Costa Rica, Domingo 8 de junio de 2008

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Historia

No fuimos una ‘demoperfectocracia’

  Rectificación Nuevas estudios prueban que la democracia sí ha funcionado en Costa Rica

Iván Molina Jiménez | ivanm@cariari.ucr.ac.cr

En un célebre artículo publicado en Repertorio Americano en 1939, la escritora Yolanda Oreamuno llamó irónicamente ‘demoperfectocracia’ al sistema político costarricense de su época.

Según Oreamuno, aunque “el Presidente se pasea sin guardia por las calles, da la mano a cualquier ciudadano anónimo, y concede reportajes a los periódicos todos los días, sin que por ello los periódicos se vean obligados a hacer tirajes especiales […], democracia perfecta no tenemos ni hemos tenido nunca”.

De acuerdo con Oreamuno, la democracia costarricense, sería entonces un “mito tropical” ya que lo que había en la Costa Rica de la década de 1930 era una “democracia pasiva […], autoaplicada sin razonamiento […], con el agravante de que frecuentemente procedemos como si viviéramos en una democracia efectiva, actuando con la libertad que esto significa, y, cuando tal hacemos, recibimos una discreta llamada de atención que nos pone a dudar de la Carta Fundamental de la República”.

En buena medida, el texto de Oreamuno continuaba una crítica de la política costarricense que había encontrado su expresión más aguda y amarga tres años antes, en 1935, cuando Mario Sancho publicó el folleto Costa Rica, Suiza centroamericana .

Para Sancho, la competencia electoral era solamente una “lucha que se libra cada cuatro años alrededor del puesto, del contrato y de la prebenda en las ciudades”, una “tómbola o agencia de empleos y granjerías”.

Durante las elecciones, el gamonal y la autoridad local, en el campo, y el doctor, el abogado y el patrón, en la ciudad, eran “los únicos que pueden influir en los campesinos y determinar sus votos”.

En opinión de Sancho, “al campesino le compra o extorsiona su voto, cuando no el patrón, el cacique de su pueblo; este se lo vende a cambio de algo, un nombramiento o una promesa de influencia, al cacique de la ciudad; y el cacique de la ciudad lo negocia, a su vez, por una curul en el Congreso o un sillón ministerial con los políticos de San José, caciques también de la República”.

Expuesto lo anterior, la conclusión era inevitable: “Todo lo demás es cuento. Cuento la libertad, cuento la democracia”.

Otros críticos. En la década de 1940, los jóvenes del Centro para el Estudio de los Problemas Nacionales consideraron real la imagen de una Costa Rica profundamente desigual y corrupta, en la que los grupos acomodados –especialmente los grandes cafetaleros– manipulaban, intimidaban o coaccionaban a los sectores populares urbanos y rurales.

Ocupados en elaborar propuestas que transformasen profundamente la sociedad costarricense, aquellos jóvenes encontraron, en el texto de Sancho, una base intelectual para justificar tal cambio.

La guerra civil de 1948 permitió el ascenso al poder de esos jóvenes como parte de la intelectualidad del futuro Partido Liberación Nacional. Entonces se consolidó un enfoque según el cual el fraude y la corrupción dominaron la política costarricense antes de 1948; se añadía que tales fenómenos desaparecieron después de ese año y de la creación del Tribunal Supremo de Elecciones.

Fue tal la fuerza de esa perspectiva que, en las décadas de 1980 y 1990, cuando una nueva generación de investigadores nacionales y extranjeros comenzó a explorar la práctica electoral anterior a 1948, lo hizo bajo el supuesto de que se trataba de una política oligárquica, dominada por la corrupción y el fraude.

Según ese enfoque, los sectores populares eran mayoritariamente excluidos, o, si participaban de modo amplio, lo hacían como víctimas de la manipulación o de los abusos a los que los sometían patronos o autoridades, más que como ciudadanos capaces de defender sus derechos electorales o de lograr compromisos con los partidos a favor de sus familias y comunidades.

Pruebas en contra. Sin embargo, desde hace algunos años, nuevas investigaciones en el campo de la historia y la ciencia política objetan la idea de que la política costarricense anterior a 1950 no era democrática.

Temas poco conocidos sobre las prácticas electorales del período 1885-1948 han empezado a investigarse: entre otros, la asistencia a las urnas, el fraude electoral y la relación existente entre ciclo electoral y políticas públicas.

A inicios del siglo XX, la competencia entre los partidos políticos se intensificó, por lo que tales organizaciones se esforzaron por inscribir al mayor número de ciudadanos y por acercarlos a las urnas el día de las elecciones (el sufragio universal masculino fue establecido en la Constitución de 1859 y consolidado en la de 1871).

El resultado de tales afanes era ya evidente en la década de 1900, cuando el 100% de los costarricenses adultos estaba inscrito para votar y su asistencia a las urnas superaba el 70%.

De esta forma, la competencia electoral favoreció la integración social y cultural por encima de diferencias de clase, étnicas y regionales. La creciente inserción de los sectores populares (urbanos y rurales) en la política electoral dio un sustento institucional indispensable a los discursos sobre nacionalidad y ciudadanía.

Es necesario realizar más investigación para conocer a profundidad las relaciones entre votantes y partidos, pero debe desecharse la imagen de que los partidos simplemente manipulaban, coaccionaban, sobornaban o engañaban a los votantes.

Excepción. La competencia electoral condujo a que los partidos empezaran, desde finales del siglo XIX, a canalizar demandas, reivindicaciones y expectativas populares, proceso cuyo resultado más claro fue la creciente concentración del gasto público en educación, salud y pensiones e infraestructura (que incluía también obras escolares y sanitarias).

Entre 1890 y 1901, aquellos rubros apenas concentraron el 24% del presupuesto nacional; entre 1920 y 1929, su participación ascendió a casi un 40%. A largo plazo y en términos presupuestarios, tal orientación debilitó a las fuerzas armadas y policiales (su parte del presupuesto bajó del 27% al 21% entre 1890-1901 y 1920-1929).

Además, dicha orientación configuró un vínculo electoral indispensable entre la sociedad y la política, entre lo sociocultural y lo institucional, que jugó a favor del desarrollo de la democracia costarricense, tanto en su dimensión electoral como social.

Como resultado de la competencia electoral, políticos y partidos desarrollaron mecanismos para vigilarse mutuamente y promovieron reformas electorales (el voto directo en 1913 y el secreto en 1925-1927) que dificultaron la realización del fraude y reforzaron la posición del electorado frente a partidos y autoridades de gobierno.

Irónicamente, Sancho y Oreamuno formularon sus críticas a la democracia costarricense en una época en la que Costa Rica era, sin duda alguna, una de las pocas repúblicas democráticas del planeta. Precisamente porque era democrática, ellos pudieron expresar libremente sus puntos de vista.

En contraste con la experiencia costarricense, tras la crisis de 1930, las dictaduras militares se multiplicaron no sólo en América Latina, sino en todo el orbe, y aun la mayor parte de Europa occidental sucumbiría ante la expansión del fascismo y el nazismo.

EL AUTOR ES HISTORIADOR Y MIEMBRO DEL CENTRO DE INVESTIGACIÓN EN IDENTIDAD Y CULTURA LATINOAMERICANAS DE LA UCR. ESTE ARTÍCULO SINTETIZA ASPECTOS DE SU LIBRO ‘DEMOPERFECTOCRACIA’.

FOTOS

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Fotografía de la campaña electoral de Máximo Fernández, candidato del Partido Republicano en 1913. Iván Molina para LN

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Fotografía de la campaña electoral de Máximo Fernández, candidato del Partido Republicano en 1913. Iván Molina para LN

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Foghjhía de la campaña electoral de Mághj ghjgh jández, candidato del Partghj hgjgh jblicano en 1913. Iván Molina para LN

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