LN ÁNCORA

Costa Rica, Domingo 22 de marzo de 2009

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Historia

La última dictadura

  Represión y lucha Entre 1917 y 1919, Costa Rica experimentó una de sus peores etapas históricas

Alejandro Bonilla Castro | abonillacr23@gmail.com

En un libro hoy inhallable, Proceso histórico (1920), Tranquilino Chacón recuerda los antros de tortura que impuso el gobierno de Federico Tinoco: “Con solo pensar en ellos, el mareo y el asco turban la mente, atrofian la memoria y piden venganza”. Tales palabras grafican el extremo al que llegó un régimen que, empero, había nacido con apoyo popular.

Esta historia comienza con el gobierno del presidente Alfredo González Flores (1914-1917), cuyo mandato estuvo siempre en entredicho pues lo había elegido el Congreso, no la ciudadanía. A esto se agregó la crisis económica causada por la Primera Guerra Mundial (1914-1918), que creó un ambiente de incertidumbre pues los ciudadanos recibían cada vez menos dinero y se sentían castigados por la especulación en los alimentos.

La impopularidad del gobierno creció a fines de 1916 y principios de 1917 porque González Flores vetó un proyecto petrolero que supuestamente proporcionaría recursos económicos al Estado para paliar la crisis económica. Además, se empeñó en crear nuevos tributos a los círculos cafetaleros. También lo perjudicaron rumores sobre su supuesto deseo de presentarse a las elecciones para el periodo presidencial siguiente (1918-1922).

Por todo ello, buena parte de la población apoyó el golpe de Estado que dio el ministro de Guerra, Federico Tinoco, el 27 de enero de 1917. Sin embargo, el gobierno de Tinoco pronto empezó a perder popularidad. A este rechazo contribuyeron dos proyectos de ley formulados por el gobierno: con uno se procuraba reestablecer la pena de muerte, y con el otro se intentaba eliminar el sufragio directo en las elecciones presidenciales.

Ambos proyectos motivaron las primeras muestras de oposición, encabezadas por intelectuales como Carlos Gagini y el diputado Rogelio Fernández Güell. Gagini afirmó: “Un gobierno ilustrado debe preocuparse más de prevenir los crímenes que de castigarlos”.

Mientras tanto, tras aprobarse la reforma electoral, Fernández Güell manifestó: “Ya no será el pueblo, ni siquiera un dictador viril y patriota, poseído de amor al pueblo, el que mande, sino un círculo de oligarcas”.

Oposición. Esas respuestas y el cierre –ordenado por Tinoco– del diario El Imparcial llevaron a los intelectuales a oponerse cada vez más abiertamente al régimen militar.

Por otro lado, el gobierno tinoquista no pudo resolver la crisis económica interna ni logró ser reconocido por Estados Unidos. Además, perpetró arbitrariedades contra los maestros, impuso reclutamientos forzosos y avaló recurren-tes abusos de autoridad.

Todo ello alimentó las primeras manifestaciones de oposición popular a lo que ya empezaba a llamarse “dictadura tinoquista”.

El principal medio de lucha contra Tinoco fue la prensa, mediante la cual la oposición hizo circular sus demandas. Entre los periódicos adversos al régimen estaban el Diario de Costa Rica , La Acción Social y El Liberal . Los sectores populares realizaron sus primeras manifestaciones antitinoquistas el 12 y el 13 de noviembre de 1918, durante las fiestas convocadas por el mismo gobierno para celebrar la finalización de la Primera Guerra Mundial.

En un discurso público, Stewart Johnson, gran opositor a Tinoco, manifestó que el kaiserismo, derrotado en Europa, pronto también sería destruido en América. Estas declaraciones incitaron a los manifestantes a exclamar “¡Muera Tinoco!” y “¡Abajo el gobierno”, lo que motivó a la policía a dispersar violentamente la reunión.

En junio de 1919, las manifestaciones contra el régimen fueron verdaderamente populosas. En ellas participaron tanto docentes y obreros como estudiantes del Liceo de Costa Rica y del Colegio Superior de Señoritas.

Esos movimientos culminaron en la quema de los periódicos La Prensa Libre y La Información y dejaron más clara aún la capacidad represiva del régimen, pero también aceleraron su caída.

La declaratoria de guerra a Alemania, el 23 de mayo de 1918, facilitó al gobierno establecer un estado de ley marcial. Tinoco aprovechó así el hecho de que la Constitución de 1917 limitaba considerablemente el derecho de habeas corpus .

Tinoco justificó la ley marcial como respuesta a la rebelión encabezada por Rogelio Fernández Güell el 22 de febrero de 1918. En tales circunstancias, todo recurso presentado por los reos políticos era denegado casi inmediatamente. A la vez, la declaratoria de guerra permitía al régimen establecer una censura oficial sobre la correspondencia, la telegrafía y la libertad de reunión.

Tormentos. Los cuerpos policiales de espionaje interno, establecidos por Cleto González Víquez en 1908, se convirtieron con Tinoco en la pesadilla de los sectores populares. Conocidos con el mote de esbirros , los agentes se encargaron de la intervención de las comunicaciones, la vigilancia de las fronteras, la identificación de los elementos sospechosos, la retención forzada de los prisioneros políticos y la tortura de estos.

Los lugares de reclusión del régimen tinoquista fueron la Penitenciaría Central y el Cuartel Bellavista. En los niveles subterráneos de esos edificios se encontra-ban las celdas destinadas a los presos políticos. A esos sombríos lugares se refirió Tranquilino Chacón en sus memorias.

Las celdas eran de poca o nula ventilación y estaban expuestas al agua contaminada, y los camastros se infestaban de chinches. Además, se usaba el “claustro”, una pequeña celda donde el preso únicamente podía mantenerse de pie, lo que le ocasionaba la asfixia por el cansancio, el calor y la falta de aire.

Los detenidos políticos eran sometidos a torturas dentro de las prisiones. Los castigos más comunes eran los golpes con “el palo”, dados con una vara de membrillo en la espalda o los glúteos hasta desgarrar los músculos. Una variación eran los golpes de verga, un músculo secado al Sol y de mayor dureza que la vara. Este castigo era destinado a los prisioneros considerados líderes de la oposición o a los que fueran “indisciplinados” en las prisiones.

Sin embargo, los castigos más temibles usados por los esbirros eran el cepo común y el cepo alto. En el primero de ellos se aprisionaban, entre dos maderos, la cabeza y los brazos del reo, y se dejaba su cuerpo en una posición extenuante por cerca de 30 horas.

El cepo alto aprisionaba en el aire las piernas del reo, lo que no permitía a este apoyarse en ninguna parte. Por esto, los filos del cepo rompían la piel de las piernas y a veces causaban la muerte tras una dolorosa agonía.

Fin del régimen. El 13 de agosto de 1919, Federico Tinoco decretó la salida de los presos políticos como último acto de buena voluntad antes de partir al exilio. La quema de los cepos, el 15 de setiembre de 1919, constituyó en un acto simbólico del retorno a la democracia. El 17 de setiembre, el Diario de Costa Rica se refirió así a ese acontecimiento:

“En la mañana de aquel 15 de septiembre –como dirá más tarde alguna crónica que recuerde el suceso de oro– se vertió canfín sobre los maderos infamantes y la llama se alzó unísona con el agradecido grito de los torturados y con el palmotear frenético de manos martirizadas”.

Con la quema de esos cepos, se puso fin simbólico a la dictadura de Federico Tinoco, el último gobierno militar de Costa Rica.

EL AUTOR ES HISTORIADOR DE LA UNIVERSIDAD DE COSTA RICA. Este ARTÍCULO SINTETIZA SU TRABAJO ‘MOVIMIENTOS SOCIALES Y REPRESIÓN DEL ESTADO EN LA DICTADURA DE TINOCO (1918-1919)’.

FOTOS

  • Nacion.com

    Federico Tinoco Granados, presidente de Costa Rica entre 1917 y 1919. Alejandro Bonilla para LN

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    Penitenciaría Central, uno de los lugares de reclusión para los disidentes del régimen de Tinoco. Alejandro Bonilla para LN

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