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Costa Rica, Domingo 13 de septiembre de 2009

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Música

Mozart de los Bulevares

  Humor y arte El compositor francés Jacques Offenbach fue un genio que creó con alegría

Gonzalo Castellón | tenore@racsa.co.cr

“¿De modo que es usted el compositor de esta operetta ?

”¡Sí, Alteza! He tenido ese atrevimiento.

”¿Y es cierto que usted nació a orillas del Rin?

”Sí, Alteza. Tuve ese honor.

”Entonces…, ¿es usted el autor de la Novena sinfonía ?

”¡Oh, no madame ! Ese es Beethoven…, ¡yo soy Offenbach!”

El diálogo anterior se desarrolló – velis nolis – entre la no muy ilustrada Emperatriz francesa Eugenia de Montijo, esposa de Napoleón III, y el triunfante compositor de Orfeo en los infiernos . Hablamos de Jacob Ebers, nombre original de Jacques Offenbach, que había nacido en Colonia (Prusia) en 1819, de familia judía, y que, al igual que Gustav Mahler, abjuró de su credo para hacerse católico, más por cálculo que por convicción.

Hacia una belle époque . El siglo XVIII, con su altisonancia, su seriedad impertérrita y sus gestas revolucionarias o independentistas, consagró un verdadero culto hacia la ópera seria. El llamado Singspiel , género cultivado por Mozart con la más refinada de las ironías, así como la mal llamada opéra comique , mantuvieron empero una relativa vigencia.

En cuanto al emplazamiento, el resultado fue obvio: la ópera seria se interpretaba en el gran teatro, con la solemnidad y reverencia exigidas, mientras el género ligero, en ocasiones llamado buffo por los italianos, tenía lugar en teatros de variedades, llamados posteriormente de vaudeville.

En Francia, el gran cultor del género liviano había sido Charles-Simon Favart, cuya obra maestra, La Chercheuse d’esprit (1741), ameritó, dos años más tarde, su nombramiento como regisseur de la Opéra Comique y posteriormente del Théâtre-Italien , en el cual se representaron más de cuarenta obras cómicas, sobre la base de la musiquette y el diálogo jocoso.

El joven Offenbach había emigrado a París hacia 1830 para laborar como cellista bajo las órdenes de Luigi Cherubini, en la orquesta de la Opéra Comique . Durante el período en que ejerció el cargo, tuvo oportunidad de apercibirse de la progresiva contaminación del género y de su peligroso acercamiento hacia la ópera seria. En 1855, cuando se vislumbraba el cierre del Théâtre Marigny, en Champs-Élysées, el joven músico se encargó de arrendarlo y de rebautizarlo con el sugestivo nombre de Bouffes-Parisiens, juego de palabras de difícil traducción que incluye tanto la humorada como la comilona .

Para su estreno, el 5 de julio, el audaz músico-empresario pronunció una célebre frase: “Este teatro será dedicado a rehabilitar le genre primitif et gai [el género primitivo y alegre]”.

En 1858, bajo su dirección se estrenó su composición más exitosa: la procaz e irreverente Orphée aux Enfers , cuya vertiginosa obertura –finalizada con el más clásico cancán – es pieza de ejecución obligada. El mitológico tema, que había sido tratado por Gluck con irreprochable rigor, encontró en Offenbach ese carácter iconoclasta e insolente que caracterizaría a muchas tendencias artísticas francesas de la segunda mitad del siglo XIX.

Orfeo en los Infiernos se convirtió automáticamente en el paradigma de la nueva comedia musical. Su irreverente argumento incorporó grandes masas coreográficas, que integraban a la vez coro, bailarines y cantantes de requisitoria ductilidad. No se trataba de un burlesque , una musiquette ni un vaudeville ; sus aspiraciones eran mucho más elevadas y pretensiosas. Sin lugar a dudas, la música de Offenbach sorprendió a cultos y a profanos por su elevada calidad, a la que aunaba una creatividad digna del genio de Salzburgo. De tal manera, la crítica lo designó le Mozart des Boulevards.

En las obras inmediatamente posteriores, Offenbach mantuvo el mismo espíritu: música de gran eficacia y contagiosa melodía; temas de diferente origen, como La Périchole , que ambienta en el Virreinato del Perú; La Belle Hélène , triángulo amoroso que discurre durante la guerra de Troya; La Grande Duchesse de Gérolstein , sátira ácida del militarismo que incluye una duquesa ninfómana y chiflada, y Geneviève de Brabant , clásico tema del Medioevo .

Para las cuatro obras contó con el concurso de los libretistas Henri Meilhac y Ludovic Halévy, autores asimismo del libreto de la Carmen de Bizet.

Otra de las célebres operettes bouffes que generaron la fama de Offenbach fue La Vie Parisienne , estrenada en 1866, que desnuda a la sociedad parisiense de la misma manera que lo haría Marcel Proust, en El mundo de Guermantes , muchos años más tarde . El episodio más célebre de la obra, estrenada en el Théâtre du Palais-Royal, es su coro final, a manera de gran concertante, y a un frenético ritmo de cancán que pretende describir la vida de París: ¡Et pif, et pif, et paf, et pouf!

¿Se reía Offenbach del Segundo Imperio y de sus estulticias, o era un hábil Napoleón III quien entretenía a sus súbditos con panem et circenses , a través de su bufón principal? No hay duda de que ese rol de clown imperial ya no se le asigna al gran músico. Una única obra, majestuosa, soberbia y de excelencia reconocida, bastaría para elevarlo al pedestal de los grandes compositores de ópera francesa.

Cuentos magistrales. Evidentemente intimidado por el carácter efímero de la obra de Favart, Offenbach temió siempre que el tiempo diese al olvido su enorme labor. Buscando una obra definitivamente consagratoria, hacia finales de la década de 1870 realizó varios experimentos musicales, acaso influidos por las novelas de Jules Verne y Alexandre Dumas, amén de los relatos fantásticos de Edgar Allan Poe.

Michel Carréy Jules Barbier, autores también de varios libretos de óperas de Gounod ( Faust , Roméo et Juliette ), crearon un sofisticado ambiente para los cuentos del prusiano E. T. A. (Ernest Theodor Amadeus) Hoffmann, que combinan lo grotesco y sobrenatural, dentro de un curioso manejo de realismo psicológico.

Tres de ellos, condensados en una sola narración, fueron reunidos en la que habría de ser la obra más genial de Offenbach, Les contes d’Hoffmann , a la cual dedicó largos diez años y no llegó a concluir. Al morir, el 5 de octubre de 1880, la obra estaba finalizada en versión para piano pero sin la orquestación, que fue concluida eficientemente por Ernest Guiraud.

No hay duda de que Contes d’Hoffmann es la obra musical francesa más innovadora de la segunda mitad del siglo XIX. Offenbach mantiene el hilo conductor de su compleja obra a través del personaje principal, que es el propio Hoffmann .

Tres protagonistas femeninas –sucesivos e ilusorios amores del poeta– dan origen a los tres episodios principales: Olympia , la muñeca de cuerda; Giulietta , la cocotte veneciana, y Antonia , soprano tísica que muere cantando.

Los cuatro roles de villano que incluye la ópera: Lindorf , Coppelius , el doctor Miracle y Dapertutto , son encarnaciones del primero, epítome del espíritu maligno.

El 10 de febrero de 1881 –fecha de su estreno– fue el día de la consagración. Tan sólo cuatro meses después de la muerte del maestro, con las autoridades de la Tercera República presentes, se honró la memoria lírica de un creador original, bromista incansable, y pródigo desparramador de cuplés , cancanes , valses y canciones satíricas. Sin embargo, por encima de todo y al decir de Kurt Pahlen, “un gran compositor de ópera se hizo presente desde las sombras de la muerte, sin máscara de gracioso ni ropaje de bufón”.

FOTOS

  • Nacion.com

    Jacques Offenbach (1819-1880), compositor francés de opereta. Wikicommons

  • Nacion.com

    Afiche de la ópera Orfeo en los infiernos de 1874. Wikicommons

  • Nacion.com

    Escenas del estreno en París, en 1881, de Los cuentos de Hoffmann, de Jacques Offenbach. Wikicommons

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