Costa Rica, Domingo 8 de junio de 2008

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Literatura

Conrad, genio imprevisto

  Vigente A un siglo y medio de su nacimiento, el autor de ‘Lord Jim’ permanece como un clásico del relato

Joseph Conrad era un espíritu certero en sus conclusiones. Puesto a resumir su visión de las cosas, decía simplemente que la historia completa de la humanidad cabía en un papelillo de fumar y una única frase: “Nacieron, sufrieron, murieron”.

Es probable que en esa visión pesimista haya influido su origen eslavo y polaco, aunque él mismo hacía diferencias al respecto. De la cultura polaca decía que era parte de la tradición occidental e ilustrada. A Rusia la percibía con desdén; hablaba de ella como la “barbarie bizantina eslavo-tártara”.

Tal desprecio solamente era equiparable al que le suscitaban los Estados Unidos, a los que consideraba nación bárbara y en pañales, presa de sus avideces incontroladas.

Debe tenerse presente que, cuando Conrad vino al mundo, Polonia era una realidad étnico-lingüística y no un país, asimilada por la fuerza al imperio ruso. De hecho, Conrad nació en 1857 en lo que hoy es Ucrania, donde vivía a regañadientes buena parte de la comunidad polaca sin territorio.

El dato no es irrelevante: con la anuencia de la madre de Joseph, su padre fue un obsesivo nacionalista, inmerso de por vida en los conatos insurreccionales contra el poder de los zares. A raíz de esta actitud fue desterrado en varias oportunidades a los rincones más lejanos del imperio zarista, con su mujer y su único hijo (bautizado originalmente Józef Konrad Korzeniowski ).

La madre de Joseph, Ewa, murió de tuberculosis a los 33 años, luego de solicitar en vano que las autoridades zaristas les permitieran trasladarse al clima más benévolo de Odesa. El padre no duró mucho más, y, en 1865, cuatro años después, murió rodeado de la parafernalia que en su funeral desplegaron sus correligionarios.

Cabe imaginar el débil consuelo que tal homenaje supuso para el Conrad niño, huérfano a los doce años por obra indirecta de una causa que probablemente percibía como inútil, aun cuando –en su grandilocuencia– había acabado con la vida y las energías de sus dos progenitores.

Hombre de dos siglos. De algún modo, esa vivencia tan precoz de los dogmas paternos habría de persistir obsesivamente en el corazón de su obra y hace a Conrad un observador privilegiado de la transición entre las certidumbres decimonónicas y el siglo XX.

“Por mi parte, yo violaría todos los principios del mundo con tal de salvar a un hombre”, decía Enrico Malatesta, el famoso anarquista italiano. Esta paradoja evidente es la contradicción fundamental del siglo XX, y Conrad fue uno de sus voceros, si no el primero que la anunció y reveló en letra impresa.

Con la óptica del desterrado y con su vocación dual de aventurero y hombre de letras, Joseph Conrad es quien perfila la narrativa del nuevo siglo.

En dicho sentido, su alejamiento de Cracovia –a los 17 años, cuando se marchó a Francia en busca de su destino marítimo–, es una fuga deliberada de los dogmas originarios, del pasado que lo cercaba con sus deudas pendientes, del encierro a que lo condenaba la Europa central. Salió de Polonia en una fuga, incluso, de su lengua primigenia.

Su vocación marítima se manifestó tempranamente, pero también su propensión a la lectura. Ya en sus primeros viajes estaba familiarizado con Daudet, Maupassant, Hugo y Zola. Conrad era un polaco de origen acomodado, un espíritu selecto. Junto con dirigir tripulaciones, se bajaba del barco y acudía a ver las óperas que por entonces recorrían el Nuevo Mundo.

Otra peculiaridad era su temperamento díscolo. A los 21 años había ya tripulado numerosos barcos franceses, pero su carácter le jugaba malas pasadas: solía tener roces con el oficial al mando, a veces conflictos de envergadura que más de una vez lo forzaron a cambiar de patrón.

Entonces se evidenció algo que habría de ser, a la par, un rasgo central de su vida: cierta propensión a gastar más de la cuenta. En verdad, cuando resolvió al fin probar suerte en la marina inglesa, en 1878, estaba arruinado económicamente, sin muchas opciones a la mano.

De marinero a escritor. Es curioso –por no decir genial– el derrotero de Conrad: un individuo que, al promediar la treintena, no había publicado ningún relato. No tenía dirección fija, y menos un ingreso estable; sin embargo, ahora hablaba cotidianamente el inglés, la cuarta lengua aprendida en su vida.

Lo que se sabe es que de algún modo se reservó en su mente muchas de las experiencias vividas en sus viajes. Por ejemplo, Lord Jim (1900) se inspiró en el caso real de una tripulación francesa que abandonó un barco en llamas y lo dejó a la deriva. Asimismo, El corazón de las tinieblas (1899) es el fruto de un interludio que Conrad pasó en África al servicio de una compañía belga.

Se piensa que sus novelas cortas se sostienen mejor en pie que las “extensas”, muchas de las cuales –escritas hacia el final de su vida– han desaparecido simplemente de los anaqueles.

En determinado momento, comenzó a redactar la que sería su primera novela, La locura de Almayer (1895). Su transición de capitán en la Navy inglesa a escritor –un tipo sedentario, un homme de lettres – fue en algún sentido indolora, casi imperceptible.

Un día, Joseph se bajó sencillamente de su último barco, conoció a la que sería su esposa, Jessie Conrad, y se sentó a terminar su primera entrega novelística.

Para gran fortuna de quienes lo disfrutamos hasta hoy, nunca más dejó de escribir narraciones. Los siguientes treinta años, hasta su muerte repentina en 1924, marcan uno de esos intervalos únicos dentro de la narrativa universal: esos en que el genio literario, uno de ellos, ve al fin la luz, para trastocar los modelos de su época.

El exilio. Conrad fue contemporáneo, y a veces amigo personal, de Henry James, H. G. Wells, Thomas Hardy, Ford Madox Ford y Stephen Crane. T. S. Eliot dijo de él que era “un grand seigneur , el más grande que he conocido”, y, en alguna carta, J. M. Barrie, el autor de Peter Pan , da a entender que el rostro de Conrad lo inspiró para caracterizar al capitán Garfio.

Fue un escritor minoritario en sus inicios y luego un best seller , aclamado en los Estados Unidos y otras latitudes. Unos años antes de su muerte, Inglaterra le ofreció el rango de Lord del Imperio Británico. Él evocó sus duros comienzos junto a la clase trabajadora y rechazó la propuesta, con suma elegancia.

Además de las muchas cosas que Conrad representa (el tema del exilio y las paradojas de la modernidad), su itinerario abre una senda que luego habría de hacerse frecuente en el mundo editorial.

Después de publicar sus novelas por entregas, y en las revistas que tuvieran a bien acogerlas, se puso en manos de uno de los primeros agentes literarios del mundo anglosajón, Brand Pinker, figura que terminó alterando los términos casi familiares de la vieja relación autor-editor.

El asunto tuvo sus pros y sus contras: por una parte, el trato con Pinker permitió a Conrad hacer algún dinero en su madurez; por la otra, hizo decaer de forma evidente su estilo y hasta sus temas, volviendo muchas de sus obras finales excesivamente vertiginosas, incluso prescindibles.

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Joseph Conrad (1857- 1924), novelista en lengua inglesa. Archivo

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