LN ÁNCORA

Costa Rica, Domingo 31 de mayo de 2009

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Personaje

El último poema de Julio Acuña

  Bella sorpresa La imprevista lectura de un poemario revela un escrito de un amigo asesinado

El título de este artículo es engañoso o, peor aún, es mentiroso pues estoy seguro de que Julio Acuña escribió muchos poemas más, después del que apareció inesperadamente en un libro de él. No obstante, podríamos considerar que aquellas líneas son, por ahora, su último poema.

En abril del 2007, yo fui al Centro de Cine, en Barrio Amón, no recuerdo exactamente a hacer qué, pero en cambio sí recuerdo que, poco antes, Julio había publicado su libro Ontología menor . Pasé a saludarlo, como solía hacerlo, y él, todo sonrisa bizca, todo alegría, como solía ser, me mostró un ejemplar de su recién publicada obra.

Me alegré por él y me alegré con él. Sabía que había trabajado duramente por ese libro. Sabía que Julio había resistido mil veces la tentación de publicar demasiado pronto. Él tenía entonces más de treinta años.

Aquella tarde Julio tomó el ejemplar del libro que tenía sobre su escritorio, escribió una dedicatoria y me lo regaló. La dedicatoria está fechada el 9 de abril de 2007, y por esto sé que todo ello ocurrió alrededor de un año antes de que lo asesinaran; y por eso estoy seguro de que Julio escribió aún muchos poemas más.

Por aquellos días leí su libro como me gusta leer la poesía: a ratos sí, a ratos no, rodeándola para penetrar su densidad, porque, bajo su apariencia juguetona e inofensiva, Julio Acuña vivía densa e intensamente la vida. Por eso era poeta, y su poesía se parece a él.

Pues bien, leí su libro y lo guardé junto a otros de poesía; solo volví a merodearlo con la rabia viva por su muerte.

Con la rabia viva por su muerte recordé también la última ocasión en la que departimos, en Nicoya, en una gira del programa Dos miradas , que exhibe cine español y video costarricense en ciudades del interior del país.

En aquella ocasión tomamos un par de cervezas juntos. Él llegó al bar con una muchacha muy joven y morena que resultó ser piedrera y prostituta, y que nos fue desgranando su vida poquito a poco, entre sorbos largos de cerveza, para nuestro asombro.

Para nuestro asombro habló con indiferencia, casi con rencor, de su propia vida, como si fuera la de una enemiga. Julio la había conocido minutos antes y la invitó a conversar y a tomar una cerveza, y ella sintió su humanidad y abrió su historia para nosotros. Así era Julio, poeta de humanidad. Nos despedimos de la muchacha entregándole algo de dinero –con la que quizá atemperó su ansiosa urgencia de piedra – y deseándole suerte, que la necesitaba.

También recordé entonces, como recuerdo ahora con ternura, la aventura caribeña de Julio, cuando renunció al Centro de Cine para aventurarse con unos amigos en las llanuras del Tortuguero. Fue su etapa “hippie”. Nunca lo visité allá, pero luego me contaría que construyeron un ranchito y ahí vivieron.

Ellos pretendían vivir de la agricultura o algo así, pero ya sabemos cómo termina eso. Julio regresó mechudo y marihuanero, pero no me sorprendió encontrarlo, más tarde, trabajando de nuevo en el Centro de Cine. Un par de años después publicó su libro y me regaló el ejemplar del que he hablado en el comienzo.

Pues bien, meses después de la muerte de Julio, hubo un cambio en mi biblioteca: lo que estaba aquí pasó allá, y viceversa, en ese ejercicio ilusorio de poner orden en el mundo, o al menos en nuestro propio mundo personal, que nos acomete a veces y que traducimos en poner orden en la biblioteca.

En ese torbellino, el libro de Julio desapareció; pero, la verdad sea dicha, yo no me había percatado de ello hasta el día de hoy, cuando lo encontré oculto; diríamos, más bien, “traspapelado” detrás de otros libros.

Al azar, lo tomé para juguetear con él, y al azar recordé a Julio y se abrió la última página, la que está antes de la contraportada, la página blanca, y al azar y por milagro apareció, manuscrito por Julio, un poema, o apuntes para un poema, que él había trazado ahí, en su propio ejemplar, el que, en un acto de desprendimiento y espontaneidad, me regaló sin recordar que había escrito esos apuntes.

El poema o su apunte dice así:

Voy tropezando

hasta el hallazgo

Afino y restaño

las cuerdas del ser

Apresado por estructuras

fantasma me siento

del lado del desorden:

ese ir y venir

de todo lo abisal

Uno

Ser Poesía

puntuación: la respiración

palabras: cuerpo

Profesión de olvido

Para

Así queda todo, inconcluso, como quedó la vida de él, pero la vida está llena de pequeños milagros. ¡Gracias, “viejito”! Un abrazo en la distancia efímera que nos separa a los vivos de los muertos.

FOTOS

  • Nacion.com

    El poeta Julio Acuña murió a los 34 años; dejó un hijo, Solaris. Archivo.

  • Nacion.com

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de nada

El periodista y poeta Julio César Acuña Agüero fue asesinado en la madrugada del 19 de junio del 2008 en la carretera que une el pueblo de El Llano con el centro de Alajuelita (San José). Poco antes, él había asistido a la presentación de un libro de literatura, junto con amigos. Entre estos figuraba la profesora Yoselín Yariela Rojas Chinchilla, también asesinada entonces. Hasta hoy, no hay sospechosos ni culpables de ese doble crimen. El OIJ comenzó una investigación infructuosa, y el Ministerio Público no ha abierto proceso contra nadie. La viuda de Acuña, Tania Álvarez, escribió a Áncora al respecto: “Desde que Julio murió, todos los familiares nos pusimos a disposición del OIJ pues deseamos ser parte activa del proceso; pero tan mal nos ha ido que nunca nos ha llamado. “Una vez, la fiscalía nos citó, por error, a un juicio ajeno. Otra vez nos dijo que esperaba unas pruebas, pero jamás nos explicó nada. Realmente no sé qué es más triste: el asesinato o la indiferencia de las autoridades”. (V. H. O.)

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