Ciencia
Proyectos emocionados
Voluntad Podemos cambiar muchos aspectos de de nuestro futuro si somos firmes en nuestras decisiones
Laura se acaba de pensionar y decidió, por fin, escribir el poemario que postergó por más de veinte años. Su vecino, Julián, lleva meses juntando valor y pesos para dejar un trabajo que aborrece y empezar un negocio de repostería con su familia. Teresa, prima de Laura que adora su trabajo de profesora de colegio, ha decidido correr riesgos y aplicar un nuevo método de enseñanza. Piensa comenzar en pequeño, para luego involucrar a todos sus colegas (su supervisor, que no está muy convencido, habla de un “proyecto piloto”).
El biólogo chileno Humberto Maturana apunta que es la emoción, y no la razón, la que nos impulsa a actuar. La emoción está presente en Laura, Teresa y Julián, que ya acarician un proyecto; su idea logró escapar de la parálisis del “soñar despiertos” para convertirse en una intencionalidad en marcha.
Un proyecto siempre mira hacia el mañana. En esta línea, Rafael Echeverría y Fernando Flores, dos pensadores chilenos, han insistido en la importancia de los estados de ánimo : juicios automáticos que hacemos sobre nuestras posibilidades en el futuro, que pueden teñir nuestros planes tanto de una emocionalidad positiva como de una negativa.
El ciclo de la emocionalidad positiva. Podemos observar los estados de ánimo como narrativas. Supongamos a un individuo que afronta el porvenir mediante estados de ánimo positivos. Ante un reto puede reaccionar con sorpresa (dirá para sus adentros: “No sé qué ocurre aquí”). Luego este estado emocional se cargará de positivismo y evolucionará hacia el asombro (“No sé qué está ocurriendo, pero me gusta. Siento que abre nuevas posibilidades para mí”).
El siguiente paso es la ambición (“Veo opciones para mí en esto y estoy decidido a actuar para hacerlas realidad”). Esta ambición se fundamenta en la confianza en sí mismo (“Creo que soy competente para actuar en este campo”).
De la ambición saltará a la acción, a la resolución (“Actúo para concretar lo que añoro”). Si el resultado de este esfuerzo es positivo, el logro producirá un estado de satisfacción (“Concreté lo que ambicionaba y estoy feliz por ello”). De cara a los retos donde se ha visto como poco efectivo, asumirá la aceptación : “Aquí, las posibilidades están cerradas para mí, y lo acepto”.
Acaso nuestro sujeto, después de afrontar muchos desafíos, saliendo bien librado de unos y no tan bien de otros, adopte un estado de ánimo de serenidad (“Siempre se abrirán como cerrarán posibilidades para mí; lo acepto y estoy agradecido con la vida de que así sea”). Toda esta emocionalidad positiva irá configurando un ciclo de retroalimentación que reforzará el logro de resultados.
El ciclo de la emocionalidad negativa. También podemos encontrar el caso de un individuo (o de un grupo) que acepta los retos con una emocionalidad negativa. Podrá encarar la tarea con sospecha (“No sé qué ocurre aquí, pero no me gusta”), aprehensión (“No sé qué pasa aquí, pero me asusta”) o confusión (“No entiendo qué ocurre aquí ni qué hay que hacer o cuál es mi papel”).
Cargado de negatividad, observará a otros con desconfianza (“Nunca han cumplido sus promesas y nunca lo harán”), para luego caer en la victimización de la desesperanza (“Sólo veo cosas negativas para mí en este asunto”).
Sin embargo, si el reto es satisfecho con éxito, esto probablemente alimentará la soberbia: “Yo soy el único responsable de este triunfo; he debido luchar contra la incompetencia que me rodea”. Por otra parte, si el resultado es un fracaso, se incubará el resentimiento (“El desgano y la incompetencia de los otros me ha perjudicado: ¡no quiero volver a verlos!”) y ello traerá más desconfianza en el futuro.
Los estados de ánimo negativos generan frustración y culpa frente a la derrota. A largo plazo, nos conducen a la resignación (“No hay nada que hacer... Aquí vamos rumbo a otro fracaso”).
Experimentar una y otra vez esta emocionalidad negativa engendra la autoprofecía: si afrontamos un proyecto con desconfianza, sospecha y resentimiento, nuestras expectativas sombrías y prejuicios de entrada nos empujarán desde el inicio en dirección al fracaso.
Alimentar las emociones. Un proyecto involucra una red viva de personas que trabajan juntas, con su emocionalidad a cuestas, conversando y construyendo promesas en pos de un objetivo común. Claro está, algunos proyectos son asumidos casi en solitario, con participaciones muy limitadas de otras personas, mientras que otros involucran extensas redes humanas.
Por ello, siempre debemos estudiar los estados de ánimo con los que hacemos las cosas, prestos a cortar el ciclo de lo negativo y la autoprofecía del fracaso, así como fortalecer el ciclo de lo positivo y el logro. Esto demanda una emocionalidad de la ambición , que abra posibilidades e impulse a actuar. Asimismo, frente a la resignación , podemos construir una interpretación distinta de las situaciones, para vencer el pesimismo, redoblar esfuerzos y dedicarnos a los retos interpretados como imposibles.
De cara al resentimiento , necesitamos un clima asertivo que permita superar los conflictos entre las personas que juzgan que han sido perjudicadas por otros. Finalmente, frente al fracaso y lo inmodificable, la aceptación ayudará a cerrar lo que no tiene vuelta de hoja y mirar hacia las posibilidades que se abren en el futuro.
La vida, un proyecto. Según la Organización Mundial de la Salud, una de las causas de los problemas mentales crecientes en el mundo se manifiesta y se sustenta en la ausencia de proyectos vitales.
Ana Pampliega de Quiroga, psicóloga social argentina, apunta que el escepticismo, la desesperanza, la pérdida y el vacío son hoy una fuente de sufrimiento para millones de personas en el mundo. Enrique Pichón-Rivière, recordado psiquiatra argentino, asociaba la salud mental con la noción de proyecto. Planteaba el proyecto como salida vital, como vía de escape de la depresión, la locura y el vacío.
Laura repasa sus primeros poemas, Teresa visualiza un colegio diferente y Julián se deleita al sentir la masa en los dedos. Los tres han descubierto que pasar de las intenciones a la acción es un salto al vacío que trae sustos, dolores de cabeza y aleteo de mariposas en el estómago. Empero, una quieta vorágine los consume desde dentro y los empuja a sostener sus sueños con pasión y coraje.
Sus familiares los ven sonreír, con la mirada perdida en un punto lejano; parecen locos dibujando ideas en la región más transparente del aire. Sin embargo, están tan lejos de la locura y el vacío como el que más.
A Laura, Teresa y Julián, un proyecto vital los mueve y los salva. No lo saben aún, pero la emocionalidad positiva comienza a alinear las causas y los azares a su favor, y una temporada grandiosa viene a su encuentro.
EL AUTOR ES CONSULTOR Y MIEMBRO DE LA RED INTERNACIONAL DE ECOLOGÍA DE LOS SABERES (RIES).
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El regreso de William B. Arrensberg , escultura de Eduardo Úrculo también llamada El viajero (Plaza de Porlier, Oviedo, España). Wikicommons.
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