Costa Rica, Domingo 8 de junio de 2008

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Ciencia

Con las manos en la masa

  Saber tácito La práctica nos da destrezas especiales que debemos aprender a comunicar

Enrique Margery Bertoglia | enrique.margery@gmail.com

No lo parece, pero lo extraordinario abunda. Todos los días encontramos individuos con capacidades notables: ejecutan piruetas imposibles en la bicicleta, extraen información valiosa de un montón de datos dispersos, logran emocionar a un auditorio con un tema aburrido o tienen un don especial para dar contención a una persona en crisis.

Aunque todos estos personajes despliegan con maestría sus habilidades, les resulta muy difícil aclarar, con palabras, cómo lo hacen. Por eso, cuando tratan de enseñar su destreza a otros, operan mediante el ejemplo.

El estudio de este fenómeno llevó a Michael Polanyi (1891-1976, químico húngaro convertido en filósofo) a formular su noción de conocimiento tácito .

Ese es el tipo de saber que ponemos en juego cuando sabemos hacer algo y podemos demostrarlo mediante la acción, pero nos resulta muy complicado definir “cómo lo hacemos”.

El conocimiento tácito es personal, basado en la experiencia y poco estructurado; por tanto, es difícil de formalizar y comunicar. Es una potente herramienta que empleamos a diario, pero que nos resulta transparente pues su dinámica es inconsciente.

Por cierto, no se aprende a andar en bicicleta, ni a dar una clase, hacer un tratamiento de nervio o pintar una acuarela leyendo un manual, ni mediante una lección teórica: el asunto demanda experimentación e inmersión práctica. Como señaló el filósofo francés Maurice Merleau-Ponty, el saber tácito es “una red de ideas que, más que conocida, es vivida”.

El conocimiento tácito es un “saber cómo”, en oposición al “saber qué” asociado con hechos, el “saber por qué” del que se ocupa la ciencia y el “saber quién”, propio de las redes humanas. Estos últimos corresponden al conocimiento explícito, que es objetivo, estructurado y fácilmente comunicable.

Detalles invisibles. Cuenta la fábula acerca de un ciempiés que vivía feliz dedicado a sus cosas, hasta el día que alguien le preguntó cuál pata movía primero al caminar. Incapaz de responder, el ciempiés se encerró en su casa y se afanó por dar una respuesta. Tanto lo pensó que acabó perdiendo la capacidad de andar.

Al ejecutar una tarea, Polanyi distingue entre la aprehensión focal (de las partes en sí) y la subsidiaria (una visión de su significado conjunto).

Ambas son mutuamente excluyentes: es probable que un pianista se confunda y deba detenerse si desplaza la atención de la pieza que interpreta (aprehensión subsidiaria, la pieza en su conjunto) hacia lo que hacen sus dedos y hacia cada nota que toca (aprehensión focal).

La idea de un muro y los ladrillos que lo forman ayuda a aclarar el punto. Podemos decir que quien fija su atención en los ladrillos, pierde de vista el muro. Inversamente, quien percibe el muro como una totalidad, coloca a los ladrillos en un segundo plano.

Esto explica por qué, al poner en juego nuestro conocimiento tácito como oradores, hablamos pensando en la idea que estamos comunicando y no en las palabras que pronunciamos (si lo hiciéramos, perderíamos la visión de la totalidad y acabaríamos por equivocarnos).

Así las cosas, al enfocarnos en la totalidad de la tarea, los elementos de base se vuelven tácitos, una idea que Polanyi desarrolló en sus libros Conocimiento personal (1962), La dimensión tácita (1966) y Saber y ser (1969).

Panaderos tácitos. En su libro La organización creadora de conocimiento , Ikujiro Nokada e Hirotaka Takeuchi describen el proceso que condujo a la producción de la primera panificadora casera en Japón.

Era 1985, y la ciudad, Osaka. Los ingenieros de la compañía Matsushita trabajaban en un artefacto que debía amasar, fermentar y hornear pan automáticamente; pero tenían problemas para lograr que el aparato amasase correctamente, lo que resultaba en un pan con la corteza quemada y el interior crudo.

Incapaces de producir algo sabroso, los ingenieros decidieron contactarse con el Hotel Osaka International, lugar donde se ofrecía el mejor pan de la ciudad.

Tras años de práctica, el maestro panadero del hotel poseía una técnica exquisita, que era capaz de mostrar, pero no de explicar con palabras. Su conocimiento era tácito.

Convencidos de que “si el artesano no puede explicar su arte, entonces los ingenieros tendrán que volverse artesanos”, los ingenieros de Matsushita se convirtieron en aprendices del maestro.

Durante su internado, aprendieron los movimientos requeridos para formar la masa (movimientos especialísimos llamados “masa enrollada” o “estirar-torcer”, difíciles de describir, pero susceptibles de ser demostrados en la práctica).

Transformados en ingenieros-panaderos, los miembros del equipo pudieron incorporar sus aprendizajes en las características de diseño del aparato.

Todo eso llevó a la inclusión de nervaduras especiales en el interior de la máquina y cambios en la hélice para amasar.

Gracias a esas modificaciones, el artefacto reproducía la técnica de amasado utilizada por el maestro. Para 1987, el aparato se vendía como pan caliente.

Aprendices y mentores. Se supone que los graduados de colegios y universidades, tras aprobar cientos de exámenes, poseen mucho conocimiento explícito.

Sin embargo, requerirán años de trabajo como aprendices para dominar las sutilezas tácitas que conforman el estado del arte de su profesión u oficio (los saberes ligados a la acción y a resolver los problemas cotidianos en contextos concretos): mala suerte para los recién graduados que, creyendo haber terminado sus estudios, pronto descubrirán que apenas los están empezando.

En el dominio el conocimiento tácito, Polanyi sugiere trabajar con diferentes mentores, que nos ayuden a ver las conexiones entre las cosas y nos permitan “aprender por el ejemplo”.

Acompañando a estos maestros aprendemos desde la aparente sencillez de amarrarnos los cordones de los zapatos o anudar la corbata, hasta lo complejo de una operación al corazón.

Este es un proceso que requiere contacto personal y mutua confianza, en el que el conocimiento tácito del mentor ayuda a construir el tácito del aprendiz; al observar al mentor y emular sus esfuerzos, el aprendiz capta inconscientemente las reglas de su arte, incluso… ¡aquellas que no son explícitamente conocidas por el maestro mismo!

Luego, el conocimiento tácito nos trae una paradoja y dos verdades; la paradoja es que nos volvemos competentes al volvernos ignorantes de cómo hacemos las cosas. La primera verdad es que debemos ser humildes, y tratar de aprender de otros con un genuino respeto e interés por sumergirnos en su práctica.

La segunda verdad es que debemos ser generosos para estar siempre dispuestos a enseñar con el ejemplo aquellas cosas que sabemos hacer muy bien, aunque no las podamos explicar con claridad. Después de todo, como bien sabe cualquier panadero, al conocimiento tácito hay que capturarlo ¡con las manos en la masa!

EL AUTOR ES CONSULTOR Y MIEMBRO DE LA RED INTERNACIONAL DE ECOLOGÍA DE LOS SABERES (RIES)

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