LN ÁNCORA

Costa Rica, Domingo 17 de agosto de 2008

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Costa Rica en Lienzo y Papel

Instante eterno

Textos: Edgar Ulloa Molina

edgar.ulloa@gmail.com

Asistente de la Cátedra Francisco Amighetti de Historia del Arte, Escuela de Bellas Artes de la UCR.

En 1969, el Premio Nacional Aquileo J. Echeverría fue otorgado a Rafael Rafa Fernández; sin embargo, él rechazó aceptarlo. Él explicó entonces que su actitud se debía a “una cosa de principios, a un asunto muy personal”. “No quiero que esto se tome como una actitud petulante de mi parte”, añadió. Posteriormente, en 1972 y 1975, Fernández mereció el mismo reconocimiento, y en estas dos ocasiones sí lo aceptó.

A fines de los años 60, Rafa aún no se sentía digno de tal reconocimiento; no obstante, la década de 1970 vio nacer su segunda etapa, y seguramente él –como muchos– comprendió la trascendencia de su producción artística.

Períodos. Aquella anécdota revela, pues, que la obra de Fernández conoció diferentes etapas y estilos antes de decantarse por el tema relativo a la feminidad y a los misterios asociados a ella.

Grosso modo , una primera etapa coincide con los años que median entre 1950 y 1960.

Esa fue una época de estudios, primero en la Casa del Artista en nuestro país, luego en Panamá, Nicaragua, Honduras y, finalmente, de nuevo en Costa Rica.

En las obras producidas durante ese período, se percibe una sensibilidad expresionista, y la superficie de sus lienzos se enriquece con texturas raspadas o rasgadas. Los cuadros muestran una afinidad estilística con la pintura del italiano Amedeo Modigliani (1884-1920) y, algunas veces, con el arte del suizo Alberto Giacometti (1901-1966).

Una segunda etapa data de los años 70. Esta vez, su pintura tomó un rumbo que la acercó al surrealismo; por cierto, la literatura latinoamericana también le causó una fuerte impresión.

Rafa dedicó entonces una serie a Cien años de soledad , novela de Gabriel García Márquez. Estas obras se expusieron en 1970 y 1971 en la Galería Forma, en San José.

Lo que vincula el realismo mágico con la obra del Rafael Fernández de esos años es que ambas expresiones artísticas se desenvuelven en dimensiones que combinan lo onírico, lo esotérico y lo irracional.

Esta vez descubrimos la influencia del artista ruso Marc Chagall (1887-1985) y la del mexicano Rufino Tamayo (1899-1991).

Otras formas. Durante ese período, Fernández viajó a Europa y conoció allá las obras de grandes maestros. Pronto sintió la necesidad de ampliar su expresión plástica, de enriquecer los colores y las gamas de su paleta. Por supuesto, un cambio en la manera de entender el color supuso también una transformación de las formas.

En sus investigaciones de esos años se encuentran, in potentia , todos los derroteros ulteriores de la pintura de Rafa Fernández, tanto en el plano formal y técnico como en el temático.

Una tercera etapa comenzó en los años 80. Entonces, su repertorio iconográfico se incrementó; por ejemplo, aparecieron instrumentos musicales. Las figuras femeninas adquirieron dimensiones monumentales; a la vez, se volvieron más sólidas y volumétricas, y los pliegues adoptaron mayor presencia. Todo delata una cierta condición escultórica.

Durante esos años, Fernández logró una convivencia de formas figurativas con patrones abstractos; además, una atmósfera metafísica empezó a aparecer en sus cuadros, que alcanzaron algo del equilibrio y del reposo que caracterizan a la pintura del primer Renacimiento.

Asimismo, otro tema surgió en la pintura de Rafa : por primera vez en su carrera, prestó atención al paisaje. Con acentos oníricos, sus paisajes no corresponden a ningún lugar y se convierten en el escenario del drama silencioso, interno, de sus personajes femeninos.

Línea y color. Un feliz matrimonio entre el color y el dibujo es uno de los valores de la producción de Fernández. He aquí una síntesis poco frecuente pues el color y el dibujo se han conceptuado históricamente como dos maneras casi opuestas de ejecutar la pintura. El color se ha relacionado con lo ambiental y lo atmosférico, mientras que la línea se entiende como una dimensión constructiva, tectónica.

Recordemos que esa tensión diferenció, durante el Renacimiento, la pintura florentina de la veneciana, y opuso a los seguidores de Rubens (1577-1640) contra los de Poussin (1594-1665) en el siglo XVII.

Durante el siglo XIX, también se distanciaron, entre sí, el romanticismo (color) de Eugène Delacroix (1798-1863) del clasicismo (línea) de Jean Auguste-Dominique Ingres (1780-1867).

En 1985, Fernández realizó un cuadro de formato grande (160 x 114 cm) llamado Maternidad .

En él, una mujer, sentada en el suelo y construida con fuerte modelado, sostiene a un niño en sus brazos. En la cabeza, ella porta un sombrero coronado de unas frutas a modo de bodegón. Estas frutas están cubiertas por un velo construido a partir de sutiles transparencias y veladuras de color blanco.

Espera. Desde aquel momento, los sombreros con naturalezas muertas aparecieron de cuando en cuando en la producción de Fernández. Hoy admiramos una pintura producida en 1997: Mujer con sombrero y bodegón , óleo sobre tela de dimensiones importantes: 174 x 132 cm.

En el cuadro, una figura hierática, vestida a la usanza de una dama española del Siglo de Oro, está sentada ante una mesa casi vacía, con la excepción de un pichel.

La tela del vestido aparece saturada de texturas y ricas variaciones tonales, las que agregan interés visual a la obra.

La figura se ha dispuesto paralela al plano pictórico y en el centro de la composición. La simetría resultante refuerza la sensación de inmovilidad, de que el tiempo se ha detenido.

Sobre la cabeza reposa un sombrero de amplias alas; este sostiene un complejo arreglo de enseres, frutas y hasta una jaula con un pájaro. Digamos que los pájaros son figuras simbólicas que se relacionan con la dimensión esotérica de lo femenino en la producción de Rafael Fernández.

Nos preguntamos qué aguarda ese personaje; sin embargo, juzgando por la atmósfera que la envuelve, suponemos que su espera se prolongará eternamente y que ella está dispuesta a soportarla para siempre.

FOTOS

  • Nacion.com

    Mujer con sombrero y bodegón . Óleo. 174 x 132 cm. Colección privada.

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