LN ÁNCORA

Costa Rica, Domingo 14 de septiembre de 2008

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Ciencia

Habitantes invisibles

  Microorganismos Aunque nuestro ojo no los detecta, millones de íntimos extraños viven en nuestros cuerpos

Edgardo Moreno Robles | emoreno@medvet.una.ac.cr

Noé nunca imaginó que la diversidad viviente dentro y encima de él sobrepasara por muchos miles de millones a los habitantes de su arca. Efectivamente, el número de alienígenas que viven en el cuerpo humano se calcula en mil millones de millones. Es decir, por cada célula del cuerpo hay diez más de otro tipo, principalmente microorganismos simbióticos (aquellos que se necesitan mutuamente para vivir, en simbiosis), que en conjunto llamamos ‘microbiota’.

Aunque la mayoría de la microbiota está compuesta por bacterias, existe una población importante de hongos y una más reducida de animales microscópicos. Por ejemplo, los ácaros son diminutos animales que viven por millones sobre los humanos, en sus ropas y lechos, comiendo las escamas que se desprenden de su piel. A su vez, esos arácnidos poseen su propia microbiota intestinal constituida por más bacterias y hongos (microorganismos responsables de digerir los desechos epidermales que comen los ácaros). Los virus también pertenecen a este microcosmos, pero no son células, sino parte de ellas. Por esto se presume que al menos existe un virus por cada tipo celular.

Antes de nacer, el feto vive dentro de un ambiente estéril. Una vez que es expulsado del útero, se ve forzado a atravesar un canal repleto de bichos microscópicos que habitan la vagina. Fuera, la contaminación aumenta en proporciones enormes, promovida por las muestras de amor de sus parientes. En cada gota de saliva existen cerca de cinco millones de bacterias, y en una sola uña se albergan no menos de cien millones de microorganismos (el equivalente a la población mexicana), por lo que los besos y caricias son verdaderos intercambios de vida.

Microbiota. En pocos días, ese recién nacido heredará una microbiota diversa, la que se instalará en todos los orificios y superficies de su cuerpo: desde las fosas nasales hasta sus intestinos. A partir de ese momento, su identidad celular será mixta y su microbiota crecerá, diversificándose en el transcurso de su vida. Sin embargo, mientras el genoma de los humanos permanece constante con apenas unos 20.000 genes codificantes, no muchos más que los de una mosca, la microbiota en su totalidad posee veinte veces más información codificante que la de sus hospederos.

Una parte importante del metabolismo corporal se debe a la microbiota. Por ejemplo, sin el concurso de las bacterias intestinales, los humanos serían incapaces de digerir los alimentos ya que ellas aportan la mayoría de las enzimas y extraen muchos de los nutrientes esenciales. El apetito, la malnutrición e incluso la obesidad se ven determinados en gran medida por la microbiota. También sufren su influencia la inmunidad, la renovación de células intestinales, la formación de anticuerpos, y la destoxificación de drogas, cancerígenos y fármacos.

La microbiota colabora en adecuar las condiciones de acidez y salud de la vagina para seleccionar a los espermatozoides más fuertes; por lo tanto, determina parte de la identidad genética. Ella desempeña un papel relevante incluso en asuntos como el comportamiento, el volumen del corazón y la longevidad. Se puede decir que la microbiota funciona como un tejido más del cual no se puede prescindir. Dentro de este contexto, ella es indispensable para la vida de los humanos.

Aunque cada persona posee una microbiota particular, existe un acervo común de microorganismos compartido por los humanos, el cual los distingue de otros animales. Sin embargo, debemos aclarar que la microbiota de un perro doméstico se parece más a la de su dueño que a la del vecino. Es decir, las diferencias existentes no solo dependen del bagaje genético de las personas, sino también de sus hábitos, hábitat y relaciones con otros seres, incluidos animales y plantas de donde también adquieren microbiota.

Así, el olor que despide un joven se debe a sus interacciones, y en especial al desdoblamiento de las grasas (provenientes de la ingesta), por parte de las bacterias que cohabitan con él. Esta es una de las razones por las que todas las personas huelen de manera diferente y por la que existen olores particulares dentro de las familias y tribus.

Olor y sabor. Para bien o para mal, la microbiota ha tenido que adaptarse a las costumbres humanas. Las dietas exóticas, el alcohol, el tabaco, los ungüentos, los desodorantes, los talcos, los jabones, los maquillajes, los tintes, los tatuajes, las pastas y los enjuagues son apenas unos pocos de los menjurjes a los que se ven enfrentados cotidianamente los simbiontes microscópicos de las personas.

Según la ropa y el ejercicio que se haga, la temperatura corporal cambia, lo que favorece la replicación de ciertos microorganismos sobre otros, y esto determina en gran medida el olor y el sabor de las personas. Incluso, el intercambio cultural durante un viaje se ve opacado si se compara con la permuta de microorganismos. La dispersión y diversidad de estos aumenta con cada interacción.

Si bien la microbiota se conforma como un tejido esencial, conviven con ella un número muy reducido de microorganismos capaces de causar enfermedades. Estos son los patógenos. Se calcula que, de cien millones de especies de bacterias que podrían existir en la naturaleza (un cálculo conservador), solo unas 500 tienen el potencial de causar enfermedad en humanos.

Parte de esa reducida pero importante población de patógenos, es la que ha dado mala fama a las bacterias como agentes peligrosos, cuando en realidad la mayoría de ellas son aliadas. Algunos de los patógenos potenciales viven en el cuerpo; solo cuando las defensas bajan (ante ciertas circunstancias como el sida o el cáncer), toman ventaja y se vuelven en contra. Estos son los oportunistas.

Sobrevivientes. Algunos pocos patógenos son verdaderos especialistas en humanos, como las bacterias causantes de la sífilis o la gonorrea, dos enfermedades graves de transmisión sexual. Sin embargo, la mayoría de los microorganismos que causan enfermedades son de carácter emergente; muchos de ellos son parte de la microbiota de otros animales o son habitantes del agua o del suelo. Algunos pocos ejemplos son la peste (trasmitida por las pulgas de las ratas), la brucelosis (adquirida por ingestión de leche no pasteurizada) o el tétanos (causado por una bacteria habitante del suelo).

La actividad humana tiene gran influencia sobre la microbiota y genera condiciones para que emerjan “nuevos” microorganismos patógenos y oportunistas. La tala y la invasión de los bosques obligan a la convivencia con microorganismos exóticos antes circunscritos a su entorno selvático. El cambio climático hace que patógenos puedan invadir nuevos espacios que antes estaban vedados para ellos por condiciones de temperatura y humedad. El uso indiscriminado de antibióticos selecciona bacterias resistentes a ellos; al mismo tiempo, tal exceso mata y altera gran parte de la microbiota humana, lo cual incrementa el riesgo de enfermar.

El destino de los humanos está ligado a su microbiota, y muchos de los microorganismos morirán junto con sus hospederos como parte del ciclo de la vida. No obstante, una buena parte de estos microbios sobrevivirá en otros individuos. Finalmente, cuando el último animal y la última planta dejen de existir, permanecerán las bacterias como los postremos habitantes de la Tierra y serán estas, quizás algún descendiente de la microbiota humana, el último testigo de la vida en este mundo.

EL AUTOR ES MICROBIÓLOGO; INTEGRA LA ACADEMIA NACIONAL DE CIENCIAS Y EL PROGRAMA DE INVESTIGACIÓN EN ENFERMEDADES TROPICALES DE LA UNA.

FOTOS

  • Nacion.com

    Colonia de Escherichia coli en el intestino humano. Fotografía de Eric Erbe y coloración digital de Christopher Pooley. Edgardo Moreno para LN

  • Nacion.com

    Microbiota diversa de bacterias y hongos. www.biology.uoregon.edu

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