuita, pagamos un alto precio cuando decidimos ignorar lo que nos quiere enseñar.
A diferencia de la escuela tradicional, la vida rechaza la idea de que no hay aprendizaje sin enseñanza: muchas veces nos deja sin profesor y debemos aprender por nuestra propia cuenta; y, como siempre está ahí, no nos deja faltar a clases.
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