Costa Rica, Domingo 8 de junio de 2008

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Personaje

Recuerdos de Unamuno

  A trazos finos Un burlón contemporáneo da una semblanza del locuaz filósofo español

Salamanca, 25 de febrero de 1921.

En Salamanca, Unamuno nos ha enseñado la ciudad. Unamuno habla en voz baja, pero no calla nunca. Es inagotable y muy personal. En este momento, la política de Madrid parece obsesionarlo. La combate de una manera sorda y sarcástica.

Unamuno habla de Senancour de un modo ditirámbico. Cuando oigo el nombre de este romántico exacerbado e ininteligible, se me pone una carne de gallina muy desagradable. Me produce el mismo efecto que si me dijera que lee Las 13 noches de Juanita .

Salamanca es una ciudad muerta, llena de maravillas arquitectónicas y de todas clases, de un color exquisito, de una –tal vez– acentuada frialdad escolástica. Se mascan los siglos de teología, los años de silogismos, la cultura de las declinaciones, de los pluscuamperfectos, de los verbos irregulares. La Universidad ha producido toneladas de casuistas: son sus ingenios mecánicos.

Unamuno nos lleva a su casa, un piso muy grande de una casa vastísima de piedra, con unos balcones que dan a una calle por la que no pasa nadie, un piso de la Salamanca más pétrea y venerable.

Unamuno tiene un despacho glacial, no solamente porque hace en él un frío destilado, sino porque el orden meticuloso que hay encima de su mesa y la perfección con que están puestos los libros en las estanterías aumenta la frígida aspereza del aire. No se ve la más pequeña nota de intimidad, el menor resquicio de abandono cordial. Todo ordenado, ascético y helado.

Unamuno está como siempre, vestido de uniforme: de uniforme de intelectual. Oí decir que iba vestido de cura protestante. No es cierto. El rector viste de azul marino –americana cruzada– y botas, botines sin botones ni cordones, de los que se ponen con la ayuda de dos asas de tela.

Barba y bigotes blancos, lentes de carey, cabellos blancos cortados al cero, y un sombrero negro de alas muy pequeñas, acabado en punta. Contrasta el color blanquísimo de su piel con el color rojizo de los pómulos y el cuello –un color de rasilla recién salida del horno– extremadamente saludable.

Debe de ser un hombre resistente al frío porque, además de que no lo he visto nunca en estos días con un abrigo puesto, me ha parecido notar que, cuanto más baja es la temperatura, más viveza tiene en los ojos y más rojez en las mejillas.

Unamuno no fuma, no bebe más que sorbos de agua, come sin interés visible, no parece estar afectado por lo que se llaman “los placeres terrenales”. Lo que sí parece apasionarlo es la conversación, la investigación, la curiosidad. No para nunca de preguntar o exponer una cosa y otra.

A la hora de almorzar hace una bola con miga de pan, que ya no deja en todo el día, pasándosela por los dedos, una bola que parece de masilla para tapar grietas y agujeros. En Grecia hay gente que lleva siempre en las manos unos rosarios de cuentas gruesas. El rosario de Unamuno es la bolita de pan.

Habla exactamente en público como en privado: con una voz blanca, desmayada, pero sin fatiga visible, con una fluidez aparentemente inconexa, pero inagotable. Es un hablar curvilíneo y ondulante, con incisos frecuentemente humorísticos, y, más que humorísticos, sarcásticos.

Acostumbrado como está uno en este país al tipo de orador catarata, al orador Júpiter tonante, la expresión de Unamuno parece una simple digresión inconexa, descosida y gris. Pero, de pronto, mientas él, con una actitud tímida, un aire de mochuelo y su voz blanca, va hablando sin hacer ruido alguno, se oye estallar una risotada en el círculo de las personas inmediatas. Se ha producido el impacto.

El primer día de Salamanca, Unamuno trató de colocarnos sus obsesiones políticas –empezaba a borrársele la figura del rey–, pero, al advertir que a Creixells y a mí ya se nos había borrado, con el disgusto pintado en la cara, se puso a hablar de otra cosa.

A Creixells, que estaba invitado por la Universidad para hablar sobre Max Scheler y el estado actual de la filosofía alemana, le hubiese gustado, naturalmente, hablar con Unamuno de estas materias. Ahora bien: no logró el más pequeño resultado; no pudo, en este sentido, colocar la más mínima palabra.

El segundo día se pasó en el intento de Creixells para hablar de filosofía, tentativa también fallida. El tercer día, el rector tomó aún la iniciativa y nos sumergió en la poesía, tema que ya no abandonó hasta que arrancó el tren de la estación de Salamanca. Empezamos en su despacho, ante su considerable biblioteca.

Empezó por recitarnos a Carducci y Guerra Junqueiro. Desgraciadamente, el piso era tan frío que, en un momento de elevación guerrajunqueirana, tuve una lamentable y aparatosa pechuguera. Ante semejante estropicio, el autor de Niebla se apiadó de mí y nos propuso que nos dirigiéramos al piso del profesor Noguera. Nos encontramos con un piso agradablemente calentado, cómodo y confortante.

Ante el calor, vi que Unamuno fruncía las cejas. Poco después confesó que, a su entender, la calefacción es maligna porque provoca los resfriados. Todos callaron, y el silencio fue aprovechado por el rector para darnos una sesión de una horita de poesía mística castellana.

Después penetró en la literatura catalana y recitó a Maragall, Bofill y Mates y Carner. A Maragall lo conocía íntegramente, de memoria. De Bofill le gustaba su menudo y gótico humorismo, y sus sátiras lo divertían sin reservas de ninguna clase. A Carner lo discutía y consideraba más superficial. A Unamuno no le gustaba nada que fuera superficial. Su estado natural era de las entretelas para abajo, pero ¡qué memoria, Dios mío!

El chorro de poesía fue mantenido con una fuerza imperturbable. A veces, al cabo de mucho rato de recitar, con las interpolaciones naturales de los comentarios, Unamuno se quitaba los lentes y pasaba por los cristales su pañuelo blanco… Creixells me miraba, animado entonces, suponiendo inminente un cambio de conversación más propicio. Pero nada. Volvía a ponerse los lentes, y a velas desplegadas entrábamos en Páscoli.

En fin: el baño de poesía que nos dio fue tan abrumador –con todo y con que a mí la poesía no me cansa nunca– que llegué a sospechar si a Unamuno, en aquel momento, le interesaba otra cosa en el mundo que no fuera la poesía.

A veces se rascaba la barba largo rato, pero nunca comprobé que después de esta operación formulase ningún pensamiento sublime o excepcional. Lo que realmente impresionaba de su cara eran sus ojos, pequeños, redondos, inquisitivos, perforadores, que a veces se nublaban de timidez, otras de reserva inaccesible y otras veces tenían una dureza obsesionante.

Ante el choro de poesía a que Unamuno nos ha sometido estos días, hemos tenido que llegar a la conclusión de que su generosidad es inagotable. Es uno de los intelectuales más elevados que hemos conocido hasta ahora, de una vida familiar y social más dominada por la moral.

Era oneroso, bondadoso, amable, decía las cosas más feroces con una vocecita de primera comunión, mientras jugaba con la miga de pan convertida en bolita. Esto sí: el tono de sus monólogos era tan elevado y su crítica tan fina y alambicada, que raras personas lo entendían.

En medio de aquel raudal poético, que en ausencia de Creixells se convertía en una crítica obsesionada, una cosa me sorprendió en Unamuno: su absoluta falta de contacto con el dinero. No le vi nunca hacer el menor ademán para acercarse a cinco o diez céntimos, a un real, una peseta, un duro, cinco duros, a cualquier clase existente de moneda de curso legal.

Eso producía un gran efecto y lo fortalecía con una aportación de irrealidad, una figura ya muy fuerte de suyo. Comprendí que los hombres de vida interior muy densa ganan cuando consiguen tener un pagar imperceptible.

Cuando el tren arrancó de la estación de Salamanca, Creixells se dejó caer sobre el asiento del vagón, poseído por una notoria fatiga. Dar conferencias tan joven, en estar universidades tan importantes, requiere mucho brío.

Tomado del libro de semblanzas ‘Grandes tipos’, de JosEP Pla (Editoral Aedos, Barcelona, 1959).

FOTOS

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El escritor catalán Josep Pla i Casadevall (1897-1981), izquierda, dialoga con el escritor y periodista Juan Ramón Masoliver. Archivo.

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Retrato del escritor y filósofo Miguel de Unamuno (1864-1936) exhibido en el Ateneo de Madrid. Ateneo de Madrid para LN

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