LN ÁNCORA

Costa Rica, Domingo 7 de septiembre de 2008

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Música

Beethoven y la glorificación del ritmo

  Intenso El ritmo fue el primer elemento de la música que adquirió funciones sociales específicas

Jacques Sagot | jacsagot@gmail.com

Más aún que en la Heroica o la Quinta , Ludwig van Beethoven parece haber logrado en su Sétima Sinfonía esa suprema integración de Apolo y Dionisios, de Logos y Eros , que suele ser el signo distintivo de las más grandes manifestaciones artísticas.

Poca música hay que satisfaga tan plenamente los dos hemisferios básicos de la naturaleza humana como la de Beethoven. Si el corazón encuentra siempre en ella de qué saciarse, lo cierto es que la razón no se deleita menos en la contemplación de estructuras sonoras de tal lógica y coherencia internas.

En vano buscaremos una música de tan arrolladora intensidad como la de Beethoven, pero, por otra parte –y en esto radica uno de los secretos de su arte–, nunca se vio una fuerza semejante ser canalizada dentro de tal perfección formal, tal justeza de proporciones, tal lógica en la ilación de las ideas. Emoción dentro del equilibrio y la estructura.

Dionisios subyugado. Aún en el último movimiento de la Sétima Sinfonía , cuando el frenesí rítmico de la música arrastra al oyente en su incontenible vorágine, podemos sentir el puño de la razón que, con las riendas bien asidas, controla a la emoción pura, ensillando a las bacantes con el rigor de la forma clásica.

Después de todo, no era por mera fatuidad que Beethoven se veía a sí mismo como “el Baco que escancia a la humanidad el néctar delicioso, e infunde en los hombres el divino frenesí del espíritu” (tales son por lo menos las palabras atribuidas al maestro por Elizabeth Brentano, en carta dirigida a Goethe el 28 de mayo de 1908).

El tiempo es el lienzo de la música. El compositor desgrana los sonidos en el tiempo, de la misma manera en que el pintor esparce los colores sobre la tela.

La música es un producto del eterno y multiforme conflicto del sonido con el tiempo. Una pieza puede carecer de melodía o de armonía, pero nunca de ritmo, por cuanto este es, de sus múltiples elementos constitutivos, aquel que organiza las relaciones temporales entre los sucesivos sonidos que la memoria auditiva registra e identifica.

El ritmo amordazado. Así pues, en un principio fue el ritmo, alma y esencia de la música. Ligado a los cultos religiosos, al apareamiento sexual, a la guerra, a la agricultura, a las danzas rituales, el ritmo fue el primer elemento de la música al que el hombre confirió funciones sociales específicas.

Mucho antes de descubrir la vibración de la cuerda tensada, o el sonido del aire al pasar por la caña de bambú, nuestros antepasados cobraron conciencia de la misteriosa estimulación que el rítmico percutir de sus manos sobre un tronco hueco producía en su psique y en su cuerpo.

La cultura judeocristiana vino luego a depurar al hombre de sus atavismos barbáricos, proscribiendo el ritmo como un agente de la disipación y la lujuria, dionisíaco emisario de tiempos idos, peligroso portador de reminiscencias paganas.

(Aún en pleno siglo XX, el teórico Heinrich Schenker intenta convencernos de que el ritmo es un mero producto del contrapunto, la parte más racional de la música. Como quien dice: “El cuerpo es una consecuencia de la mente”).

La Edad Media se avergonzó del ritmo como de uno de esos niños malcriados, que en medio de una cena familiar son capaces de sonrojar a los presentes con sus malos modales (la letárgica uniformidad rítmica del Canto Gregoriano es buena prueba de ello).

Ya que no se lo podía ignorar, era preciso por lo menos reprenderlo y, en la media de lo posible, domesticarlo. Entretanto, del hipnótico, telúrico poder del ritmo sólo se echaba mano cuando se trataba de incitar a los ejércitos a inmolarse en el campo de batalla, o cuando su enardecedor efecto podía contribuir al incremento del trabajo físico sincronizado, como en las galeras romanas de la Antigüedad.

El Renacimiento, fiel a su vocación racionalista, optó también por soslayarlo, y prefirió dedicarse a las más “nobles” disciplinas de la melodía, la armonía y la polifonía (interacción entre varias melodías simultáneas).

¡La polifonía: gloria de Occidente, hija predilecta del racionalismo humanista!

El ritmo liberado. Solamente a principios del siglo XIX, con creadores como Beethoven, Berlioz y luego las escuelas nacionalistas rusa, checa y húngara –pletóricas de danza y folclor–, el ritmo comenzaría ese proceso de emancipación que culmina, en nuestros días, con el furor dionisíaco de Bartók, Stravinsky, Ginastera y aún el fragoroso rock’n’roll .

El determinar cuáles factores étnicos, culturales y religiosos explican el hecho de que los pueblos eslavos y magyares tuvieran, desde siempre, una vivencia del ritmo más desinhibida que la cultivada por la tradición ítalo-franco-germana, es cosa que nos llevaría por andurriales con mucho ajenos a las pretensiones de este artículo. Bástenos aquí con constatar que los primeros tenían una cultura folclórica y popular mucho más fuerte que la de Europa occidental.

“¿Qué tiene que ver esto con la Sétima Sinfonía de Beethoven?”, se preguntarán algunos. “Todo”, responderíamos nosotros. No hay duda de que, si aceptamos la inevitable simplificación que supone el sintetizar en unos pocos párrafos varios milenios de historia musical, bien cabe afirmar que, con su Sétima Sinfonía , Beethoven ha redescubierto para Occidente la fuerza elemental del ritmo, su contagioso, visceral poder sobre el ser humano.

“Apoteosis de la danza”, llamó Wagner a esa obra, deslumbrado sin duda por el éxtasis báquico del final. Aquí es donde el ritmo nos arrastra en el torbellino de sus obsesionantes pulsaciones, a pesar de todo nuestro decoro. Desde el fondo de los siglos, esos oscuros y siempre reprimidos atavismos emergen de nuevo para recordarnos la esencia fatalmente instintiva de nuestra naturaleza.

No olvidemos que, según Nietzsche, la música tiene la propiedad de romper en el hombre el “velo de Maya” (la conciencia de su separatidad existencial) y crear en él la ilusión de una fusión total con sus semejantes. Como el vino y el amor, el ritmo tiene el poder de revelar a los hombres esos “paraísos artificiales” que Baudelaire temía a la vez que amaba.

El éxtasis colectivo que el sortilegio del ritmo suscita en los conciertos rock o en los carnavales de Río de Janeiro parece dar la razón al filósofo alemán. Las batucadas cariocas son el equivalente contemporáneo de los ritos dionisíacos practicados en la antigua Tracia.

La embriaguez rítmica convierte a los participantes en algo semejante a esos “divinos metamorfoseados” a los que se refiere Nietzsche en El origen de la Tragedia . “¡Una regresión a la barbarie!”, claman algunos espíritus recoletos. “¡Una exultante reivindicación del instinto!”, hubiera respondido el autor de Más allá del bien y el mal .

Un irónico paralelismo histórico nos lo ofrece el público parisino que en 1913 abucheó La consagración de la primavera , por juzgarla barbárica y brutal.

También los griegos censuraron en su momento el salvajismo de los cultos tracios... antes de sucumbir por entero a su fascinación.

En presencia de esa fuerza primigenia del ritmo que Beethoven ha liberado de una vez por todas en su Sétima Sinfonía , las argucias racionales de la civilización pueden tan poco como un dique de castores ante el embate de la correntada. ¡Qué le vamos a hacer! Tal es el insospechado poder que el arte tiene sobre nuestras vidas.

EL AUTOR ES PIANISTA Y ESCRITOR, Y DOCTOR EN ARTES MUSICALES Y EN ESTUDIOS CULTURALES FRANCESES.

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    La danza (1856), óleo de William Bouguereau (1825-1905). Museo de Orsay, París. Art Renewal Center

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