LN ÁNCORA

Costa Rica, Domingo 3 de enero de 2010

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Arquitectura

La memoria perdida

  Palacio Nacional Sin razón cayó nuestro símbolo republicano y democrático de 102 años

Andrés Fernández | andfer1@gmail.com

En su clásico ensayo de 1914 San José y sus comienzos , afirma Cleto González Víquez que “la verdad es que el San José que puede aspirar sin ridiculez al título de ciudad, empezó en tiempo de don Juan Rafael Mora, el cual imprimió a la capital costarricense un vigoroso espíritu de adelanto. Entonces se comenzó a construir edificios y a procurar embellecer la población”.

No obstante, si San José empezó a tomar trazas de capital gracias a Mora, este contó, en esa tarea política, con la asesoría y la capacidad técnica del ingeniero alemán Franz Kurtze, quien residía en Costa Rica y desde 1854 sería el primer director general de Obras Públicas.

Entre las edificaciones notables de la década de 1850 –que sería también la de Mora–, a Kurtze se deben el Seminario Tridentino, la Fábrica Nacional de Licores, el edificio original del Hospital San Juan de Dios y el Sagrario de la Catedral; y su obra más destacada: la finalización del Palacio Nacional, destinado a ser sede de los tres Poderes de la entonces recién nacida República de Costa Rica.

Asiento y construcción. Para erigir esa importante obra arquitectónica y cívica, se eligió el costado sureste de la que originalmente fue la plaza de la Villa de la Boca del Monte (como se llamó al San José borbónico); es decir, el ubicado hoy en la esquina de la avenida Central y la calle Segunda.

Ese era un terreno público donde por años estuvo el edificio de impronta colonial de la Factoría de Tabacos. En tal manzana estaba la antigua iglesia de La Merced y funcionaban la Casa de Gobierno, el Congreso, la Corte de Justicia y otras dependencias públicas.

Como constaba en una inscripción en su zócalo, la construcción del Palacio se inició en 1853. Sobre eso, escribió el inglés Anthony Trollope luego de su paso por la ciudad en 1859:

“Se me dijo que fue construido por un alemán o, mejor dicho, por dos alemanes, siendo la parte baja y el piso alto obra de diferentes personas. Como quiera que sea, es un hermoso edificio y no haría mala figura en ninguna capital europea”.

En efecto, las obras empezaron bajo la tutela del ingeniero Ludwig von Chamier, mas, por motivos hoy desconocidos, el secretario de Hacienda, Manuel José Carazo, encargó a Kurtze y al ingeniero Mariano Montealegre una revisión del proyecto.

Con abundantes argumentos técnicos, y tras un detallado escrutinio de los planos constructivos y de la obra en curso, el informe objetó la labor de Chamier en aspectos estéticos, sísmicos y económicos. Por estos motivos, poco después, se rescindió el contrato original y se firmó uno nuevo con Franz Kurtze, quien, con las variaciones del caso, dio fin a la obra.

Para la época y frente a la construcción tradicional de herencia hispana, su técnica constructiva –basada en la sillería de piedra en combinación con elementos estructurales en hierro colado– representaba la tecnología más avanzada en su campo.

Por ello, de Inglaterra se importó gran parte de los materiales utilizados, tales como las planchas acanaladas, los clavos y los tornillos galvanizados, los balcones forjados y las columnas coladas, mientras que los vidrios y cristales llegaron de Bélgica.

Inauguración y estampa. Con bombos y platillos, el edificio se inauguró el 24 de junio de 1855. Con ese particular motivo, el maestro Manuel María Gutiérrez –autor de la música del Himno Nacional– compuso el vals El Palacio . Transcurridos apenas tres años de esa apertura, el viajero y escritor irlandés Thomas Francis Meagher nos dejó una detallada descripción del inmueble:

“Entrando por la ancha puerta de arco del palacio […], se llega a un espacioso vestíbulo; algunos pasos más allá hay un patio cuadrangular con piso de ladrillos colorados. Una galería de diez pies de ancho, que descansa sobre una serie de columnas y arcos, con una bonita balaustrada de hierro bronceado, corre […] por tres lados sobre el piso de ladrillos.

”La pared que está enfrente del vestíbulo es lisa. El techo del edificio sale […] de las paredes que encierran el patio, y a su vez descansa sobre otra serie de columnas y arcos, del todo semejantes a los que soportan la galería. De tal modo, hay dos hileras de arcadas pintorescas sobre el patio. Paredes, columnas, arcos: todo está pintado de blanco.

”Por fuera, el edificio imita el granito azul, y, aunque delineado por un alemán, presenta un alegre aspecto italiano que armoniza con el cielo sereno y brillante que sirve de dosel al valle de San José. En todo el conjunto domina un tono de sencillez y de modestia digna”.

Sobre la sala del Congreso, Meagher agrega: “Es soberbia y de imponentes proporciones […]. Las paredes son blancas como la leche. Ligeramente cóncavo, el techo está dividido en artesones por gruesas molduras doradas. Estos artesones son hondos y tienen adornos dorados de afiligranada labor.

”En las grandes ventanas, de una altura de diez y seis pies, que dan al patio, hay cortinajes de damasco de seda carmesí, y, entre estos, valiosos espejos con festones de seda azules, rojos y blancos, colores de la República.

”El sillón del presidente está sólidamente dorado y tiene cojines de terciopelo carmesí. Encima hay un dosel de raso, también carmesí, y un poco más arriba aparece el escudo de armas de Costa Rica bordado con hilo de oro y plata en terciopelo color púrpura”.

Neoclasicismo y poder. De planta cuadrangular y patio central, proporciones renacentistas y frontispicio de claras referencias grecorromanas –que se replicaban en todas sus fachadas y detalles–, la arquitectura del Palacio era, pues, del tipo neoclásico que se había impuesto en los Estados-nación de Europa primero y de América luego, tras la Revolución Francesa.

Refiriéndose a esa estética, el filósofo argentino Juan José Sebreli ha anotado que la relación establecida entonces entre esa arquitectura y los nuevos poderes seculares, se debía a que “la simbología del neoclasicismo tenía elementos que les resultaban útiles: su carácter definitivo y eterno, como fuera del tiempo y de la sociedad, equilibraba la falta de pasado, de historia, la fragilidad de todo régimen emergente” ( Las aventuras de la vanguardia ).

El Palacio Nacional de la joven Costa Rica representaba precisamente eso: era el centro gravitacional cívico y político de la capital, y, por tanto, del Estado nacional que empezaba a consolidarse apenas al calor de la incipiente riqueza cafetalera y de las europeizadas clases sociales cuyo poder expresaba ese edificio.

Así permanecería durante 102 años, testigo de nuestro desarrollo institucional y ciudadano, símbolo de lo republicano, liberal y democrático, hasta el 11 de enero de 1958, cuando dejó de servir de sede al Congreso para dar paso a su demolición sin motivo alguno.

Por eso, en la novela de Daniel Gallegos El pasado es un extraño país , dice el personaje central: “Muchas veces me pregunto cuál fue el ánimo del presidente Figueres cuando hizo demoler el viejo y venerable edificio que alojó nuestro Congreso durante tantas generaciones”.

Luego, como podría hacerlo hoy cualquiera de nosotros, el protagonista se lamenta: “En su lugar han construido una insípida mole que alberga un banco […]. ¡Qué pocos testimonios de nuestro pasado, donde se forjó nuestra tradición cívica, han quedado para nuestra juventud! ¡Tanta jerga sobre el imperialismo económico, y qué poca importancia se le da al imperialismo cultural!”.

EL AUTOR ES ARQUITECTO, ENSAYISTA E INVESTIGADOR DE TEMAS CULTURALES.

FOTOS

  • Nacion.com

    Andrés Fernández para LN

    Fachada principal del Palacio Nacional en 1871. Fotografía de Eduardo Hoey. Andrés Fernández para LN

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    El Palacio Nacional visto en un grabado de José Ramón Páez, de 1858, hecho a partir de una fotode T.C. Rhodes. Andrés Fernández para LN

  • Nacion.com

    Sala del Congreso en 1909 retratada en una foto de Fernando Zamora. Andrés Fernández para LN

  • Nacion.com

    Un baile en el Palacio Nacional plasmado en un grabado, José Ramón Páez, de 1858. Andrés Fernández para LN

  • Nacion.com

    Imagen de la placa ubicada en el Palacio Nacional, cuya inscripción rezaba: “CONSTRUIDO BAJO la ADMINISTRACn MORA. 1853. costó $ 830. Secretaría de Fomento Gral.” Andrés Fernández para La Nación

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