Costa Rica, Domingo 20 de abril de 2008

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Música

Canto del corazón

  Admirable El tenor italiano Giuseppe Di Stefano poseyó una de las mejores voces líricas

Gonzalo Castellón | tenore@racsa.co.cr

Hablar sobre Pippo Di Stefano y su canto, es arriesgarse a oír la reacción de los puristas. No hay duda de que su voz ha sido una de las más hermosas de la historia lírica; su técnica…, una de las más deficientes. Es más sencillo decir simplemente que Giuseppe Di Stefano (fallecido el último 3 de marzo) es el último de los grandes miembros de una generación que cantó con el corazón: Del Monaco, Corelli, Bjöerling y un poco Beniamino Gigli. Di Stefano fue cantante mientras su inigualable material vocal, innecesariamente forzado, se lo permitió. Lo disfrutó intensamente mientras aquel resistió.

A sabiendas de que su registro mostraba un centro arrebatadoramente hermoso hasta el la bemol , no tuvo reparo en entregar su voz al gran público, sin restricción alguna, y el público enloquecía con aquel centro redondo y pastoso, revestido de un hondo y natural sentimiento.

No obstante, su contumacia en seguir su propio e irrepetible camino técnico, le costó caro. Si hablamos del top level , presenta tal vez una de las carreras más cortas de la historia lírica. Sin el menor rubor, tenía por lema: “No me den consejos, que yo sé equivocarme solo”.

Otro ‘passaggio’. Si leemos la presentación de Di Stefano del libro de su colega Luciano Pavarotti ( My own story ), nos damos cuenta de su expresa crítica hacia los cantantes –Luciano incluido– que, por conservar su voz intacta y mantener la posibilidad de obtener jugosos cachets, no entregan al público el máximo de su prestación vocal.

Al contrario del recato escolástico de Alfredo Kraus, que gozó de una longevidad inusitada, Di Stefano entregó su alma al gran público; un público que lo amó y lo sigue amando, a despecho de su impuntualidad, de su vida privada y en ocasiones de su falta de profesionalismo. A Pippo Di Stefano se le perdonaba cualquier cosa. Para decirlo en otras palabras, tenía testa di tenore, pero corazón de trovador.

Fácil era visualizarlo. Pippo Di Stefano creyó siempre que su voz era diversa de la de los demás mortales. Afirmó siempre tener el passaggio al nivel del la bemol, cuando todos sus colegas lo inician al nivel de un mi bemol. Resultado inmediato: la voz mantuvo en él un delicioso terciopelo hasta el registro agudo primario; luego de este, sonaba con frecuencia apretada y engolada. Para quienes no entiendan ese lenguaje, privativo del mundo lírico, bástenos con decir que el llamado passaggio (más sencillamente, puente ) es la zona en la cual la voz trasciende de la resonancia facial a la de cabeza.

Salvado por la campana. Según el relato de su madre, Di Stefano vino al mundo en Motta Santa Anastasia, en las faldas del Etna: “Hijo mío, tú naciste al mediodía exacto. ¡Era domingo y sonaban todas las campanas! Tenías ojos de bandido y los cabellos negros, ¡pero realmente negros!”.

Luego de pocos años en las cercanías de la Catania siciliana, la familia en pleno emigró a Milán. Allí empezó la poesía: ¿quién iba a decir que, cursando el segundo año del Seminario para convertirse en sacerdote, una fogosa joven –de nombre Zina y de origen véneto– habría de provocar su expulsión del convento, al mejor estilo del abate Des Grieux?

Años más tarde, al triunfar internacionalmente en el rol masculino de la Manon de Massenet, con la famosa escena de St. Sulpice , acaso tuvo oportunidad de verbalizar aquella aventura: él, Pippo, era Des Grieux…, y la Eva que le entregó la primera manzana prohibida fue una Manon llamada Zina.

Al decir del gran maestro ítalo-costarricense Oscar Scaglioni, recientemente desaparecido, hubo otras muchas Manon en el camerino del artista, siempre dispuestas a cederle la fruta prohibida: entre otras, las célebres Mafalda Favero y María Callas, contaba don Oscar.

Otra anécdota para la Historia: corría el año de 1941, y se avecinaba la invasión de las potencias del Eje a la gélida Rusia. El regimiento en el que Pippo prestaba su servicio militar había sido escogido para integrar la fuerza invasora que Mussolini aportaba a sus aliados. Sus compañeros, y el mismo Di Stefano, conocían perfectamente que los destinados a cumplir los sueños expansionistas del Führer alemán no tenían grandes posibilidades de regresar a la soleada patria italiana.

¿Hasta dónde estuvo una de las más hermosas voces de la historia en riesgo de perecer en las heladas estepas, al mejor estilo de Marcello Mastroianni en Los girasoles de Rusia ? Lo cierto es que, tan solo un día antes de la fatídica partida, su superior jerárquico –un tal Giovanni Tartaglione– lo llamó y le dijo: “He decidido que te quedes en Italia; como soldado, tú eres uno schifo (un asco), pero, como tenor, algún día darás brillo a nuestro país”.

Di Stefano se quedó y triunfó. Ninguno de sus compañeros, ni el visionario Tartaglioni, volvió a hollar la llanura lombarda.

Una bella voz. Giuseppe Di Stefano fue tal vez la más hermosa voz del siglo XX, solamente comparable en pastosidad y terciopelo con la de José Carreras; diríase que hasta con los mismos defectos del tenor catalán. Cantaba –lo dice el propio artista en su libro L’Arte del Canto – “más con el instinto natural que con el conocimiento técnico”, y eso nadie osaría ponerlo en duda.

Ninguno ha interpretado el repertorio de canzone napulitane como este vástago de la Sicilia. Ni siquiera el gran Caruso –hijo de la soñadora Campania– generó en el mundo lírico esa pasión, estentórea y soberbia, hacia una de las más bellas expresiones del folclor: la canción napolitana.

Con todo, en esta época de tenores conservadores y prudentes, lo mejor que podríamos decir de Di Stefano es que nunca le puso coto al sentimiento. Los que lo oyeron cantar cedieron gustosos al fascinante claroscuro que emanaba de su garganta, fundamentalmente en roles que exigían del intérprete una enorme sensibilidad.

Según las memorias de la famosa dramática sueca Birgit Nilsson, “era imposible no conmoverse hasta las lágrimas escuchándolo cantar”. De su boca salía su alma; en su canto, danzaba su corazón.

Bohemio y Bohème

“A Di Stefano podría definirlo con dos palabras: calidez y entrega. Yo estudiaba en la capital mexicana en los inicios de los años 50, y Pippo Di Stefano era un ídolo nacional, como el mejor futbolista. Llevaba una vida parrandera y con frecuencia cancelaba compromisos por ese motivo. Cantando La Bohème en Monterrey, la temperatura ambiente era de más de 40 grados centígrados. Cuando le tocó cantar la frase C’e freddo fuori (Hace frío afuera) Pippo la sustituyó por C’e caldo fuori. El público lo aplaudió a rabiar…”. Rodrigo Gutiérrez, médico .

Para abogados

Mientras Pippo Di Stefano vivió en los alrededores de Lucerna, en medio de la guerra, ofrecía recitales en los campos de refugiados. Era acompañado, como conferencista, por el gran Francesco Carnelutti, uno de los más preclaros tratadistas de Derecho Procesal en el mundo. Cuenta el artista: “Un día, Carnelutti me espetó: ‘Oye, no logro descifrar el sentido de esa romanza que tú cantas: Ombra mai fu (Haendel)’. “‘¿Ve usted, abogado’, le respondí, ‘que es inútil estudiar? ¿Por qué no prueba mejor dedicarse a cantar?’”.

FOTOS

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Di Stefano falleció el pasado 3 de marzo. Archivo

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Giuseppe Di Stefano en su interpretación de I Pagliacci . Wikicommons

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