Costa Rica, Domingo 20 de abril de 2008

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Arte

A la innovación por la cultura

  Todo cambia Los modificaciones vertiginosas son actualmente la norma en la creación artística

Eduardo Ulibarri | Periodista@nacion.com

Los pintores de la Edad Media no eran fanáticos de la originalidad. Su trabajo se juzgaba más –y mejor– por el artificio de copiar que por la capacidad de crear.

En gran medida, la innovación resultaba sospechosa, algo explicable en un orden intelectual y religioso tan rígido y jerarquizado. Sin embargo, también la innovación, al menos gráfica, podía ser un desperdicio: sin mecanismos para reproducir en serie, los escribas, pintores e iluminadores debían ejecutar esa tarea con sus ojos y manos. ¿Y qué más eficiente forma de sacar provecho a recursos tan lentos, finitos y agotables que multiplicar las mismas imágenes convencionales o canónicas?

Así, cada estampa u objeto repetido era, a la vez, único y cómodamente predecible para los pocos que podían adquirirlo. En cambio, la innovación era físicamente más lenta, económicamente más costosa y religiosamente más riesgosa.

Ejes de valor. En nuestra edad “hiper” sucede todo lo contrario: convertir cada prototipo en millones de copias exactas es algo tan común, que el precio y aprecio de una gran cantidad de productos, e incluso procedimientos, ya no depende solo de su calidad o practicidad.

Los valoramos, apreciamos y pagamos por ellos en proporción directa con su originalidad, sea de diseño, aplicación, marca, autor o superación de patrones establecidos.

Por ejemplo, el “zapato tenis”, como categoría indiferenciada, prácticamente no existe, a pesar de su utilidad. Lo ha superado la embriagante gama de marcas y modelos para correr, caminar, descansar, montar bicicleta, subir montañas, jugar al futbol, al básquet o al voleibol. Todas buscan sobresalir entre sí con algo nuevo, distinto y raramente necesario.

Por esto, la innovación es un componente esencial de la economía contemporánea, sobre todo en ese ámbito tan importante que consiste en “crear valor”; es decir, dotar a un objeto o una idea de tal capacidad de distinción (en su uso, forma o identidad), que se pueda vender por un precio exponencialmente más alto que el costo de su producción.

Un marcapasos vale por su singular función, no por su peso en metal o plástico; una silla Barcelona , de Mies van der Rohe, por la fama de su creador y la limpieza de su diseño.

Variables clave. La creatividad y la innovación como variables esenciales del desarrollo ya están de sobra reconocidas. Si no, que lo digan los suizos, belgas o finlandeses, que hoy asientan su prosperidad en ellas. Cada vez se hace más evidente que, para estimularlas, no basta con una educación formal de primera calidad o con activos centros de investigación.

Sin rigor, sin inversión en desarrollo educativo, científico y tecnológico, y sin normas propicias para la generación y el usufructo de las buenas ideas, el desarrollo contemporáneo es imposible; pero se necesita más porque, sin un entorno que, de maneras múltiples y hasta difusas, active la creatividad y la innovación, difícilmente estas lograrán extenderse al repertorio intelectual y sensorial compartido por la sociedad. Es decir, se quedarán en el reducido, aunque también importante, ámbito de lo especializado.

Hasta la persona más estimulada durante su enseñanza temprana y, por ende, más proclive a crear e innovar, potenciará mucho más esas cualidades en un entorno social que las valore y contribuya a propiciarlas de otras formas.

En otra escala, el obrero de procesos que haya logrado elevarse sobre su entrenamiento básico –no importa el método utilizado–, será capaz de realizar mejores tareas.

Ahí es donde la cultura entra como variable esencial. No tanto la cultura entendida como el conjunto de usos, costumbres, ideas o mitos de una sociedad, sino la cultura en su dimensión artística y creativa, con “productos” tan diversos como teatro, danza, música, pintura, escultura, literatura, crítica, cine, video, o cualquier mezcla, trasgresión o tuerce de todo lo anterior.

Ciencia y rock. En similares condiciones de inteligencia o formación académica, es muy probable que la programadora de cómputo que ha escuchado o tocado rock, que ha vibrado frente a un excéntrico bailarín, confrontado cuadros que “no entendió”, o que ha atemperado insomnios leyendo novelas, agregue mayor valor al trabajo que su compañero que apenas “ve tele” o asiste a los éxitos cinematográficos (aunque peor es nada).

Lo mismo podría aplicarse al trabajo de los investigadores científicos porque, en la identificación de problemas y en el diseño de las estrategias para abordarlos con rigor metodológico, la inspiración y la creatividad pueden marcar enormes diferencias, sea para generar conocimiento o nuevas aplicaciones de los existentes.

En su célebre ensayo Las dos culturas y la revolución científica , publicado en 1959, el escritor y científico británico C. P. Snow destacó la división entre las culturas literaria y científica, que se venía acrecentando desde la época del iluminismo, se agudizó con el romanticismo y era ya moneda de uso común a mediados del siglo XX.

Hoy, esa distinción, aunque aún útil para propósitos de orden o clasificación, debe ser superada; pero no desde la pobreza intelectual de ciertas corrientes posmodernistas, que desprecian la indagación racional y el método científico, o que equiparan el dato con el símbolo, sino desde la noción de que los “vasos” de la sensibilidad y el conocimiento humanos se enriquecen entre sí mediante la comunicación y la práctica múltiple.

Razón y emoción; método y sensibilidad, son diferentes caras de una misma moneda.

Impulso múltiple. Por eso tiene tanto sentido, sea desde el Estado y su Ministerio de Cultura, o desde los municipios y las iniciativas privadas, abrir escuelas de música, crear un fondo de promoción de las artes, apoyar museos y teatros, estimular galerías o conciertos de rock, organizar el Festival Internacional de las Artes o poner a pastar vacas multicolores sobre el pavimento de parques capitalinos.

No se trata solo del aporte al disfrute o crecimiento individuales, que son importantes, pero de los que cada persona es la principal responsable.

Se trata de que, mediante la cultura, estimulemos las fuentes de creación que son capaces de añadir valor a muchas otras actividades: desde la convivencia –tarea en extremo difícil en la vida contemporánea– hasta el trabajo y la producción de valor creciente.

La economía del conocimiento es también la economía de la cultura. Razón lleva el biólogo estadounidense Edward O. Wilson cuando, en su libro Consilience: sobre la unidad del conocimiento (1998), afirma que “el mayor emprendimiento de la mente siempre ha sido y siempre será el intento por vincular las ciencias y las humanidades”.

Parte de ese emprendimiento consiste en entender la trascendencia múltiple del binomio creatividad-innovación y su conexión con la cultura.

Nunca lo sabremos con exactitud, pero es probable que en estos días, cuando el impulso artístico ha llenado calles y salas de San José, Alajuela y Puntarenas, con una oferta tan rica como diverso y multitudinario ha sido el público, muchos jóvenes hayan sentido desafíos y estímulos que cuajarán en sólidos e innovadores aportes futu-ros. Si es así, habrán ganado ellos; también, el país.

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