Costa Rica, Domingo 23 de septiembre de 2007

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Juegos deespejos

1.

Los retratos nos miran a nosotros más de lo que nosotros los miramos a ellos, especialmente cuando somos niños y el retrato nos lleva toda la ventaja. Nos vigilan, también, y a veces saben cosas de nosotros que nadie se ha sabido imaginar. Ser niño y verme noche y día retratado en la sala de la casa fue temer que ya nunca más podría darles todo lo que el retrato prometió.

He crecido tratando de ocultar los efectos del tiempo sobre aquel semblante, tanto como el atónito desamparo que desde siempre vi en esa mirada. Es un niño indefenso el de la pintura, pero también un niño calculador. Depende de qué lado elija uno mirarla. Si se tapa el izquierdo y el derecho alternativamente, aparecen dos niños diferentes. El problema es que en medio estaba yo.

A un niño se lo puede describir según sus miedos o sus entusiasmos. Enlistemos por separado sus monstruos y sus héroes y obtendremos dos caras de un mismo retrato. El hombre-lobo acecha por un flanco, por el otro vigila el hombre-murciélago. He mirado el retrato tantas veces durante tantos años que puedo describirlo de memoria, sólo que nunca acabo de saber quién manda: el pavor que somete al lado izquierdo o la curiosidad que engatusa al derecho. Uno de los dos niños de todo siente miedo, pero el otro de todo quiere ser capaz.

Esta historia, y más aún la historia de esta historia, parte justo de ahí. No busco dibujar de nuevo al niño, sino acaso meterme de vuelta en la pintura y retratar un mundo sin orillas. Quiero decir, narrar lo que uno juzga inenarrable: mi juego cuando niño, mi oficio desde entonces.

Nunca he sido precoz. De niño llegué tarde a casi todo, como si cada vez que intentaba avanzar se colgara de mí el niño del retrato, con su miedo y su arrojo congelados. Lo veía en la pared, camino del jardín, y era siempre el principio de una historia que sólo yo sabía y nadie iba a contar. No la entendía, aparte, pero me inventé un juego que en adelante prohibiría el olvido, y es por esa coartada que estoy aquí contando lo incontable, moviéndole los ojos y la boca al retrato para ver si él me explica lo que nunca entendí.

No hablo concretamente de mi persona, que lo recuerda todo emborronado por las trampas arteras del subconsciente, sino del personaje que salió del retrato hacia esa sucursal del purgatorio que los olvidadizos llaman tierna infancia.

2.

Hasta donde recuerdo, siempre estaba en problemas. Era como si se pusieran de acuerdo. Mira a ese niño con la boca abierta: ¡Vamos todos a hacerlo maldecir su suerte! Y si el problema crece en la mente del niño –quien poco puede hacer por resolverlo– la solución se aleja todavía más cuando el emproblemado es hijo único. No tenía vecinos, tampoco. Para entender los códigos del mundo, había que experimentar a solas.

Sólo que estar a solas no era fácil, no para un niño cuya mera existencia implicaba el funcionamiento permanente de una pequeña guardia pretoriana. Algo como una cuna virtual cuyos barrotes, in-expugnables por invisibles, era los ojos y oídos de Alicia y Xavier, que nunca más tendrían otro hijo y a éste lo protegían como a la doncellez de María Madre.

Se enteraban al mismo tiempo, y de repente antes, si acaso El Niño padecía de hambre, frío, hipo, bochorno, tedio, calambres, antojos, miedo, mal humor, o caprichos exóticos, que tampoco faltaban. Podía pedir casi cual-quier cosa, menos que me quitaran de encima su atención; y, a lo mejor por eso, no bien lo conseguía, corría a hacerme con el primer problema que viera disponible.

Recién había cumplido los tres años cuando llegó un problema digno de recordarse. Como durante el resto de mi infancia me lo relatarían Alicia, Xavier y Celita, la abuela que jamás me permitió llamarla ‘abuela’, no sólo me perdí en una tienda grande, sino en la más grande del mundo. Eso fue lo que luego me dijeron, y yo solía escucharlo con el orgullo del niño aventurero que siempre soñé ser; pero eso fue después.

En la mañana de aquel cumpleaños –Xavier estudiaba en la Universidad de Columbia– había visto aparecer a Celita en la entrada de la recámara, con un enorme Santa Claus entre manos. ¿Celita en Nueva York también? [...]

Autor: Xavier Velasco

Editorial: Alfaguara

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