LN ÁNCORA

Costa Rica, Domingo 8 de noviembre de 2009

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Cine

Trilogía de ternura y dolor

  Vidas tempranas Las ilusiones y las penas de la infancia viven en tres notables cortos nacionales

María Lourdes Cortés | marialcortes@correo.co.cr

Tres recientes cortometrajes –seleccionados en la XVII Muestra de Cine y Video Costarricense– revelan un salto cualitativo y coinciden en tener niños como protagonistas.Son niños con ilusiones, que se enfrentan a la vida y que, en pocos minutos, descubren los primeros dolores, aquellos que los marcarán para siempre.

Esta trilogía de ternura y dolor son Bajamar , de Gustavo Fallas, el más experimentado del grupo; El mar , primer corto de Maricarmen Merino, y Arena , de Mauro Borges en su primera incursión en la cinematografía.

Esos sueños parecen sencillos, pero lo simple puede convertirse en lo más complejo para un niño. En Bajamar , conducir un jeep equivale a “convertirse en un hombre” y, aun más, tener a un padre como cómplice. En El mar , el sueño es tan simple como conocer esa inmensa masa de agua que es el mar. En Arena , el sueño es una urgencia, quizá la necesidad fundamental de un ser humano –más aún, de un niño–: tener un amigo.

Con una estética sutil, una fotografía difusa y pocos diálogos, Bajamar nos pone en escena a un niño en ese proceso clave de la vida de pasar a la pubertad. El corto no pretende contar un relato de manera tradicional; más bien, sugiere situaciones que hacen que, como espectadores, podamos interpretar el entorno, los sueños y las decepciones del protagonista.

En la primera escena, vemos un plano general de una playa y un viejo jeep . Son las vacaciones, y el chico está con su padre, quien le promete que, si cuida a su madre “como un hombre”, le prestará el coche a su regreso. Intuimos la incomunicación entre los padres del niño. El hombre se va, y la madre queda con lo que ha llamado “su compañerito”, como queriendo encerrar bajo sus faldas a ese niño que se le está escapando.

Una chica se sumerge en una piscina en una toma muy sensual. El niño-joven se masturba, también en una toma sutil porque nada es evidente en Bajamar . La madre intuye la partida del chico, se desespera; le dice “mal hijo” ante el primer error del joven porque sabe que ese “mal hijo” no es más su “compañerito”, sino un ser independiente en proceso de crecimiento. “Mal hijo” –frase que se repite– es una castración simbólica que la madre necesita ejecutar ante su soledad.

El padre ausente refuerza ese esquema de castración filial. No cumple su promesa; por tanto, el niño no es lo suficiente “hombre” para merecer ese jeep , símbolo de una masculinidad añeja y en decadencia. Peor aún, no consigue un cómplice en su padre. Si tu padre no te cumple, ¿quien te asegurará que el mundo es un lugar para vivir y no un lugar para mentir?

Una gotita de mar. El mar , de Maricarmen Merino, quizá sea el corto más sencillo; no obstante, es de una profundidad como el mar.

Se estructura como fragmentos de un viaje –recordemos que Maricarmen es ante todo fotógrafa–. Es un viaje frustrado, en que el niño parece no darse cuenta de que la vida cotidiana sobrepasa a una madre sola. Ella tampoco puede cumplir sus promesas: corre para dar un regalo a su hijo, pero llega tarde y frustra el sueño de Nacho, el niño. Al final, en una parada de buses, Nacho lleva puestos sus flotadores de color naranja para sumergirse en un mar que no existirá jamás.

La madre es esa adulta cansada que ya no tiene sueños ni fantasías y que dice las cosas por su nombre, sin pensar que la realidad puede tener múltiples aristas.

El niño espera. Como en Bajamar, hay pocos diálogos, pero el chico se distrae con su imaginación y con el pececito que lleva en una bolsa con el fin de devolverlo al inmenso mar. La madre pregunta al niño si en la escuela le han enseñado algo del mar. “Que la cantidad de mar en la tierra es igual a la cantidad de agua en el cuerpo. Es como si tuviéramos un pequeño mar dentro”, contesta, orgulloso.

Sin embargo, mirando un dibujo del niño donde el mar aparece amarillo, la madre vuelve a preguntarle: “¿No te han dicho que el mar es azul?”. Silencio. De todos modos, lo que el niño veráes un mar negro.

Imaginación infinita. Arena es la historia de la urgencia de Andrés –un niño ingenuo y solitario– de tener un amigo. Su compañero es Brallan , un poco mayor, quien lo obliga a superar una serie de pruebas para acceder a su amistad. Andrés las cumple, incluso las más difíciles, con tal de tener un cómplice, alguien con quien jugar, hablar, reír o incluso llorar.

A diferencia de los otros cortos, en Arena todo sugiere la apariencia de armonía. Andrés tiene la “familia perfecta”, con las típicas ambiciones de la clase media, como irse a vivir a Miami; pero esa “familia feliz” tampoco existe.

En la única escena en la que aparecen juntos –una cena familiar–, el joven realizador corta el rostro de los padres en un plano medio en el que solo vemos a un Andrés abstraído, mientras oímos los planes del viaje. En otro momento aparecen sus siluetas, empacando. Una imagen condensa la situación: Andrés, en su habitación, con un foco, mira el mapa de Florida, sólo ante un mundo desconocido.

Como el padre en Bajamar , Brallan siempre se mueve bajo los conceptos de “sea hombre” y “no sea playito”, y coloca al niño en situaciones para que demuestre que merece ser su amigo. En el primer corto, el jeep es el símbolo de ser adulto, aunque parece también ser el instrumento para una complicidad padre-hijo.

En Arena , Andrés descubre, con su imaginación y su creatividad, un túnel de palabras e imágenes (es decir, de relatos) con los que seduce –como un pequeño Scherazade– a Brallan para que sea su amigo.

Un viejo y sucio puente, guarida de mendigos, es el espacio central para lograr el reto máximo: si Andrés se queda a dormir allí, Brallan concederá la amistad. El chico sale con su mochila y su foco, y se inicia la serie de aventuras imaginarias de las noches de Andrés en el puente: el descubrimiento de un cuarto situado detrás del túnel, un inmenso jardín, un hombre de arena…

Sin embargo, la sensibilidad de ambos niños es muy distinta. Andrés ha cumplido todas sus “misiones”, pero Brallan no comprende –¿o quizásí?– que lo único que Andrés le demanda es ternura y amistad.

En el momento más sutil del corto, Andrés le brinda un regalo a su amigo: un puñado de arena que le desliza sobre el pantalón mientras le da un beso en la mejilla, agradeciéndole su amistad. Brallan estalla como el machista en el que se convertirá y le grita que “no sea playo”. Desesperado, Andrés le cuenta que se irá del país: el beso era su despedida, pero Brallan le espeta, desde nuestra cultura patriarcal: “¡Ojalá se caiga el avión!”.

El corto cierra con Brallan solo, recuperando la arena de su pantalón; pero es demasiado tarde pues la incomprensión y la diferencia de sensibilidades entre ambos chicos impiden la reciprocidad.

El corto es redondo, y la historia descubre, con sutileza, uno de los hoyos más profundos de nuestra sociedad: la incomunicación en medio de la apariencia de ser felices. La imagen se repite: una mano entrega arena, pero esta se escurre entre los dedos.

Estos tres niños solo piden amor, pero nuestro contexto social niega esta necesidad básica del ser humano. Somos inasibles granitos de arena en la soledad de un inmenso desierto de arena.

FOTOS

  • Nacion.com

    Fotograma de El mar , de Maricarmen Merino. María Lourdes Cortés para LN

  • Nacion.com

    Fotograma de Arena , de Mauro Borges. María Lourdes Cortés para LN

  • Nacion.com

    Fotograma de Bajamar , de Gustavo Fallas. María Lourdes Cortés para LN

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