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Costa Rica, Domingo 30 de agosto de 2009

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Música

Borodin, o la historia de una pasión

  Breve intensidad El compositor ruso Alexander Borodin dejó una obra exigua, pero admirable

Gonzalo Castellón | tenore@racsa.co.cr

¿Qué decir de la lucha interna de los creadores, a quienes la vida obliga a ganarse el pan mediante una tarea que sublima su impulso creador? Varios ejemplos se extraen de la historia de la música: Johann Strauss (hijo), Modest Mussorgski, un poco Ignacy Jan Paderewski, y muchos otros que acaso se oculten tras la escandalosa cifra negra del fracaso.

No obstante, en el caso de Alexander Borodin, su vida y –por sobre todo– su bella producción musical constituyen la confirmación de que el genio creador sobrevive aun a través de la prosaica visión de un tubo de ensayo.

La vida de Alexander Porfirievich Borodin (1833-1887) es la historia de una pasión. Su singular vida se consolidó a través de una profesión principal, la química, y de una ineluctable pasión que le impuso la tarea de crear: la composición musical.

Deberíamos tal vez escrutar, en la vida del músico, el embate aislado de la inspiración y de la creatividad pues la reducida producción de Borodin se caracteriza enteramente por su elevada calidad musical. Sus contemporáneos, Mussorgsky, Cui, Balakiriev y Rimski-Korsakov, se apercibieron a tiempo de tan insólita circunstancia y lo integraron al Moguchaya Kuchka –grupo de los cinco – constituido para salvaguardar el alma de la música rusa.

Un músico científico. Se dice que la familia de Borodin descendía del rey David; al menos así se lo informó su padre –Luka Gedevanishvili y noble cortesano de Georgia– desde su más tierna edad. La convicción de descender de tan singular ancestro podría hacernos creer que la flauta del humilde pastor matagigantes transmitió ocultamente a Alexander Porfirievich la pasión por la música.

Sin embargo, no se crea que la pretendida división en la que vivió el médico-químico-compositor alimentó el pathos de su creación. En la práctica, Borodin vivió cómodamente, cual un circunspecto miembro de la pequeña burguesía rusa. Indudablemente fue un profesional excepcional en todos los campos, pero en la práctica sobrepuso voluntariamente su actividad científica a la musical, a la que dedicaba solamente su tiempo sobrante. De tal manera, se autodenominaba músico de fines de semana.

La trayectoria científica de Alexander Borodin osciló prontamente hacia la química. Su vocación lo inclinaba hacia la investigación, más que hacia la práctica hospitalaria, a veces cruel. La Academia Militar de San Petersburgo, en la cual recibió su formación, lo integró prontamente a su cuerpo de investigadores y docentes.

Su investigación sobre los aldehídos transformó a Borodin en una verdadera autoridad en la materia, hasta el punto de compartir con Charles-Adolphe Wurtz, científico alemán, el mérito de descubrir la reacción aldólica. En 1858 publicó su investigación sobre Analogía del ácido arsénico con el fosfórico , la que le valió reconocimientos internacionales .

Una creación musical reducida. De hecho, el carácter exiguo de la producción musical borodiniana que ha perdurado, tiene su origen en el reducido tiempo que dedicaba a la creación. Se le conocen tres sinfonías tradicionales, inconclusa la tercera, canciones aisladas y dos inefables cuartetos de cuerda, entre los que destaca el segundo, verdadera joya melódica y contrapuntística.

A ellos se une un corto poema sinfónico: En las estepas del Asia Central , obra maestra, de raro discurrir, que describe el lento y progresivo encuentro de dos caravanas, representadas tímbricamente con armónicos del primer violín y el corno inglés. La ambientación de la obra, su creciente tensión dramática y, sobre todo, la belleza melódica que asoma constantemente, la convierten en un top del género, comparable con la Noche en el monte Calvo de su amigo Modest Mussorgsky o La gran pascua rusa , de Nicolai Rimski-Korsakov.

En uno de los tantos viajes, que el propio gobierno ruso le procuró como representante de la vanguardia científica zarista, conoció a Franz Liszt. Este, sorprendido por el talento del joven, ofreció estrenar su primera sinfonía, episodio que tuvo gran repercusión en Alemania en 1880. Borodin dedicó a Liszt sus Estepas del Asia Central , estrenadas en el mismo año bajo la batuta de Rimski-Korsakov.

Se discute frecuentemente si la convivencia musical con otros grandes genios de la música rusa fue o no beneficiosa para Borodin. Es difícil responder, pero al menos es cierto que su relación con Balakiriev lo enriqueció particularmente, si tomamos en cuenta que este era el músico más formado de los cinco. Con el tiempo, Rimski-Korsakov –gran orquestador– fue el encargado de instrumentar algunas de sus obras inconclusas, entre ellas su amada ópera El príncipe Igor , hecho que contó con el concurso de un entusiasta Alexander Glazunov.

Danzas prodigiosas. La reducida producción musical de Borodin alcanza su clímax en su ópera Knyas Igor (El príncipe Igor) y, particularmente, en las archifamosas danzas de los pólovtsy o danzas polovetsianas . No existe un episodio de ancestro más nacionalista que esta imborrable mezcla de ritmos, sonidos y sensualidad, que tan pronto llama a la guerra como a la paz. Su desenvolvimiento es literalmente vertiginoso e involucra coro, orquesta y solistas por igual. Borodin amó particularmente esta ópera, que fue su particular legado y a la que dedicó largos veinte años.

El príncipe Igor es el equivalente ruso del Mio Cid o de la Chanson de Roland pues la anónima obra literaria – El canto del príncipe Igor – reúne las características básicas de la canción de gesta. El príncipe Igor es prisionero del Khan Konchack , jefe de la tribu de los Polovtsy , que ha reconocido su rango real. Al propio tiempo, su hijo –el príncipe Vladimir – se ha enamorado de Kontchakovna , hija del jefe tártaro.

Sin embargo, cuando al campamento tártaro llegan las noticias de que Poltiole, su ciudad, ha sido saqueada, el príncipe no duda ya y se escapa, abandonando a su hijo, quien, mientras tanto, ha decidido casarse con Kontchakovna . Entre grandes manifestaciones de regocijo del pueblo, el príncipe Igor entra en Poltiole y se reúne con su amada princesa Yaróslavna .

El príncipe Igor es tal vez la obra más nacionalista de las producidas por el Moguchaya Kuchka . Si bien su lenguaje musical es dialéctico, Borodin mantiene una línea particularmente propia, de gran riqueza melódica. Para retratar las figuras orientales o tártaras, el compositor echa mano al tradicional recurso del cromatismo (intervalos basados en la escala cromática) que dotan a la melodía de un carácter lejano y enigmático.

Trágico baile de máscaras. En el final de la vida del compositor, sobreviene un curioso episodio que acaso revele el oculto destino de nuestro novelesco personaje. En un baile de disfraces que ofrecía en su residencia, fue súbitamente víctima de una apoplejía que le arrebató la vida en medio del proceso de creación de su tercera sinfonía.

Borodin murió en medio de la surrealista ambientación del más puro anonimato: una mascarada (como Gustavo III de Suecia, protagónico personaje de una bella ópera de Verdi) y, como el monarca escandinavo, víctima de un oculto enemigo, no por ello menos letal.

Al trascender al más allá, Alexander Porfirievich Borodin dejó inconclusa su querida ópera, consagrada a esa extraña figura que fue el Príncipe Igor . Murió como vivió, encubierto en un disfraz que ocultaba su verdadera personalidad y que no pudo tapar los intersticios por los cuales se fugaron de la mano, su genio y su pasión.

FOTOS

  • Nacion.com

    El principe Igor , montaje del 2001 del director Yevgeny Sokovnin en el Teatro Mariinsky de San Petersburgo, sitio en donde esta obra se estrenó en 1890. Teatro Mariinsky

  • Nacion.com

    Portada de la partitura publicada de El príncipe Igor , cuyo texto reza: Príncipe Igor, ópera en cuatro actos con un prólogo, letra y música de A.P. Borodin. Tema adaptado de El cantar de las huestes de Igor . Wikicommons

  • Nacion.com

    Busto de Borodin (1833-1887) en el Cementerio Tikhvin, en San Petersburgo. Wikicommons

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