Un par de chiquillos juega al futbol en la calle. En cuestión de minutos, la diversión atrae a sus amigos, que se van sumando hasta formar una masa crítica . Entonces, sin presión ni dirección externa, el grupo improvisa un par de marcos con piedras y toma la calle por una cancha imaginaria. Así, la autoorganización surge como un emergente, no demasiado planificado ni sometido a reglas estrictas, que da lugar al partido.
Cada cierto tiempo, un zapatazo envía la pelota hacia los techos. Ninguno de los jugadores es capaz de anticipar si el balón volverá botando hacia la acera o aplastará el rosal del vecino más cascarrabias del barrio. Si lo último ocurre, se desatará… el caos.
El perro y la mariposa. En el lenguaje común, el término caos es sinónimo de desastre, confusión y desorden; para la ciencia, la teoría de caos es el estudio de la conducta compleja de sistemas determinísticos no lineales . Veamos.
Al lanzar un dado, estamos en presencia del azar: tenemos probabilidades, pero no una regla que diga, a partir del resultado de cada tirada, qué ocurrirá en la siguiente.
Sin embargo, los sistemas que estudia el caos son determinísticos ; es decir que, a pesar de su comportamiento aparentemente errático e impredecible, manifiestan un principio de orden que los regula y puede ser formulado matemáticamente.
Por otra parte, decimos que un sistema es lineal cuando muestra proporción entre sus causas y efectos (por ejemplo, en el partido, cuanto mayor sea la frustración de un jugador, mayor será su respuesta agresiva).
Empero, alrededor del partido también se verifican comportamientos no lineales, con grandes causas asociadas con efectos minúsculos (aquí tenemos el gran esfuerzo de algunos para llevar al grupo a ver televisión o hacer otra cosa, que genera una respuesta indiferente en la mayoría) y pequeñas causas que pueden tener un gran impacto (el raspón de la rodilla del jugador más chico, que da lugar al reclamo iracundo y desproporcionado de un padre sobreprotector).
La teoría de caos centra su interés en sistemas no lineales, cuya conducta es difícil de predecir debido a su gran sensibilidad a las condiciones iniciales . Por ejemplo, desviaciones minúsculas en la posición de impacto de la pelota sobre el techo, hacen que esta siga trayectorias de caída totalmente diferentes.
En general, la conducta caótica remite al hecho de que pequeños cambios en las condiciones presentes en un momento dado, conducen al sistema por trayectorias completamente divergentes. Esta idea fue propuesta por el meteorólogo Edward Lorenz (1917-2008) y la llamó efecto mariposa .
En ocasiones, la pelota cae en un jardín con un perro de malas pulgas. Para recuperar el balón, alguien debe ir a asustar al perro. Normalmente, el can retrocede y no hay problema; pero el asunto no es lineal: asustar al animal solo un poco más de la cuenta no lo hace huir más rápido, sino que provoca que abandone su fuga y decida atacar. Este fenómeno caótico fue estudiado por René Thom (1923-2002) en su teoría de catástrofes .
Extrañamente atractivos. Un atractor es un estado hacia el que evoluciona el comportamiento de un sistema. Los atractores más comunes son los de punto (un estado fijo), los periódicos (un ir y venir entre dos estados) y los extraños (patrones de orden subyacente, que explican pautas de conducta muy complejas).
El suelo es un atractor de punto para cualquier jugador víctima de una zancadilla artera: allí se quedará lamentándose un buen rato. Por su parte, las improvisadas porterías forman un atractor periódico pues el partido va y viene de una a la otra.
Empero, los más interesantes son los atractores extraños: patrones sutiles que orientan la conducta de lo caótico. Así, con todo lo accidentado y espontáneo que resulta ser el choque callejero, un propósito compartido regula la conducta de los jugadores y puede ser asociado con un atractor extraño (“disfrutar el partido”).
El futbol complejo. El encuentro callejero es un sistema abierto, en permanente interacción con el entorno: las madres (que llaman a comer o a hacer la tarea) y los nuevos jugadores (que se van incorporando) modifican las alineaciones durante todo el tiempo; además, el juego debe acomodarse a gente que pasea perros, a ciclistas y a automóviles que invaden regularmente el campo.
Ningún jugador tiene control absoluto sobre cada jugada, y quien tira un pelotazo, arrastra marcas o hace un pase, cambia la situación para todos los demás. De este modo, las estrategias de cada jugador dependen de lo que hacen otros; y cada uno de ellos, al actuar, cambia el contexto para el resto. Para la teoría de caos (y su pariente cercano, el pensamiento complejo), estamos ante un sistema complejo adaptativo .
Apenas se mueve la pelota, la táctica de un equipo trata de sacar provecho del desconcierto del rival, mientras el rival, intentando desarreglar la ofensiva del contrario, va construyendo su propio orden. Aquí aparece el principio dialógico propuesto por Edgar Morin (1921), que señala que el orden y el desorden, lejos de cancelarse mutuamente, cooperan para dar lugar a las jugadas más sorprendentes.
La pelota tiene un dueño que, frustrado en ocasiones, amenaza con irse con todo y balón para la casa. Ilya Prigogine (1917-2003) apuntaba que los sistemas se van caotizando hasta llegar a un punto de bifurcación : entonces pueden volver a su estado anterior (el dueño del balón se tranquiliza y el encuentro continúa), despedazarse (el enojoso reclama su pelota y se termina el partido) o avanzar hacia un estado más sofisticado de operación, llamado estructura disipativa .
En ese último caso, puede que el grupo confronte al dueño, le recuerde que es libre de llevarse la pelota, pero se queda sin nadie con quien jugar, y todos progresen hacia una convivencia más madura.
En el simple placer del juego callejero confluyen lo caótico y lo complejo; donde la teoría de caos ve un atractor extraño que regula el sistema, un perro catastrófico y una serie de estructuras disipativas, el pensamiento complejo identifica un sistema abierto, sujeto a un fuerte proceso de autoorganización y de interacción dialógica entre orden y desorden.
El partido se reanuda y uno de los defensas toca infantilmente el balón con la mano. “¡Penal!” gritan unos, y otros protestan con tibieza aceptando lo evidente. Claro está, no hay árbitro (pues a ninguno le interesa perderse la acción) y prefieren dejar esa tarea a la autoorganización y los atractores extraños.
El balón ya está sobre la cruz de tiza, y el tirador toma media cuadra de distancia para chutar el puntazo de su vida. El astuto portero mueve un poco la piedra para cerrar la cancha y se adelanta medio metro. Tal vez la pelota entre, acaso rebote en el poste de luz o sea desviada por los reflejos del portero. Pequeñas diferencias en las condiciones iniciales del disparo determinarán la suerte del gol…
EL AUTOR ES CONSULTOR Y MIEMBRO DE LA RED INTERNACIONAL DE ECOLOGÍA DE LOS SABERES (RIES).
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La mejenga (2006), acrílico sobre tela del artista nacional Manuel Zumbado. Archivo
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